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1511 Words

La niebla se había cerrado sobre el Sector San Rafael como una mortaja húmeda. Elena guardó el disco duro en el bolsillo interior de su chaqueta, asegurándose de cerrar la cremallera. Notó el peso del pequeño dispositivo contra sus costillas. Era un peso reconfortante. Era la bala de plata. Diego seguía allí, parado junto a la tumba del ángel sin cabeza, mirándose las manos. Parecía un hombre que acababa de firmar su propio testamento. —Vete, Diego —susurró Elena—. Antes de que cambies de opinión. Diego asintió, dio media vuelta y dio un primer paso hacia la salida norte. Y entonces, el silencio se rompió. Fap-fap-fap-fap. No fue un disparo. Fue el sonido de cientos de alas batiendo al unísono. De los cipreses centenarios que rodeaban el mausoleo, una bandada masiva de palomas y cue

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