La pintura se deslizaba en contraste con aquel material moderno que hacía lucir al baño como si se tratara de un hotel. La pequeña Amparo se divertía chapoteando en el agua verde luego de que las témperas hubieran bandonado sus manitos.
Dolores se quiso limpiar la cara y un manchón del mismo color quedó marcado en su mejilla, provocando la risa aún más fuerte de la niña. Habían pasado una tarde hermosa, creando dibujos en aquella habitación y había llegado la hora de asistir a su clase de piano.
Cuando estuvo prolija de nuevo, Dolores la acompañó hasta la sala de música, era una habitación enorme muy similar a un estudio de grabación, tenía varios instrumentos y aunque la tentación de tomar alguno de ellos a veces la asaltaba, Dolores sabía que le traería más nostalgia que placer y decidía pasar de ellos. Aprovechaba esa hora para leer o preparar alguna materia, solo le quedaban dos para graduarse y convertirse en licenciada en filosofía, aunque luego fuera difícil conseguir empleo en eso.
Habían pasado pocos minutos cuando el profesor la llamó, al parecer Amparo se había comenzado a sentir mal.
Dolores se apresuró a buscarla, tenía los párpados entreabiertos y los ojos vidriosos, tocó su frente con el dorso de la mano y confirmó sus sospechas. La pequeña tenía fiebre. La llevó hasta su habitación para luego darle un baño y recostarla. Le pidió a Beatriz que se comunicara con el pediatra y la mujer lo hizo.
Un hombre mayor de gafas cuadradas y aspecto elegante revisó a la pequeña poco después, le indico medicinas luego de diagnosticarle una faringitis y le pidió a Dolores que estuviera atenta durante las próximas 24 horas.
Al cabo de un par de horas la pequeña dormía, había pasado el horario de la cena y Dolores sentía su estómago rugir. Quiso levantarse pero la niña estiró su mano para evitarlo.
-Por favor quedate.- le pidió entre sueños y no ñtuvo más remedio que hacerlo.
No supo cuánto tiempo pasó entre aquel pedido y el nuevo contacto. Se había quedado dormida junto a ella y una mano que no era la de la pequeña comenzaba a insistir sobre su hombro.
Se había quitado los zapatos y el buzo, tenía apenas una remera de algodón que marcaba sus pechos y unos pantalones informales en tonos grises. Abrió los ojos en medio de la penumbra y no supo si aún estaba soñando. Por fin conseguía lo que sus fantasías se habían empeñado en instalar en su mente.
Un par de ojos celestes, enormes y hermosos la miraban demasiado cerca, Roy tenía una de sus manos sobre su hombro y parecía estar estudiando su gesto. Si Dolores hubiera podido elegir un momento para lograr su atención de seguro no hubiera escogido ese, en el que su cabello estaba alborotado y su ropa arrugada.
-Ya podes irte, gracias.- le dijo Roy en un susurro.
Entonces ella comprendió que definitivamente no estaba soñando, se incorporó lo más rápido que pudo e intentó acomodarse su ropa.
-El doctor dijo..- comenzó a decir pero él la interrumpió.
-Ya hablé con él, gracias.- la cortó él, había regresado a su modo engreído, ya no la miraba y por lo que entendía no estaba dispuesto a prolongar el encuentro.
Iba a irse sin responder, pero el enojo que le producía que la ignorara de esa manera la llevó a reaccionar.
-Le di el remedio hace tres horas, es probable que vuelva a levantar fiebre ahora y el médico sugirió alternar con el otro.- dijo y al notar que tampoco se dignaba a mirarla entonces comenzó a buscar su calzado con prisa, solo que al hacerlo tropezó con un juguete y el sonido de su caída llevó al insensible cantante a reaccionar.
Con un bufido exagerado se acercó para ofrecerle su mano a desgano.
-¿Estás bien?- le preguntó mientras ella se levantaba sin querer tomar su mano y al estar de pie junto él casi vuelve a caer.
Entonces Roy no tuvo más remedio que colocar su brazo en su cintura para evitar una nueva caída.
-SI tu objetivo es despertarla casi lo logras.- le dijo irónico con algo parecido a una sonrisa en su rostro. Era la primera vez que veía sus ojos de cerca. No le había prestado atención antes, no porque no hubiera querido, si no porque llevaba tres años viviendo así. Se limitaba a cantar, grabar su disco y tomar a cualquiera de las señoritas dispuestas a darle placer en un camarín. No podía ofrecer nada más. Había perdido el corazón hace tiempo, lo había sepultado junto a la única mujer que había amado en la vida y lo único que le importaba desde entonces era el fruto de ese amor, su queña Ampi, el único motivo por el que creía continuar con vida.
Pero esa noche no había tenido opción, había llegado convencido de que ya se había ido y la había visto junto a su pequeña. Sus ojos traviesos exploraron su cuerpo dormido, sin dudas era apetecible, pero no había querido detenerse en él, entonces ella había abierto sus ojos y lo que le había parecido apetecible se convirtió en hermoso.
Ahora estaba allí, frente a él debatiéndose entre reírse de su comentario o balbucear improperios, la sostenía de la cintura y no deseaba dejar de hacerlo. Los segundos de silencio comenzaron a tensar el aire y ambos notaron que sus respiraciones se aceleraban, pero no por eso lo pudieron admitir.
-Perdón, es que no se ve nada.- se decidió a responder y él no tuvo más remedio que liberar su cuerpo.
-Era una broma, gracias por cuidar el Amparo, la verdad es que no deja de hablar de vos.- le confesó en una conversación que sabía que no debía iniciar y sin embargo allí estaba, en penumbras junto a una joven que encontraba atractiva sin poder regresar a su actitud de “nada es tan importante”
Entonces Dolores sonrió, fue una sonrisa genuina, una que aparecía cada vez que pensaba en la pequeña y él se vio obligado a correr la vista. No podía gustarle la niñera, no podía caer en ese cliché, pensó con una nueva sonrisa, una que se tradujo en los ojos de Dolores como superación, como si le estuviera haciendo el favor de conversar con ella y eso no le gustó.
-Es una niña maravillosa, yo tampoco dejo de hablar de ella en realidad.- dijo y al ver que él arqueaba sus cejas quiso corregirse.
-No es que hable de ella, es que..- no quería que pensara que había roto el contrato de confidencialidad, lo que le pasaba era que Amparo hacía tantas cosas inteligentes y divertidas que solía contárselas a sus amigos, no había revelado su identidad y no quería que piense que lo había hecho.
Si verla de cerca había llamado su atención, esta actitud inocente en la que intentaba explicar lo que él ya había comprendido la volvía peligrosa. No podía continuar con la conversación, por eso volvió a alzar su mano y esta vez la tomó del brazo con algo más de presión de la que debía.
-Entendí, Dolores.- le dijo clavando sus irresistibles ojos en ella.
-¿Papa?- la voz de Amparo fue como un helicóptero de rescate para Dolores, quien luego de haber oído su nombre en aquellos labios casi sufre un colapso. ¿Qué le pasaba? Ella no era así, había conocido a muchos hombres mucho más importantes que Roy y sin embargo que la tomara de ese modo, que la nombrara, la estaba volviendo loca.
Sin atreverse a pasar más tiempo allí, aprovechó que Roy se acercaba a su hija para salir. No se atrevió a despedirse, temía no poder salir si volvía a hablarle, por eso caminó con prisa para abandonar esa casa, necesitaba regresar a su verdadera vida para dejar de imaginar cosas. No podía gustarle Roy, aunque esa afirmación cada vez sonara menos creíble en su mente.