Ambos se mantuvieron en silencio, dejando que el sonido de la lluvia golpeando el techo llenara el espacio entre ellos. La casa, grande y silenciosa, parecía cobrar vida con cada gota de agua que caía. Gabriela y Christopher se miraban ocasionalmente, cada uno perdido en sus propios pensamientos, pero conscientes de la presencia del otro. Christopher miraba a Gabriela, notando la serenidad en su rostro mientras escuchaba la lluvia. Ella estaba sentada en una silla cerca de la ventana, sus ojos fijos en el agua que corría por el cristal. A pesar de la tensión que aún existía entre ellos, había algo pacífico en la escena. —Siempre me ha gustado la lluvia —comentó Gabriela en voz baja, rompiendo el silencio—. Me recuerda a los días en que mi padre y yo nos sentábamos aquí, escuchándola junt

