Dolores regresaba con paso firme a través de la ruidosa ciudad de un viernes por la noche. Llevaba varias semanas cuidando de Amparo y cada día la quería un poco más. Era una niña dulce e introvertida, como si meditara sus palabras y sus pensamientos antes de decirlos, parecía una pequeña adulta en un cuerpito frágil. Sin embargo ella había logrado aportar espontaneidad a sus días, pensaba juegos nuevos, le leía historias divertidas, bailaba sin razón en medio del living y la invitaba a acompañarla.
En pocos días había obtenido tantas sonrisas de la pequeña que solo deseaba regresar cada lunes con nuevas formas de conseguirlas. En el fondo aquella pequeña le recordaba su propia infancia, una rodeada de lujos, pero carente de personas con quienes compartirlos y eso le dolía. Sabía que su historia no era la de esa niña, pero no podía evitar querer ayudarla.
Amparo era una pequeña bellísima, no solo por sus ojazos celestes y su cabello largo, era una joven hermosa que tenía pensamientos nobles, que comprendía las historias que ella le contaba y siempre se ponía en lugar del más débil. Rodeada de tanto lujo podría haberse convertido en una niña caprichosa y malcriada y sin embargo, parecía conformarse con su ventanal y su crayones. Por eso la adoraba tanto.
Lamentablemente no podía decir lo mismo de su padre, apenas lo cruzada unos minutos luego de la cena, siempre se mostraba cansado, con sus hombros encorvados y aunque sonreía para su pequeña, ni siquiera era capaz de mirarla a ella.
Se sentía invisible a su lado, desde los primeros días había abandonado la ropa formal para vestir jeans y remeras confortables, prefería poder moverse con soltura, bailar junto a Amparo antes de mostrarse como una institutriz rígida, no lo era y no tenía intenciones de convertirse en una. Estudiaba filosofía y eso la llevaba a volar siempre que podía, era soñado y a pesar de su solitaria infancia, había logrado tener buenos amigos, como Juana y Toto, dos personas que amaba con el alma.
No les había contado quién era el padre de Amparo, había firmado un contrato de confidencialidad y como apreciaba su trabajo no quería arruinarlo, aunque a veces regresaba tan enfadada con él que tenía la necesidad de descargarse con alguien. Comprendía que su atención estuviera puesta en su hija, comprendía que solo tuviera ojos para ella y si bien, siempre la saludaba de manera educada, ni siquiera le preguntaba por el día compartido. ¿Quién se creía para ignorarla de ese modo? Aquello le molestaba tanto que había comenzado a buscarlo con su mirada. Podía precisar la forma en que su cabello claro se ondulaba al llegar a su frente, los tatuajes que llevaba en sus dedos, sus dientes blancos apenas asomando con esa ligera sonrisa que le ofrecía a su hija. Podía reproducir su andar sereno, la forma en que sus jeans oscuros se ajustaban a sus piernas en apariencia atléticas, podía presumir que de lograr contacto sus ojos lograría derretir. Pero todo eso no servía de nada, él ni siquiera la miraba y no era que le interesara, pero ahora que no lo hacía, había comenzado a tener la necesidad de lograrlo.
Nunca le habían atraído las estrellas de rock, le parecían superficiales y básicas, volátiles en las relaciones y muy adeptos al alcohol. Por supuesto eso era algo que no estaba dispuesta a decirle pero en ese caso particular, quería que al menos le preguntara por su hija, al fin al cabo pasaba todo el día con ella ¿no?
Llegó a la puerta del departamento de Bautista, tenía llave pero siempre se anunciaba en el portero, era una costumbre que tenía muy arraigada y aunque él se reía de ella, continuaba haciéndolo.
-Hola, mi amor, pasa.- le dijo su novio a través del portero y ella lo hizo.
Subió los cinco pisos en el ascensor y al entrar lo vio en su escritorio con su vista en la computadora. Bautista tenía unos años más que ella, era alto y delgado, llevaba el cabello corto y solía vestir elegante. Había estudiado literatura y estaba obsesionado con terminar su libro. Dolores había leído varias partes de él, escribía bien.
-Hola, traje comida.- le anunció ella alzando la bolsa que llevaba en la mano, mientras se sacaba los zapatos y se dirigía a la cocina.
-Que bueno, ya terminó este capítulo y estoy con vos.- le respondió Bautista sin alzar sus ojos de la pantalla.
Llevaban poco más de un año juntos, se habían entendido desde el día en el que él le había regalado la edición completa de Jane Austen, compartían el gusto por la lectura y el buen cine. Les gustaba pasar las tardes en el departamento leyendo o conversando de alguna serie. Tenían una relación amena, sin sobresaltos, sin celos ni planteos y si bien él le había sugerido que se mudaran juntos, ella aún prefería su espacio.
Dolores fue hasta la cocina, iba a emplatar la comida que había traído mientras le pidió a Alexa que reprodujera música. Los primeros acordes “Shivers” comenzaron a sonar y sus pies se movieron solos al ritmo de Ed Sheeran, recordaba haber bailado junto a Amparo esa misma tarde y la sonrisa rememorando sus pasos, se manifestó en su rostro. En verdad era una niña adorable, pensó.
Continuaba moviéndose cuando Bautista se acercó y la tomó de la cintura.
-Ese movimiento me tienta demasiado.- le dijo al oído para luego darle un beso en la mejilla.
Dolores era una joven de estatura promedio, fuera de sus hermosos ojos verdes, nada parecía destacar, si bien contaba con curvas sinuosas, ni siquiera se molestaba en marcarlas, solía vestir ropa holgada, sin demasiada intención de seducir. Había conocido demasiadas mujeres depositando demasiado esfuerzo en ello y no le agradaba.
Giró para abrazarlo también y él deslizó sus manos para recorrer su cuerpo con delicadeza.
-Mejor comamos que se va a enfriar.- le dijo él cortando el momento, pero no se sorprendió, estaba acostumbrada a aquello, Bautista era un caballero, siempre la respetaba, le consultaba cada movimiento y solía ser estructurado en el orden de las cosas.
No solían tener encuentros desesperados, no solían dejar la ropa tirada por todo el departamento, de hecho no recordaba haber tenido sexo en otro lado que no fuera su cama.
Terminaron la cena tranquilos, la música seguía sonando a través del parlante y luego de lavar y guardar los platos se fueron a acostar.
Dolores lo dejó moverse sobre ella, cerró sus ojos y acarició su cabello con suavidad. Su respiración se aceleró de a poco mientras la de él era expulsada por su nariz mientras ligeros sonidos le confirmaban que el final estaba cerca.
Entonces una canción que conocía comenzó a sonar y no pudo evitar recordar a aquel cantante arrogante que cruzaba su vista cada noche sin siquiera mirarla. Su voz se hizo viva en el aire, la forma que tenía de vibrar al final de cada frase la hizo estremecer. Aún con los ojos cerrados deslizó sus manos para presionar los glúteos de Bautista, de repente necesitaba demostrar que ella estaba bien, que no lo necesitaba, que su cabello claro no se colaba en su mente, que no deseaba que fuera él quien le hiciera el amor, que no lo estaba imaginando ahí mismo.
-Tranquila, vas a rasguñarme.- le dijo Bautista interrumpiendo sus fantasías y ella aflojó sus dedos para regresar a su papel de niña obediente.
Era increíble como ni siquiera en ese momento podía liberarse de ese mandato absurdo con el que había vivido toda su vida. El de obedecer.
Con el último acorde de la canción, llegó el final que preveía. Su novio se levantó con prisa para luego quitarse la protección y caer en ese sueño profundo que lo abordaba luego del sexo.
Ella lo miró de reojo, su piel clara y limpia no se parecía en nada a esos dedos que había visto en Roy, Tenía gesto sereno y sus párpados cansados le daban sensación de paz. Era un buen chico, pensó para conformarse, aunque cuando estuvo frente al espejo y enfrentó su reflejo sus propias manos la recorrieron con detenimiento.
Su cuerpo desnudo la erotizó, sus pechos generosos aún firmes volaron su imaginación a esos labios que solo le decían buenas noches, los imaginó allí y se estremeció. No podía gustarle.
-Amor, apagas la música por favor.- le pidió Bautista desde la cama y ella aterrizó en su realidad.
No podía gustarle, se recordó y continuó con su rutina de los viernes por la noche, una que simplemente incluía dormir.