Esa realización la golpeó con fuerza, dejándola desorientada. Miró alrededor de la casa, los recuerdos de su infancia mezclándose con las emociones presentes. Sus pensamientos volaron a la noche anterior, recordando la ternura de Christopher, la calidez de su presencia y la confesión silenciosa de amor que no había escuchado. Era difícil reconciliar esos momentos con la frialdad y el desprecio que había soportado. Se levantó y caminó hacia la ventana, observando el jardín que alguna vez había sido su refugio. Las flores se balanceaban suavemente con la brisa matutina, ajenas al torbellino de emociones que sacudían a Gabriela. —¿Cómo puedo seguir así? —se preguntó a sí misma —. No puedo seguir viviendo en esta montaña rusa emocional. El amor que sentía por Christopher era como una torme

