CAPÍTULO 1: Encuentros
CAMILA
— ¡Déjame en paz! —repetía una y otra vez, pero no apartaba sus sucias manos de mi cuerpo.
— ¡No me toques, por favor! —grité con desesperación.
— ¡Eres una chica muy desobediente! Vas a recibir un castigo por eso —dijo, desabotonando mi camisa color rosa—. Ya eres toda una mujer.
— ¡No, por favor! —insistía desesperadamente, mientras ponía una de sus asquerosas manos sobre mí.
— ¡Camila, despierta! —escuché a Natalia llamarme desde lo lejos. Me desperté sudorosa, la cara de mi amiga delante de mis ojos. Estaba realmente asustada.
— Tuve una pesadilla —susurré mientras intentaba recuperar el aliento.
— Lo sé, estabas gritando. ¿Has tenido ese sueño otra vez? —preguntó afligida.
Asentí.
— Se sentía tan real —exclamé entre sollozos mientras mi amiga me abrazaba y limpiaba las lágrimas que corrían por mi rostro.
— Es solo un mal sueño, ahora estás a salvo —aseguró. Me tendió un vaso con agua del cual bebí ávidamente—. ¿Estás mejor? ¿Necesitas cita con tu médico?
— No, solo necesito un minuto. Ha pasado año y medio desde la última vez. No… No entiendo por qué aparece de repente —dije para tranquilizarla, pero, sobre todo, para tranquilizarme a mí misma. Estaba aterrada de que, una vez más, las pesadillas y los ataques de pánico regresaran a mi vida.
— Voy a arreglarme, se me ha hecho tarde para el trabajo. Deberías hacer lo mismo —murmuró, saliendo de la habitación.
Volteé a ver el despertador sobre la mesita de noche, marcaba las seis y media de la mañana. Miré al techo, respiré profundo y salí de la cama como un relámpago para tomar una ducha. Mi jornada laboral no comenzaba hasta las siete con cuarenta, pero debía tomar el metro para llegar hasta la cafetería.
Me marché a toda prisa en dirección a la estación más cercana. Tuve suerte de que al ser viernes no hubiese tanta aglomeración de personas, estaba llegando tarde y rezaba para que el señor Smith no se apareciera por el café ese día.
Llegué a la hora exacta y por suerte, ni rastro del jefe. Suspiré aliviada, me puse el delantal y comencé a atender clientes, la mayoría de ellos eran habituales, así que me dejaban muy buenas propinas.
A la hora de almuerzo mi jefe llegó, con una expresión de pena en el rostro.
— Camila, a mi oficina —ordenó, pasando por mi lado, sin saludar. Lo seguí hasta que entró y cerró la puerta detrás de mí.
— Como bien sabes, el café no está yendo muy bien —se me activaron todas las alarmas al escuchar esa frase, mis manos comenzaron a sudar.
Esto ya me lo esperaba.
— He decidido hacer reducción de personal —apreté mi delantal en un puño intentando calmar mis nervios—, y como usted es la última empleada en entrar al café, no me queda de otra que prescindir de sus servicios —continuó diciendo el señor Smith.
— Pero soy de las camareras más eficientes que tiene señor, usted nunca ha recibido una queja sobre mí —dije intentando salvar mi empleo.
— No puedo despedir a un par de señoras de cuarenta años, llevan trabajando para mí más de la mitad que usted. Camila, usted es joven, las oportunidades le lloverán —dijo, situándose muy cerca de mí.
Me alejé de él.
— Por favor, señor Smith, reconsidere su decisión —imploré.
— Solo hay una manera que se quede, tendría usted que…
Me miraba de arriba abajo, como había hecho siempre desde que llegue aquí. Sus intenciones estaban claras, al igual que las mías; aunque realmente necesitaba el trabajo, había ciertas cosas que no estaban a discusión.
— Olvídelo, solo dígame dónde tengo que firmar —repuse, secándome las manos con el paño de cocina. Por suerte, aprendí a defenderme de viejos como estos después de lo que me sucedió cuando tenía tan solo dieciocho años. Lo peor había sido que el abuso, había provenido de mi propia familia. Pero me juré a mí misma que nunca nadie abusaría de mí nuevamente.
— Bueno, si así lo quiere —se encogió de hombros, tendiéndome su bolígrafo para firmar la carta de renuncia y un sobre amarillo con mi paga. Firmé sin dudarlo, tomé el sobre y me fui de allí como alma que lleva el diablo.
Caminé de prisa hacia el parque cercano a la cafetería donde solía trabajar, conteniendo las lágrimas que amenazaban con salir. Me sentía perdida, abrumada e incapaz. Lo peor, era no saber qué hacer con mi vida. Una vez más volverían las inseguridades, los miedos y las dudas. Me encontraba otra vez en el punto cero, ese en el que todo comienza a derribarse, sabes que tienes que hacer algo, pero no sabes qué, ni cómo.
Llamé a Natalia cuando sentí que estaba a punto de desmoronarme, le conté todo lo sucedido. «Abraza tus objetivos», me había dicho ella y, tenía razón. Debía levantarme, por mi madre y mi pequeña hermana, ellas eran todo lo que tenía y reunirnos nuevamente, era todo cuanto quería. Ellas, aún permanecían en mi país natal y estaba reuniendo lo suficiente para traerlas conmigo.
Luego de recomponerme un poco tomé el metro y volví a casa. Cuando llegué a Canadá, comencé a vivir en una pequeña casa de alquiler con Natalia y su novio, quien solo se quedaba en ocasiones con nosotras. Ella me había apoyado mucho desde que llegué a este país dos años atrás, con tan solo una maleta repleta de esperanzas, metas, y sueños por cumplir. Había sido un soporte en mis momentos de crisis.
Estábamos reuniendo el dinero suficiente para comprar nuestro propio espacio. Otra de las razones por las cuales no podía quedarme mucho tiempo sin empleo.
Fui directo hacia mi habitación sin descalzarme en la entrada, no estaba de humor para nada de lo que tenía que hacer. Solo quería meterme debajo de las cobijas y llorar hasta agotar la última gota de agua que constituía mi cuerpo.
No me enteré en qué momento caí en un sueño profundo, del que no me despertó ningún príncipe azul, sino la voz de Natalia. La odiaba cuando no me dejaba ser yo.
— No puedo creer que estés durmiendo otra vez.
— ¿Puedes dejarme morir solo por hoy?
— De ninguna manera, llegaremos tarde —se quejó, quitándome las cobijas de encima. A esto me refería, en fin, Natalia.
Abrí los ojos que pesaban como yunques y la miré mal.
— ¿Hacia dónde me arrastrarás esta vez? —refunfuñé.
— Liam, nos llevará a su bar favorito.
—No quiero ir —exclamé cubriéndome nuevamente.
— Camila, irás con nosotros como que me llamo Natalia. —ya le había salido lo de señora mayor. Definitivamente, iría a ese lugar.
Esa noche, Liam nos llevó a un club que se encontraba en una de las zonas más populares de Ottawa, la ciudad donde vivíamos. El sitio era realmente elegante, había varios salones distribuidos por todo el local, una barra muy agitada y una gran pista de baile, ocupada por muy pocas personas y mesas alrededor de la misma. Natalia me había contado que la familia de su novio tenía suficiente dinero como para que su hijo se diera ciertos lujos, por lo que ella ya estaba acostumbrada a visitar sitios como estos. En cuanto a mí, todo era diferente, nunca había visitado este tipo de lugares, desde que llegué me había dedicado a trabajar y cuando salía solíamos ir a algún que otro restaurante o bares estándar.
— ¿Qué desean tomar chicas? —preguntó Liam.
— Margarita para mí —dije.
— Tom Collins para mí, cariño —pidió Natalia.
Nos dirigimos hacia la dirección de las mesas en lo que él iba a por las bebidas.
— Verás que buenas están las bebidas que sirven aquí —exclamó mi amiga por encima de la música.
Ella se veía muy emocionada, yo por mi parte estaba en el mismo mood. Aunque me preguntaba por qué no me habían traído antes a este sitio.
Me había persuadido para que viniera con el único propósito de levantarme el ánimo, pero no estaba funcionando. Había hecho de todo, incluso vestido y maquillado a su gusto, quejándose en el proceso de las ojeras que me habían brotado por haber llorado tanto. Aunque había hecho un trabajo magnífico cubriéndolas.
— ¿Quieres cambiar esa cara de una vez? ¿Qué tal que hoy aparezca el indicado? —bromeó levantando las cejas.
— Hace mucho que dejé de buscarlo.
Me crucé de brazos, recostándome en el asiento. Liam no tardó en acercarse con las bebidas, dejando una copa de Margarita delante de mí y el Tom Collins de Natalia junto con un tierno beso. Rodé los ojos y le di el primer sorbo a aquel trago.
— ¡Joder! Sí que está bueno el trago.
— Espero que seas buena bebedora o no podrás terminar una segunda roda —bromeó Liam.
— Sabes que sí.
Inesperadamente, luego de terminar el segundo trago ya me había entrado ganas de bailar, por lo que invité a los muchachos a seguirme y ellos, pues no me decepcionaron. Rato después le dije a Natalia que tenía que refrescarme, y me dirigí a la terraza para tomar un poco de aire. Esta era aún más grande, tenía un área apartada dónde se encontraba el restaurante. Solo con ver la decoración sabía que no podía permitirme ni un zumo de naranja.
Fui hacia la segunda barra del lugar y pedí al bar ténder un zumo de cerezas con bastante hielo y sin alcohol, necesitaba refrescarme. Al darme la vuelta choqué con el taburete, casi caigo al suelo de no ser por unas enormes manos que me detuvieron y, al final, terminé refrescando a alguien más. La mitad de mi zumo estaba ahora en su camisa.
— Disculpe, lo sien… —levanté la cabeza para pedir perdón a mi reciente víctima.
No pude terminar la frase, se hallaba frente a mí un espécimen en peligro de extinción, el hombre más guapo que alguna vez haya visto. Sus intensos ojos, de un tono entre azul y gris, me miraban penetrantes, tez morena, cabello oscuro y espeso, labios carnosos y los más atractivos que haya visto en mi vida —la de cosas que se me ocurrían hacer con ellos.
Hasta que abrió su preciosa boca.