Capítulo 3

1447 Words
Christopher regresó a la mansión Valdivia después de una jornada extenuante de trabajo. Al entrar en la imponente residencia, fue recibido por su madre, Doña Valeria, cuya sonrisa parecía demasiado brillante para ser genuina. —Christopher, querido —exclamó Doña Valeria con una alegría exagerada en su voz— ¡Qué bueno que estás aquí! Tengo noticias para ti. Christopher frunció el ceño ante el tono jubiloso de su madre, una sensación de inquietud creciendo en su interior. —¿Qué pasa, madre? ¿Qué noticias tienes? —preguntó con cautela, preparándose para lo peor. Doña Valeria sonrió con mal disimulado regocijo mientras le entregaba una carta a Christopher. —Gabriela se ha ido, hijo —anunció, su voz cargada de satisfacción—. Se ha marchado de la mansión, llevándose todas sus cosas. Christopher sintió como si el suelo se hubiera abierto bajo sus pies, una mezcla de sorpresa y desesperación inundando su ser. —¿Se ha ido? —repitió, su voz apenas un susurro en el aire pesado de la habitación— ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? Doña Valeria le miró con una expresión de triunfo en el rostro. —No lo sé con certeza, hijo —respondió con indiferencia fingida—. Pero parece que Gabriela finalmente ha visto la luz y ha decidido que ya no quiere ser parte de nuestra familia. Y francamente, no puedo culparla. Después de todo, no era más que una carga para nosotros. Christopher sintió como si un puñal le atravesara el corazón mientras absorbía las palabras de su madre. Gabriela se había ido, había dejado atrás todo lo que habían compartido, y él no había estado allí para detenerla. Una sensación de vacío se apoderó de él mientras se daba cuenta de lo mucho que había perdido, de lo mucho que había dejado escapar. Con el corazón lleno de arrepentimiento y dolor, Christopher se prometió a sí mismo que encontraría a Gabriela, que la traería de vuelta a su lado y haría todo lo posible para recuperar su amor. Pero mientras miraba la carta en sus manos, una sensación de miedo y furia lo invadió, preguntándose si alguna vez sería capaz de encontrarla y redimirse por todo lo que había perdido. El corazón de Christopher latía con furia mientras se aferraba al teléfono con manos temblorosas, el resentimiento ardió en lo más profundo de su ser. Con ferocidad, marcó el número de su equipo de investigadores y con voz llena de ira y desesperación, habló al otro lado de la línea. —¡Necesito que averigüen dónde está Gabriela! —exigió Christopher con un tono de voz que dejaba en claro que no toleraría demoras ni excusas— ¡Ahora mismo! El líder del equipo de investigadores captó la urgencia en la voz de Christopher y prometió poner en marcha todos los recursos disponibles para localizar a Gabriela lo más rápido posible. —Entendido, señor Valdivia —respondió con seriedad—. Haremos todo lo posible por encontrarla lo antes posible. Christopher colgó el teléfono con un suspiro de frustración, su mente giró con preocupación mientras esperaba ansiosamente noticias de su equipo de investigadores. Sabía que había cometido un error al dejar que Gabriela se fuera, al permitir que su orgullo y su terquedad se interpusieran en el camino de su amor. Pero ahora, con Gabriela fuera de su alcance y su futuro incierto, no podía hacer más que esperar y pedir para que ella estuviera a salvo. [...] Gabriela se encontraba parada frente al imponente portón de la casa de su infancia, una mansión majestuosa rodeada por jardines exuberantes y árboles centenarios. Con manos temblorosas, sacó la llave que el abogado de su padre le había dado y deslizó la llave en la cerradura, el sonido metálico resonó en el silencio de la noche. Mamá, papá... Susurró para sí misma, con la voz hecha un murmullo en la brisa nocturna, ¿cómo pude dejarlos? El portón se abrió lentamente, revelando el camino bordeado de árboles que conducía a la entrada principal de la casa. Con el corazón latiendo con fuerza en su pecho, Gabriela cruzó el umbral familiar y entró en el patio, sus ojos se llenaron de nostalgia y tristeza mientras revivía los recuerdos de su infancia en aquel lugar Esto solía ser nuestro hogar... Pensó, sus pasos resonaron en el suelo de piedra. Pasé tantos momentos felices aquí... ¿Cómo pudo todo desmoronarse tan rápido? Caminó por los senderos de piedra, admirando la belleza de los jardines que habían sido su refugio en tiempos difíciles. Recordó los juegos que había compartido con su padre, las risas y los abrazos que habían llenado aquellos días de inocencia y felicidad. Mamá... Papá... Sus pensamientos se llenaron de dolor mientras las imágenes de sus padres la invadían. Los extraño tanto... Papá... Lo siento tanto... Su voz interior estaba llena de remordimiento mientras el peso de la culpa la envolvía. No debería haberme dejado llevar por el miedo... Debería haber estado aquí para ti... Se dejó caer de rodillas en el suelo, el dolor y la culpa pesando en su corazón. Lloró en silencio, dejando que las lágrimas lavaran su alma. Prometo honrar tu memoria, papá... Mamá... Sus pensamientos eran un susurro en la oscuridad mientras se sumergía en sus recuerdos y se comprometía a ser una mejor hija, una mejor persona. Nunca más permitiré que el miedo y la culpa me paralicen... Durante toda la noche, Gabriela durmió tranquila en su antigua habitación, sin querer borrar los recuerdos que aún habitaban aquel lugar sagrado. La mañana siguiente, Gabriela se despertó con una sensación de propósito renovado. Decidió reunirse con el abogado de la familia para discutir los detalles de la herencia de su padre y descubrir qué le deparaba el destino. Al llegar a la oficina del abogado, Gabriela se encontró con un hombre de aspecto serio pero amable, cuya presencia inspiraba confianza. Se sentaron frente a frente en una sala elegante. —Señorita De Ríos, lamento mucho la pérdida de su padre —comenzó el abogado con un tono compasivo—. Pero hay asuntos que debemos discutir en relación con su herencia. Gabriela asintió. —Entiendo —respondió con calma—¿Qué es lo que necesito saber? El abogado abrió un sobre y sacó un documento, que deslizó hacia Gabriela. —Este es el testamento de su padre —dijo con seriedad—. En él, se especifican los detalles de su herencia y las disposiciones que ha dejado para usted. Gabriela tomó el documento con manos temblorosas, sus ojos escudriñaron cada palabra con atención mientras absorbía la magnitud de lo que estaba a punto de descubrir. Y entonces, lo vio. En medio de las cláusulas y disposiciones legales, descubrió que su padre entre las cláusulas de la herencia, le había dejado una participación en una empresa naviera, Starship, una empresa en la que Christopher Valdivia también era inversor. El descubrimiento dejó a Gabriela sin aliento, una oleada de emociones encontradas inundó su ser. Sentía una rabia ardiente hacia la familia Valdivia, cuya influencia había contribuido a que años atrás tuviera que casarse con Christopher y que su padre tratara de sacar a flote sus empresas y no caer en bancarrota. El abogado observó la reacción de Gabriela con atención. —Señorita Ríos, ¿hay algo más en lo que pueda ayudarla? —preguntó con cortesía. Gabriela cerró el documento con determinación, apretando su mandíbula —Sí —dijo con voz firme—. Hay algo más que necesito saber. —¿Qué es exactamente esta empresa naviera? —preguntó Gabriela con una mirada decidida en sus ojos—. Y más importante aún, ¿qué relación tiene con los Valdivia? —La empresa Starship es una de las inversiones más importantes de su padre. Es una compañía próspera, con una flota de barcos y buques cargueros que operan en todo el mundo. Gabriela asintió, absorbiendo la información con atención. —Y los Valdivia... ¿cuál es su participación en esta empresa? —Sí —admitió con cautela—. Los Valdivia son inversores en la empresa naviera. Su familia tiene una participación significativa en la compañía. Usted tiene un 39% de las acciones mientras que los Valdivia un 40%, el porcentaje restante lo tienen otras familias influyentes de la región, pero este es un negocio que se pelea con dientes y uñas... Debe ser astuta, señorita... Muy astuta. La conexión entre los Valdivia y la empresa naviera era más profunda de lo que había imaginado, y la revelación avivó las llamas de su deseo de venganza. —Entiendo. Gracias por su ayuda, señor. Creo que tengo mucho en qué pensar.
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