CAMILA
El día de mi entrevista de trabajo llegó, le rezaba a Dios que todo me saliera bien. Desperté a las seis y media en la mañana, tomé una ducha caliente, lavé mi cabello y lo sequé. Tenía ondas naturales por lo que no había que acomodarlo mucho, wash and go y listo. Apliqué maquillaje, no muy cargado y un poco de brillo en los labios. Me vestí de manera apropiada para una entrevista tan importante, cabe resaltar que tuve que asaltar el guardarropa de Natalia porque el mío no tenía nada presentable para la ocasión.
Aparcamos minutos más tarde, frente a un edificio enorme, todo de mármol y cristal, Natalia tenía que continuar su camino hacia la empresa donde trabajaba, así que nos despedimos y yo, permanecí de pie admirando el enorme edificio. El formidable letrero en el que se leía «Hudson Vineyard» lucia glorioso delante de mí, hipnotizándome.
Cuando por fin regresé a mis sentidos, entré en recepción y pregunté a una muchacha de cabello cobrizo y ojos verdes donde se realizaría la entrevista para secretaria ejecutiva. Me indicó que debía dirigirme hacia la séptima planta y preguntar por Eva, le di las gracias y me dirigí hacia los ascensores.
Una ver en el séptimo piso encontré a Eva detrás de un buró. Supe que era ella por el broche con su nombre y, una larga fila de al menos unas quince candidatas. Eva comprobó mis datos y me pidió que esperara hasta que fuera llamada.
Pasaron dos largas horas hasta que me llamaron.
— ¡Camila Lebrón! —caminé hacia la puerta por donde habían entrado las demás.
La entrevista tardó alrededor de unos veinte minutos. Los entrevistadores, con sus caras largas, no dejaban de verme por encima del hombro. Tal vez mi currículo no fuese el mejor. Tener en tu expediente laboral el haber sido mesera de un café como último empleo no era algo favorable, menos aún si postulas para un puesto de secretaria ejecutiva.
Comenzaba a dudar que me seleccionaran.
Salí de la oficina decepcionada conmigo misma. No cumplía con los estándares de esta empresa, y lo sabía. Comencé a caminar por la calzada, debía despejar mi mente y comenzar a pensar que haría de ahora en adelante. Quizás, buscar empleo en otra cafetería sería lo ideal, o en un restaurante.
Terminé en una cafetería cerca de la empresa, llamada La Maison du Cafe, necesitaba energía porque esa entrevista había consumido todo de mí. El lugar lucía tranquilo y acogedor, con diseños en madera y hermosas plantas naturales por doquier. Me había sentado fuera del café, justo a un lado de la calle. Ensimismada viendo las personas y los autos pasar, intentando adivinar los problemas de alguno de ellos, quién sabe, en una de esas lograba olvidar mis propios problemas.
— Señorita, ¿me está escuchando? —pregunta el camarero a mi lado.
— Disculpe, no lo escuché.
— No hay problema. Le preguntaba qué desea tomar.
— Un latte por favor —pedí con una sonrisa un tanto forzada.
El chico tardó menos de diez minutos en regresar con una taza de café y una pequeña tarjeta, donde se leía: «Nadie es como tú y esa es tu magia. Prohibido rendirse».
Mi ánimo fue en ascenso solo con el detalle de la nota. ¿Cómo era posible que acertaran con la frase? Sin dudas, hay cosas en la vida que no tienen explicación. Me descubrí a mí misma sonriendo después de leerla.
—Gracias —le dije al chico, más por la tarjeta que por el café en sí.
Un lujoso auto se aparcó justo enfrente del café, atrayendo la atención de todos en el establecimiento, quienes intentaban mirar con disimulo en su dirección. Se me hizo raro, pues, ver un auto de lujo por esta zona no es nada extraordinario, más aún cuando edificios con grandes empresas se encontraban alrededor.
Vi bajar a un señor, parecía el chófer de quien fuera estuviese dentro del auto. Decidí dejar el chisme y centrarme en darle el primer sorbo a mi latte
Estaba buenísimo. Se podría convertir en mi nueva cafetería favorita.
Agarré mi teléfono para entretenerme en lo que me tomaba el café, pero el auto n***o mate que se encontraba a mi lado no dejaba de gritar «mírame».
Es que me gusta el color, no el chisme.
Esta vez las ventanillas traseras se encontraban abajo y claramente podía apreciar que se encontraban dos personas teniendo una discusión. Sus rostros me resultaban un tanto familiar, una chica guapa y rubia y el hombre era… ¡Dios no!
El idiota bajó del auto y entró en la cafetería, vestía de traje y caminaba con un aura dominante. La expresión de exasperación en su rostro no opacaba lo guapo que era, a plena luz del día lo pude confirmar.
Tomé mi carpeta de encima de la mesa y la coloqué delante de mi rostro cuando se volteó en mi dirección. Esperaba que no me reconociera, aunque dudaba que si lo hacía se acercara. Segundos más tarde, vi el auto marcharse, suspiré en alivio y bajé la carpeta.
—¿Puedo sentarme con usted? —preguntó en el mismo momento que bajaba la carpeta.
Miré desconcertada hacia la calle en busca de su auto. Lo había visto marcharse, ¿cómo es que aún seguía allí?
—¿Aún está usted aquí?
— Señorita, ¿se estaba ocultando de mí? —cuestionó con diversión.
— No… y, ¿por qué se sentaría usted conmigo?
—No hay lugares disponibles —se excusó.
Miré a mi alrededor, efectivamente no había sitios disponibles. ¿En qué momento se había llenado una cafetería que estaba prácticamente vacía? Hice un gesto para que tomara asiento e intenté no mirarlo para no entablar conversación.
—Hudson Vineyard —murmuró—. ¿Puedo hacharle un vistazo?
— ¿Por qué querría usted revisar mi currículo? —exclamé, poniendo una mano encima de la carpeta, evitando que la tomara.
— Quién sabe, puede que su currículo encaje en alguna de las áreas de mi empresa —dijo mirándome fijamente.
Sus palabras sonaban desinteresadas, pero sus ojos me ordenaban que le pasara el dichoso papel de una vez. Acerque la carpeta a su lado con reticencia, sin apartar la mirada y sin mover la mano de encima de la carpeta. Apartó mi mano y rompió el contacto visual cuando obtuvo lo que quería.
Le había manchado una camisa y en recompensa quería darme empleo. Perdón, pero debía dudar de sus «buenas» intenciones.
— Secretaria ejecutiva, interesante. ¿Usted cree que, con las referencias de una cafetería, podría ocupar un cargo tan importante en una empresa como esta?
— ¿Se está burlando de mí, señor? —exclamé entre dientes.
Intenté arrebatarle la carpeta de las manos, pero me fue imposible. Me lanzó una mirada de “ni siquiera lo intentes” que me detuvo en seco.
— Solo intento advertirle que no la aceptarán. Con este currículo solo puedo darle trabajo en uno de mis restaurantes.
Ese tipo me irritaba, lo hacía a tal punto que, en ese momento, quería saltar encima de la mesa y romperle el cuello. Y sí, lo haría a plena luz del día, en un café atestado de gente.
Introdujo una mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una tarjeta.
— Aquí tiene mi tarjeta, no se preocupe, no se quedará sin empleo, solo llámeme.
—No necesito de su caridad ni su lástima. Sobre todo, no quiero nada que venga de usted —grité, mientras tomaba la tarjeta que me acababa de ofrecer y la hacía trizas con mis manos. No me tomé el trabajo de echarle un vistazo, simplemente el coraje pudo más que mi escasa paciencia y la rompí, aunque eso no era nada comparado con lo que sí quería romper.
Tomé mi bolso y mi currículo, también la tarjeta que sí quería conservar y salí del lugar, dejando mi delicioso latte a media taza por culpa de un idiota.
Me aburría grandemente en mi habitación, el capítulo del libro que había comenzado a leer no estaba yendo como esperaba, así que decidí dejarlo e irme temprano a la cama.
Al día siguiente un número desconocido apareció en la pantalla de mi teléfono.
— Buenos días. ¿Es la señorita Camila Lebrón?
— Buenos días. Soy Camila Lebrón. ¿Quién habla? —contesté un poco adormilada.
— Es Eva, del departamento de recursos humanos de Hudson Vineyard —dijo la mujer al otro lado de la línea y mi corazón comenzó a acelerarse—, le llamo para comunicarle que fue aceptada para el trabajo, debe empezar el lunes a primera hora.
La mujer habló tan deprisa que, casi no entendí lo que había dicho, realmente no esperaba que llamaran.
Corrí escalera arriba hasta el cuarto de mi amiga, olvidando completamente que Liam se encontraba en casa. Abrí la puerta y salté sobre su cama, encontrándome con dos cuerpos semidesnudos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó adormilada.
— Me aceptaron —exclamé incrédula— ¡Me aceptaron Natalia!
Esta vez, la tomé de los hombros y la sacudí, como si me lo estuviese haciendo a mí misma.
— ¡Felicidades! —murmuró abrazándome—. Vez, solo tenías que esperar un poco.
— En hora buena —dijo Liam a mi lado.
— Gracias, chicos. Ahora me voy para que puedan descansar, menuda faena, ¿eh?
Salí de la cama y me dirigí a la puerta.
—Te invitamos la próxima —añadió Liam.
— ¡Guácala! Olvídenlo.