Camila — ¡Tía Camila! —escuché una vocecilla alegre y familiar proveniente del otro extremo del jardín. Me estaba volviendo loca, ya comenzaba a experimentar alucinaciones auditivas tras haber compartido con la pequeña Mary menos de veinticuatro horas. ¿Acaso ya la estaba extrañando? Al parecer todos los Hudson tenían el mismo poder. — Tía Camila despierta. He venido por mis panqueques. Abrí los ojos con dificultad, no sabía en qué momento me había quedado dormida. Los siete maridos de Evelyn Hugo yacían sobre mis piernas, partido en poco menos de la mitad y los ojos azules más inocentes del planeta me observaban angustiados. — ¿Qué te ha pasado? —inquirió llevando su pequeña manita hacia la comisura de mis labios. Entonces recordé el golpe que me había proporcionado Mariana en el

