CAMILA
Los señores Tremblay, padres de Liam, estarían festejando esta noche su aniversario de matrimonio. No me gustaban ese tipo de celebraciones donde las personas asistían solo para presumir de su más reciente adquisición.
El parqueadero, lleno de autos de lujo, fue nuestra primera impresión, nuestro auto lucía más viejo que el repelón entre todos ellos.
Salimos del coche y caminamos a través de un largo pasillo decorado con luces, haciendo que recordara la navidad instantáneamente. Nos adentramos en el patio delantero donde se encontraban ya varias personas. Mesas con centros florales y manteles de lino adornaban el lugar, brindando elegancia y majestuosidad.
Me sentía como pez fuera del agua en ese sitio, pero Liam y sus padres habían insistido tanto en que debía asistir que, al final, no pude negarme. Aún no encontrábamos a Liam y, además de Natalia y los anfitriones, no conocía a nadie más en este sitio.
—Iré a buscarlo dentro de la casa. No te importa quedarte sola un par de minutos, ¿cierto? —preguntó mi amiga.
— Claro que no, solo no tardes.
Caminé en dirección a una de las mesas vacías, encontrándome con la señora Tremblay de camino. Eugenia era un amor de persona, sobre todo con Natalia, parecían más madre e hija que suegra y nuera. Era capaz de castrar a su propio hijo si hacía enfadar a Natalia.
Yo también había tenido una suegra así, la madre de Dylan. Siempre había sido muy considerada conmigo, incluso antes de que nos hiciéramos novios. Por desgracia, falleció un año antes de que saliéramos del país.
— Muchas felicidades, señora Tremblay —saludé.
— Oh querida Camila, cuantas veces tendré que decirte que me llames Eugenia. Me haces sentir anciana. Muchas gracias —dijo dándome un par de palmaditas en el hombro.
— Lo siento, aún no me acostumbro.
— Ya lo harás querida, no hay prisa. Liam me ha contado que has comenzado a trabajar con Ethan.
—Ha sido todo gracias a él.
— Espero que todo vaya bien. Aunque es un chico magnífico y un excelente empresario, tiende a ser extremadamente exigente con todos.
—Conozco el sentimiento —pensé.
Por la expresión en su rostro me di cuenta de que no lo había reflexionado, sino que lo había expresado en voz alta.
¡Por Dios! Yo y mi boca.
—No te preocupes querida. Si se pone difícil renuncia. Le pediré a Benjamín que encuentre un buen puesto para ti en nuestra empresa.
— No se preocupe, señora Eugenia. Podré con ello.
— ¿Has conocido ya a sus padres?
— No he tenido el placer.
— Créeme cuando te digo que no será un placer conocer a su madre querida. Estarán aquí en cualquier momento.
— Acaso, ¿el señor Hudson también vendrá? — mi corazón dio un vuelco al imaginar que podría encontrarlo allí.
— Lo dudo mucho, a Ethan no le gustan este tipo de eventos. Durante la adolescencia, solían escaparse los cuatro de los eventos sociales.
— ¿Los cuatro?
—Solían ser amigos con Edward y Anderson. Tranquila, no creo que venga.
Suspiré aliviada ante su negación. Era suficiente con tenerlo en la oficina dando órdenes como todo un general y quejándose por todo lo que hacía. «Señorita Lebrón, acaso es usted incapaz de sostener un documento sin temblar». «¿Será que por primera vez en su vida puede traerme el café como lo he pedido?». Lo peor fue cuando me dijo: «Debería pensar en renovar su clóset, mi secretaria no puede andar por la ciudad luciendo como una fulana».
Me había llamado fulana debido a mi forma de vestir, generalmente usaba la típica ropa que usan la mayoría de las secretarias. Juro que, si salgo viva de esta, escribiré un libro titulado: «Como trabajar para un idiota sin asesinarlo en el proceso».
—Por cierto, ¿dónde has dejado a mi niña?
— Ha ido en busca de Liam.
— Alguien me ha extrañado por aquí —dijo Natalia detrás de ella.
La fiesta se tornó un tanto aburrida y yo no dejaba de darle vueltas a las palabras de Eugenia. Había dicho los cuatro, pero ¿quiénes eran los otros dos? A Ethan siempre le veía solo o en compañía de Ronald.
— ¿Me acompañas? —murmuró Natalia a mi lado. Fuimos a refrescarnos y de paso reponer nuestras bebidas. Nos acercamos a uno de los meseros para tomar una copa de champán cuando sentí que Nati me tomaba del brazo y me acercaba a ella.
— Ese hombre de allí —dijo mirando hacia la puerta—, ¿no es tu jefe?
Miré en su dirección, rezando para que estuviese equivocada. En efecto, mi maldito jefe estaba allí. Cuando entró por la puerta, todas las mujeres de la fiesta se giraron para mirarlo. Era alto y elegante, con un aire de distinción que no podías ignorar. Su traje de tres piezas azul marino encajaba perfectamente con su cuerpo atlético, resaltando cada uno de sus músculos. Pero lo que realmente llamaba la atención de todos eran sus ojos azules, brillantes y cautivadores.
Levantó la vista de la pequeña anciana que saludaba y sus ojos se toparon con los míos. Para él, era imposible pasar desapercibido, su presencia era tan poderosa que todos los ojos se volvieron hacia él mientras caminaba, en mi dirección. Y mientras se movía, como un depredador en busca de su presa, yo no podía sino admitirlo. Era el hombre más guapo que había visto en mi vida.
—Camila, ¿quieres cerrar la boca antes de que llegue a nosotras? —dijo mi amiga entre dientes. Lo hice y sí, estaba abierta.
—Tendré que saludarlo, ¿cierto?
— Pues sí. Y yo, feliz de ver la cara que habitualmente pones cuando lo ves, me hace mucha gracia —se burla de mí, la muy hija del demonio.
Le lancé una mirada de reojo para que se callara. Vi cómo él se iba acercando a nosotras y le pedí a mi amiga que no me dejara sola.
— Buenas noches, señor Hudson —saludamos nosotras.
— Buenas noches, señoritas —me observó de pies a cabeza, por lo que me pareció una eternidad y luego posó sus ojos en Natalia—. Señorita Lebrón, ¿no me presenta a su amiga?
— Cierto —exclamé, despistada—. Natalia Walters, mi mejor amiga.
— Un placer, señor Hudson.
Se apresuró ella a decir, estrechando su mano con la de él. Dejando claro que él no necesitaba presentación.
— Encantado, señorita Walters.
—Lo mismo digo. Al fin puedo conocer apropiadamente al adorado tormento de mi amiga.
¡¿Qué?! Ella no ha dicho lo que creo que ha dicho, ¿cierto? Ethan me observó con… diversión.
— Los dejo, chicos. Por favor no la abrumes hablando de trabajo, ¿quieres?
Quiero matarla.
—Debo admitir que no esperaba encontrarla aquí.
—Yo estoy aún más asombrada—enarcó una ceja, sorprendido—. ¿Me va a negar que usted no suele asistir a este tipo de eventos?
Asintió.
— Tienes un punto.
Un incómodo silencio se estableció entre nosotros. No sabía qué decir y mis manos comenzaron a sudar mientras Ethan no me quitaba la vista de encima. El vestido color esmeralda que había pedido prestado del clóset de Natalia me hacía lucir bien, pero el peinado que me había hecho no iba para nada con mi estilo, en cambio, me sentía incómoda y aprisionada. Ella salió en defensa del peinado cuando quise deshacerlo y en su lugar llevar mi recogido habitual, alegando que para ser bella debía de ver estrellas. Yo, por mi parte, estaba a punto de llevarme la mano a la cabeza y aflojarme las horquillas.
Él agarró mi mano durante el recorrido y me detuvo.
— No lo hagas. Estás hermosa esta noche.
¿Me acababa de hacer un cumplido?
— ¿Se ha golpeado la cabeza? —dije anonadada. Ha de haber notado mi asombro.
—¿Le sorprende?
— Algo un poco inusual en usted. Sus cumplidos son más del tipo, le ha pasado una estampida de búfalos por encima, o… usted viste como una fulana, ¿cierto?
Dio dos pasos hacia mí y se inclinó hacia delante para susurrar algo en mi oído.
— Podría besarte ahora mismo.
— ¿Perdón? —dije incrédula.
— No sería la primera vez.
Okay, ya se había tardado en recordarme lo de aquella noche.
— Juro que no sucederá nuevamente, señor.
— ¿Por qué? Le causa…
—Ethan, acércate cariño. Quiero presentarte a alguien —y fui salvada por una señora de mediana edad con ojos de igual intensidad que mi jefe. Me había ahorrado tener otra conversación incómoda con él sobre lo que había pasado esa noche.
Ethan
Me encontraba en un lugar en el que no me apetecía estar en absoluto, solo por compromiso. Si no fuese porque la abuela había montado todo un chantaje emocional, a esta hora estaría en casa trabajando, aunque lo que realmente me convenció fue al revisar la pantalla del teléfono y encontrarme con un mensaje de Mirna avisando que iría a visitarme. Inmediatamente, llamé a la abuela de vuelta para confirmarle que en quince minutos pasaría por ella.
Había llegado a pensar que su cerebro no funcionaba para nada útil que no fuese el trabajo, aunque me sorprendía la increíble capacidad que tenía para perder el tiempo detrás de mí. Al contrario de mi asistente, quien ponía cara de fastidio cuando me veía llegar o tenía que acompañarme a alguna reunión. Le hacía venir conmigo solo para fastidiarla, pero comenzó a ser útil con algún que otro cliente, demostrando sus capacidades para cerrar acuerdos, aunque del tema, no tuviese experiencia alguna.
Su desempeño en la empresa había sido formidable desde el día uno, a veces era un desastre, y ni hablar de su horrendo estilo al vestir, como la típica secretaria, con esas faldas y blusas que hacían resaltar sus pechos, rozando más allá del peligro. Sobre todo, cuando se paraba delante de mí o se inclinaba encima del escritorio, haciendo que los muertos resucitaran.
No esperaba encontrarla aquí, menos aún perfectamente vestida en entallado vestido verde esmeralda y su cabello, por primera vez, recogido cuidadosamente. Lucía hermosa, en contraste con la chica torpe que perdía los botones de su blusa y llevaba el cabello en un moño descuidado. Descuido que quería causarle yo contra mi escritorio desde el día en que la vi por primera vez. Sí, en el club, mientras bailaba, o cuando se agachó para tomar su pendiente y me miró desde abajo a través de sus pestañas.
— ¡Oh, perdón! —se disculpó al chocar conmigo cuando salía del lavabo. Estaba claro que no se había percatado con quién se había topado.
— Por suerte para mí, no llevas jugo de cereza contigo. Estoy por pensar que a usted le gusta estrellarse contra mí.
— Nada de eso. Estaría mejor si te mantuvieras alejado de mí, pero eres mi maldito jefe.
— Cuidado señorita, puede que mañana amanezca sin empleo —le advertí, mirándola fijamente, percatándome del color miel de sus ojos. Tomé su rostro entre mis manos y la acerqué al mío—. Tenemos una plática pendiente, ¿no crees?
— No estamos en la oficina, ¿cierto? —preguntó y asentí. Mientras sus ojos brillaban con intensidad. Si me proponía lo que imaginaba, terminaríamos lo que empezamos en el Diamond Hill —. Esta noche usted no es mi jefe.
No era pregunta, pero de igual manera negué.
— Entonces… ¡Que te folle un pez Ethan Hudson!
En un intento por salir de mi agarre perdió el balance y estuvo a punto de caer al suelo de no ser por los buenos reflejos que tengo. Di un paso hacia adelante para evitarlo y ella apoyó ambas palmas de sus manos en mis pectorales, haciendo que se contrajeran al sentir su contacto.
La sujeté fuertemente por los hombros para estabilizarla, pero sus manos permanecían en el mismo lugar, haciendo que su rostro se ruborizara y evitara mirarme.
— Le agradecería que me quitara las manos de encima.