La claridad del día comenzaba a hacer su desaparición. Dolores alzó su vista para confirmar lo que ni siquiera había sospechado. Llevaba horas jugando junto a Amparo, habían peinado muñecas, armado castillos y se habían perseguido como si fueran verdaderas piratas.
El tiempo había volado a su lado, ni siquiera había mirado su teléfono una vez y al tomarlo, mientras la pequeña comenzaba a ducharse, descubrió que tenía varios mensajes de Bautista, de Juana y de su amigo Toto, tan gracioso como siempre con su exagerada forma de tomarse la vida.
Sonrió al oír los audios y se limitó a responder que todo iba de maravillas, porque en verdad así lo sentía.
Amparo regresó minutos después y luego de ponerse su colorido pijama, ambas bajaron para la cena. Dolores se sorprendió al ver la mesa puesta, tenía dos platos que parecían sacados del palacio de Buckingham en uno de los extremos de una mesa larguísima. Beatriz parecía haberse ido, el silencio del lugar sumado a la luz tenue le daba a Dolores una sensación fría, como si se tratara de un museo, tan bonito como solitario.
-¿Siempre cenan acá?- le preguntó a la pequeña que había buscado un almohadón del gran sillón, para colocarlo en una de las sillas.
-Si.- respondió la niña y al ver que Dolores no se sentaba la miró con sus ojos bien abiertos.
-¿No vas a comer?- le preguntó curiosa, mientras se arrodillaba sobre el almohadón para destapar la fuente.
Dolores la miró aun más sorprendida. No creía que aquel plato fuera para ella.
-Creí que era para tu papá.- le dijo apretando los labios.
-Mi papá llega tarde, lo sé porque siempre pasa a darme el beso de buenas noches y me canta mi canción especial.- le dijo la niña con una gran sonrisa.
Dolores no quería juzgarlo, ni siquiera lo conocía, pero la semejanza de su infancia con la de esa pequeña era tan abrumadora que no podía evitar tener recelo con respecto a este desconocido progenitor que ni siquiera cenaba con su hija.
-Bien, entonces ¿este es mi plato?- Le preguntó recuperando la sonrisa mientras la niña asentía con gesto de aprobación.
Dolores tomó asiento pero comenzó a mirar hacia los lados, aquel lugar enorme y vacío le generaba un sentimiento contradictorio, si bien era muy hermoso no terminaba de hacerla sentir a gusto. Tomó la servilleta y antes de colocarla sobre su regazo miró Amparo con complicidad.
-¿Te gustaría cenar en otro lado hoy?- le preguntó y la niña dejó sus cubiertos con entusiasmo. Era la primera vez que una niñera jugaba con ella toda la tarde, Dolores ya le caía bien y estaba dispuesta a probar cualquier cosa que le pidiera.
-Seguime.- le dijo mientras tomaba la fuente con una mano y el plato con otra.
Caminaron hasta la cocina, un lugar amplio también pero en colores claros que le daban un aspecto más alegre, acomodó las cosas sobre una barra y acercó una banqueta para que la niña se sentara. Regresó por los vasos y terminó de improvisar una mesa allí, entonces tomó un repasador y lo colocó sobre su brazo, haciendo una reverencia que despertó una gran carcajada en la pequeña.
-Señorita Ámparo, bienvenida a mi restaurante, en el menú de hoy contamos con caracoles del mar bravo de los piratas del norte, frutos de la isla de las sirenas del sur y hongos exóticos del prado de los unicornios - dijo frente a la atenta mirada de la niña que ya había decidido entregarse a la fantasía y disfrutaba de la sonrisa de su nueva niñera, a quien comenzaba a encontrar como una princesa que había llegado a rescatarla.
Ambas reían con entusiasmo mientras compartían la cena, Dolores había descubierto que hacerla reír era una de las mejores cosas que le había pasado en su vida. Nunca había creído que tendría hijos, se sentía joven para eso y deseaba tomar las riendas de su vida antes de poder incluir a alguien más en ella. Por otro lado, en su infancia se había sentido demasiado sola y no quería traer a alguien al mundo para luego dejarlo al cuidado de alguien más.
La cena resultó tan divertida que el tiempo pasó volando, habían pasado más de un hora juntas, jugando riendo, cuando su teléfono anunció la llegada de una llamada y al ver la hora supo que se había extralimitado.
Comenzó a juntar los platos sin responder y quitando el sonido guardó su teléfono en el bolsillo.
-Bueno princesa, creo que por hoy hemos jugado suficiente.- le dijo con una sonrisa, mientras la alzaba en brazos para bajarla de la alta banqueta en la que había cenado, entonces la miró justo cuando sus ojos sonrieron aún más que sus labios y adquirieron un brillo que no les había visto hasta entonces.
-¡Papi!- gritó ni bien sus pies tocaron el suelo y Dolores no tuvo más remedio que seguir sus pasos con la vista para por fin descubrir a ese desalmado que había imaginado en su mente.
Alzó sus ojos verdes con indignación para encontrarse con algo muy diferente a lo que imaginaba.
-Hola, preciosa, ¿aún despierta?. - Dijo un hombre unos pocos años mayor que ella, uno que reconoció muy bien y que sin dudas era mucho más atractivo en persona que en esos posters que exhibían los puestos callejeros y las remeras.
-Usted debe ser Dolores.- le dijo Roy apenas dedicándole unos cortos segundos a mirarla, llevaba una camisa a cuadros abierta, que dejaba ver una remera con el logo de Velvet Underground en blanco y n***o, tenía el cabello rubio como el de Amparo, que caia sobre los lados de su frente y unos ojazos que la dejaron sin respiración.
Dolores tuvo que recordar cómo hablar y se acercó bajando sus ojos al suelo.
-Si, un gusto, disculpe la demora, pero nos entretuvimos jugando.- Le dijo acercándose un poco, sin atreverse a volver a mirarlo.
Roy liberó el aire de sus pulmones con fuerza, en realidad no tenía intenciones de conversar, no iba a discutir con la niñera, en realidad no iba a discutir con nadie, llevaba tiempo viviendo en un limbo, en un estado de inercia que solo se justificaba por ese momento del día. Alzó a Amparo y comenzó a caminar hacia la salida.
Entonces Dolores sí se animó a observarlo, tenía unos ojos hermosos pero sin duda demasiado tristes. Sin siquiera despedirse abandonó la cocina con su hija en brazos.
-Buenas noches.- casi gritó ella al verlos alejarse y solo la niña respondió.
Al parecer el famoso cantante Roy, era tan engreído que ni siquiera se dignaba a saludar a su personal, pensó con algo de indignación. Pero cuando su teléfono comenzó a vibrar en su bolsillo, no tuvo más remedio que abandonar sus pensamientos para regresar a la vida real.