Gabriela observó cómo Christopher se dirigía hacia la puerta de la oficina con una seguridad inquebrantable. Su porte decidido y la firmeza de sus pasos la hicieron dudar por un instante. ¿Podría confiar en él? ¿Podía realmente estar de su lado después de todo lo que habían pasado? Con el corazón latiendo con fuerza, Gabriela lo siguió. Sus pasos eran dubitativos, como si cada movimiento estuviera en debate con sus pensamientos. A cada paso que daba, un torrente de emociones se agolpaba en su mente: la rabia por los malos tratos, la confusión por las recientes muestras de apoyo y la desesperación por encontrar la verdad. Christopher caminaba con un propósito claro, sin mirar atrás, como si supiera exactamente a dónde se dirigía y qué debía hacer. Esa seguridad solo aumentaba la incertidu

