CAMILA
Me encontraba en los baños del club, sentada sobre la encimera del lavabo. La parte baja de mi vestido, se encontraba a nivel de mi cintura, dejando mis bragas expuestas. Mis piernas ligeramente abiertas acogían al mayor idiota de los hombres, quien estaba justo delante de mí, observando directamente al punto donde se unían mis muslos con el resto de mi cuerpo. La mirada llena de lujuria en sus ojos me hacía sentir cosas inexplicables.
Dejé escapar un sonido, entre un grito y un jadeo, al darme cuenta de la situación, me miró a los ojos, y pude ver como los suyos se habían vuelto oscuros y una sonrisa perversa aparecía en sus labios. Su mirada fue directa hacia los míos, los mordí mientras lo observaba. Recorrerlos con su pulgar fue su siguiente movimiento antes de besarme, tan fuerte y duro, que sentí palpitar mi entrepierna, solo con ese beso. Alzó su mano, recorriendo todo mi muslo, hasta llegar a mis bragas para apartarlas de un tirón. Me tocó allí, donde hacía mucho tiempo nadie me ha tocado.
—Estás muy húmeda —dijo mientras trazaba un camino de besos por todo mi cuello, y yo solo pude gemir en respuesta.
Me penetró con un dedo y gemí más fuerte cuando comenzó a moverlo en círculos.
— Estás muy apretada —me susurró al oído y, rápidamente, introdujo otro. Como por instinto, clavé las uñas en sus hombros y abrí más las piernas en busca de un mayor contacto. Mantuvo el mismo movimiento circular y yo aluciné con ello.
— ¿Te gusta? —preguntó, pero no pude contestar, era incapaz de articular palabra—. Responde —reclamó.
—Sí —jadeé cuando introdujo un tercer dedo y aumentó el ritmo, haciendo círculos con su pulgar, llevándome al punto máximo de excitación.
No pude avisar, terminé con sus dedos dentro de mí, mientras él seguía con un movimiento más pausado pero rítmico, haciéndome retorcer de puro placer. Sacó sus dedos de mi interior llevándolos a su boca, los chupaba mientras me miraba de forma penetrante y lujuriosa.
Una luz comenzó a iluminar mi rostro y todo el lugar, desperté sudada y jadeante del sueño en el que estaba sumida, mientras los rayos del sol invadían mi habitación.
—Joder —exclamé, todavía agitada por las sensaciones que un completo desconocido había provocado en mí, nada más y nada menos que en un sueño.
Cuando volví a la realidad luego de semejante sueño, fui en busca de mi amiga. Le pedí que por favor me diera todo el trabajo que hubiese en casa, necesitaba ocupar mi estúpida mente en algo productivo y olvidar las imágenes de una noche que nunca ha existido ni existirá, de lo contrario terminaría volviéndome loca.
Natalia salió de casa para encargarse de tareas como el mercado y otras cosas, mientras nuestro pequeño nido recibía la limpieza que no había recibido en años.
—Saldremos esta noche —gritó subiendo las escaleras hacia su habitación al volver a casa.
—Estoy exhausta —grité de vuelta.
—Me importa un bledo, saldremos y punto, ¿me oyes? Necesitas despejar esas fantasías de tu pequeña cabecita.
Había bajado las escaleras solo para decirme aquello. Más bien, para recordarme lo que llevaba intentando olvidar por más de medio día.
Una vez más nos encontrábamos frente al majestuoso Diamond Hill y me preguntaba si de veras ese sería el lugar adecuado para ¨despejar¨ esa noche.
—¿Estás seguro de que no hay un mejor sitio al cual podamos ir esta noche? —pregunté a Liam sin dejar de mirar la entrada.
—Ya sabes que no hay mejor club nocturno en toda la ciudad que el Diamond Hill, si quieres pasar un rato agradable, este es el sitio ideal.
— No te preocupes, esta vez reservamos una habitación para jugar un partido de billar, no estaremos a la vista —me tranquilizó Natalia.
Bueno, a decir verdad, no hay necesidad de bailar para pasarla bien, ¿cierto? Podré pasar una noche tranquila, encerrada en una habitación con pocas probabilidades de encontrarme con el idiota.
— ¿Puedes ir a por algo de beber?
Me preguntó uno de los colegas de Liam, ya que era la única que no estaba jugando. Me había rendido tras haber perdido una y otra vez, el billar no era lo mío, me habían dado la paliza del siglo, así que preferí sentarme en una esquina y verlos jugar mientras yo disfrutaba de las bebidas y la música.
—Claro —aseguré y salí de la habitación.
Me puse de pie bruscamente y todo comenzó a dar vueltas a mi alrededor. Supuse que los tragos comenzarían a hacerme efecto. Continué mi camino hasta la barra, e hice el pedido para que lo llevaran hasta la habitación.
— Buenas noches —saludó una voz un poco familiar, pero no podía registrar al dueño en mi cabeza.
— Buenas noches —respondí volteando para verle.
Imposible, tenía frente a mí al mayor idiota del planeta. En ese preciso momento, estaba a punto de dejar de creer en el destino.
— ¿Ha reflexionado sobre la propuesta que le hice? —inquirió, antes de dar un sorbo al líquido ámbar de su vaso.
— Sí, usted ya la conoce. Supuse que lo había dejado claro.
— Está usted muy hermosa hoy —dijo cambiando de tema, recorriéndome con la mirada. Actuaba un poco sospechoso esta noche.
— Gracias —dije, y también lo recorrí con la mirada. Lo siento, no lo pude evitar.
Vestía un outfit informal, pantalón color caqui muy ceñido y camisa blanca doblada hasta la mitad de su brazo, donde se notaba una musculatura muy bien trabajada. Su piel blanca y labios carnosos (ahí considero, me quedé un buen rato).
Continué detallándolo, ojos azul océano y cabello n***o tupido. No podía negar que “Don Idiota” era atractivo, el hombre más hermoso que he visto en mi vida, como un ángel caído del cielo, o un demonio tal vez.
— ¿Se le perdió uno como yo?
— Sabe que sí. Se me ha perdido un idiota atractivo como la mierda, mandón, egocéntrico, capaz de hacerme correr en sueños. ¿Mencioné que era un idiota? —espeté en su cara. Estaba harta de su rostro perfecto y su arrogancia excesiva.
—¿Está borracha? —preguntó, había asombro en su expresión, o eso me pareció, a estas alturas no sabía que veía ni que decía.
—Sabes una cosa… —le susurré al oído, pegándome demasiado a su cuerpo— estoy feliz, eufórica, ¿quiere saber por qué?
Asintió.
Me separé de él y escalé mi silla para trepar en la barra, así quedaría por encima de su arrogancia que me hacía sentir pequeña.
— Haga el favor de bajar de allí.
— ¡Oh! Ya veo, le teme a las personas que están por encima de usted.
— No veo a nadie por encima de mí en este club —exclamó arrogante con una sonrisa burlona mientras le daba un trago a su bebida.
— Lo que tengo que decirle, se lo diré desde aquí, señor… —a todas estas no me sabía el nombre del idiota— como se llame. Y usted escuchará desde allí —dije apuntando con el índice en dirección a su posición.
Mi actitud había captado la atención de casi todos en el club, al menos los más cercanos a la barra estaban pendientes de nosotros, o quizás solo de mí. ¿Dónde diablos se metía mi amiga cuando la necesitaba? En fin.
Se cruzó de brazos y me observó con atención.
—Bien, quería decirle que no necesito que me dé empleo ni nada por el estilo, ¿sabe por qué? Me han dado el empleo, ese que usted dijo que no conseguiría. Ahora estaré trabajando con un jefe que no es un idiota arrogante. Dudo que usted con esa actitud trate bien a sus empleados, por eso le agradezco a Dios que no tenga que toparme con usted nunca más. Ahora si me disculpa, mis amigos me esperan.
— Hey chica, no quieres hacer un baile de celebración —dijo uno de los clientes cerca de la barra.
— Buena idea. Hey tú —me dirigí al cantinero—. Me pones otra, por favor.
— Ni se te ocurra —le gruñó el idiota.
¿Crees que no puedo bailar sin un trago? Verás lo que soy capaz de hacer.
Comencé a bailar al ritmo de la música del lugar, estaba bastante movida y todo comenzó a dar vueltas a mi alrededor rápidamente. Terminé tropezando con mis propios pies y caí, caí desde la barra, y caí en sus brazos.
Me observaba con exasperación, le devolví la mirada. Odiaba a este hombre desconocido, no solo lo odiaba, también quería matarlo. Él no estaba dispuesto a soltarme. Mis ojos no estaban dispuestos a dejar de recorrer su rostro, que por primera vez estaba muy cerca del mío. Y menos cuando se posaron en sus carnosos labios.
—Bésame —ordené. Y lo hizo, duro y salvaje, devorando mi boca como un león devora a su presa.
— ¡¿Camila?!
Le solté inmediatamente para enfrentar a la inoportuna de mi amiga. Se había perdido toda la jodida noche y había aparecido en el momento más inadecuado.
Mientras nos alejábamos, no puedo evitar echar un vistazo hacia la barra donde se encontraba el susodicho, sexy y apetecible don Idiota. Me encontré con una mirada fija y penetrante por su parte, nos quedamos mirándonos unos pocos segundos, sin apartar la vista el uno del otro, hasta que Natalia consiguió alejarme de allí
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Mi primer día de trabajo llegó. Eran las seis de la mañana cuando Easy on me, de Adele me despertó. Me di una ducha rápida y me apliqué un maquillaje tan sencillo que casi pasaba desapercibido. No podía creer que por fin había llegado el día en que mi vida comenzaba a encaminarse.
Me puse una falda lápiz midi alta de color beige con una camisa blanca y zapatos de tacón alto color carmelita, complementándolo con algunos accesorios a juego. Quería ir con buena apariencia mi primer día, así que este outfit me pareció genial.
En la cocina me encontré con Natalia.
— Buenos días —saludé mientras me servía un vaso de jugo. Ese sería mi único desayuno esta mañana, no quería llegar tarde.
— Buenos días. ¿Estás lista para tu primer día de trabajo? —preguntó.
— Supongo. Espero que el jefe no sea un viejo explotador como el señor Smith y me vaya bien con él.
— Amén. ¿Nos vamos?
Siete y media de la mañana y ya estaba entrando a la que sería mi oficina. Era un desorden total, pero ya lo arreglaría después. En cambio, me puse a revisar los correos del señor Hudson por si había algo que debía conocer antes de que él llegara.
A las ocho en punto estaba tocando a su puerta.
— Adelante —escuché detrás de esta.
Entré y lo vi de espaldas, de pie, frente a un estante con un hermoso diseño lleno de carpetas, parecía estar buscando algo. En esa posición no me parece que sea un viejo, de hecho, se veía como una persona joven y de buen físico.
«Ojalá no sea un lindo Adonis» —pensé.
— Buenos días, señor Hudson. Aquí tiene los documentos del señor Cullen que debe firmar —dije con la voz más dulce y profesional que tenía. Las primeras impresiones siempre son las más importantes y yo estaba orgullosa de haber revisado su agenda antes de que llegara.
Se dio la vuelta para responder y me quedé de piedra. La persona que tenía delante sí era un Adonis, pero no cualquier Adonis, no, sino el que se aparece de la nada cada vez que puede, ese que es un idiota y me hace correr en sueños.