Meses después.
Había esperado con ansias, cada segundo, cada minuto para consumar lo nuestro.
Incluso compré lencería del color que a él le gustaba, prepare su comida favorita y un par de copas de vino.
Los últimos tres meses lo habíamos intentado, solo surgía de repente, no lo presionaba. Sin embargo no había orgasmo, y eso me estaba matando. A ese ritmo nunca me embarazaria, y el sabe cuánto deseo tener algo nuestro.
A escondidas había comprado un consolador, me sentia mal por ello, por buscar placer en un pedazo de plástico teniendo un marido atractivo y bien dotado en casa. Lo guarde en mi caja fuerte, si otra vez me dejaba con ganas de más en pleno acto tendría que usarlo o perdería la cordura.
Me senté a la mesa a esperarlo, había decorado el comedor con velas aromáticas de canela, flores en el centro de la mesa y un camino de pétalos de rosas hasta la cama.
Estaba cansada de los preparativos, de la visita al spa, de que casi incendio la cocina preparando lo que a él tanto le gustaba. Tiene que funcionar esto si o sí.
Cuando abrió la puerta, se veía claramente que se había estresado, dejo su maletín en el sofá y se lavo las manos antes de sentarse a la mesa..
— Massi, ¿te gusta como me veo?— le pregunté emocionada dándome una vuelta para que apreciará.
— Te ves preciosa, Violeta— respondió con una sonrisa amable.
—
Prefieres comer esto primero o... — me destape el pecho, mostrándole mi sostén casi transparente— Ya espere los tres meses que me pediste.
— No quiero volver a decepcionarte, mi amor— susurró nervioso.
— Nunca me has decepcionado, Massi — dije levantándome de la mesa y caminando hacia el —Pero no me hagas esperar más, estoy adolorida reprimiendo lo que mi cuerpo quiere volverse uno contigo.
Me sugeto de las piernas y me hizo rodear su cadera,sonreí emocionada. Nos besamos, y yo sentí que por fin podría descansar de este martirio.
Llegamos a la cama, y no pasó tanto tiempo cuando lo volví a sentir dentro de mí.
Comenzamos a movernos torpemente, y yo quería todo. Quería llegar más allá y estaba a punto de lograrlo.
— Si, Massi, ah ... Que rico — gemí.
Está vez estaba segura de que lo lograría pero volvió a detenerse justo antes de llegar al orgasmo.
— No me hagas esto, Massi— Jadeé— no otra vez.
— No puedo, violeta— soltó él— no puedo.
Me levanté y saqué de mi caja fuerte el consolador y lo encendí.
— Lo necesito Massi, aún que sea con esta cosa plástica— confesé llevándolo a mi intimidad— Sabes que te deseo a ti, pero necesito liberarme.
El la tomó entre sus dedos, escandalizado pero al ver mi desesperación lo introdujo lentamente, hasta el fondo y comenzó a moverlo mientras vibraba.
— Muévelo más fuerte, como si quisieras destrozarme la v****a— Jadeé.
— Te va a lastimar— renegó Massimo.
— ¡Quítate, yo lo hago!— dije tomando el consolador, moviendolo con rapidez, metiéndolo y sacandolo.
Massimo solo me observaba y llegó el momento en que ignore su presencia.
— Moriria por qué este pedazo de plástico fuera tu v***a, Massimo— Dije entre gemidos y jadeos.
Mis piernas comenzaron a temblar, mis manos se aferraron a las sábanas, mi corazón latía desenfrenado, mi espalda se arqueo en respuesta y mi intimidad se corrió.
Llegué al orgasmo, era fácil adivinarlo. Después de tanto tiempo lo había logrado con esa cosa de plástico. Miré a Massimo, el estaba sorprendido. Yo me sentía avergonzada después de lo que había dicho.
—Ire al baño— le dije levantándome de la cama — Iré a lavarla, y la guardaré.
— ¡Esa cosa va directo a la basura!—exclamó levantándose de la cama.
Se acercó a mí, y me la arrebato de las manos.
— Massi, ¿por qué?... No lo tires, es mío — dije tratando de quitárselo de las manos.
— No está bien, yo debía ser quien te hiciera lograr esa sensación — dijo molesto.
Era fácil suponer que lo había herido, pero también lo estaba yo. Tener que usar esa cosa, fue vergonzoso y humillante. Sin embargo no sabía que hacer.
— Algo no está bien, Massi — dije envolviéndome en la sabana, como si eso pudiera protegerme de lo que había hecho hacer a Massimo — Esto ya no es normal, vamos con un medico o un terapeuta... Esto ya no puede seguir así. Estoy jodidamente caliente todo el tiempo.
El arrojó al cesto de basura el consolador.
— ¿Cuando compraste esa cosa?— me preguntó recargandose en la pared, con una mirada molesta.
— La compré en línea hace una semana.
— Te dije que podías usar el dinero en la tarjeta para lo que quieras pero no para esas porquerías — soltó golpeando la pared — Se que no te satisfago sexualmente, pero ¿no te basta con tener todo mi amor?
— ¡Sabes que yo te amo como a nadie, que te esperé estos tres meses, solo por qué te amo!— grité — Te doy opciones sobre ir a un medico y saber que está pasando y tú evitas el tema.
Suspiré tratando de calmarme pero fue imposible
.
— ¡¿Dime que mierda está pasando?!
Me senté en el borde de la cama, agachandome con la mirada al suelo sujetandome el cabello con fuerza.
— ¿Puedes esperarme otros tres meses?— pregunto Massimo dándome una palmada en la espalda.
Es el colmo, esto ya es burla.
— ¿Y después de esos tres meses, vas a volver a pedirme tres meses más?— pregunté molesta quitándome su mano de encima— Te amo más que a mi vida y quiero esperarte, pero me estás haciendo suplicarte por algo que no debería estarte pidiendo.
— No se cuánto tiempo necesite, ¿es lo que querías oír?— respondió.
— Osease que ese ese es tu plan, emocionarme para después dejarme ardiendo por tí — reclamé, tomando mis llaves de la cómoda — Me haces sentir culpable por desear a mi propio esposo.
— Violeta, no es mi intensión yo...
— ¡Saca mi consolador de ahí!, no me niegues por completo el placer en todo el tiempo que estoy dispuesta a esperarte — dije llorando —¿Por que te casaste conmigo si no me deseabas en tu cama? ¿Que diferencia hay de cuando éramos novios?.
Abrí la puerta y me marché a la calle. No me importa si me sigue Massimo, ya ni siquiera me siento como mujer, soy una maldita prostituta que mendiga a su marido por intimidad. Y no puedo contarle a nadie sobre lo que pasa.
— No salgas a esta hora, es muy noche.— dijo tomando mi mano en mitad de la calle — No quiero que te pase algo.
Me recargue sobre su pecho a llorar, nunca le había alzado la voz, nunca lo había visto así.
El tenía miedo de que me fuera, y me envolvió en sus brazos hasta que volvimos al departamento y nos sentamos a la mesa.
— Lo siento, Massi.
— No es tu culpa, mi niña.
— Voy a esperarte hasta que estés listo— respondí tomando una cuchara con comida y llevándosela a la boca— No quiero perderte, tu eres un buen hombre.
Nuestra discusión acabó, pero mi corazón estaba herido.