CAMILA
— ¡No te creo! —exclamó Natalia cuando le conté quién era mi jefe.
Me había recogido cerca de la estación y ya estábamos de camino a casa. Quise poner un poco de música por el Bluetooth del auto, no me lo permitió, ella quería enterarse de todo el chisme.
— ¿Entonces cómo fue tu primer día con el «señor idiota» como jefe?
— Nada especial, no tuvimos mucho contacto hoy, por suerte —aseguré, ella me miró entornando los ojos.
— ¿No mencionó nada acerca de la otra noche?
— Gracias a Dios no lo hizo. Sería una total vergüenza —exclamé cubriendo mi cara con ambas manos al recordar cómo me había lanzado sobre él aquella noche en el bar y casi terminamos haciendo algo indebido.
— No me puedes negar que el tipo está para comérselo —me dice alzando las cejas repetidamente.
— Sí que lo está. Pero, se supone que eres mi mejor amiga, ¿cómo se te ocurre dejarme sola tanto tiempo en la barra haciendo locuras? —le reclamé una vez más, recostándome contra el asiento del copiloto.
— Nunca me vas a perdonar, ¿cierto? Sé que no lo haces porque fastidié tu noche con tu ahora jefe, perdón —dijo con sarcasmo.
— ¡Estás, mal de la cabeza! —exclamé— Sabes muy bien cuál es el verdadero motivo. Además, ya te he perdonado, solo te lo recordaré hasta el día que yo lo olvide.
Si es que alguna vez lo logro.
*****
Desperté más temprano de lo normal, ciertamente no logré dormir bien. Me alisté y salí camino a la empresa, como se me había hecho costumbre en esas últimas dos semanas. No debía retrasarme, había logrado llegar a tiempo días atrás y el tipo era extremadamente exigente, incluso, podía llegar a ser un verdadero ogro si algún trabajador llega fuera de horario.
Llevaba dos días recordándome que su socia llegaba hoy de viaje y que había conseguido cerrar dos contratos muy importantes, así que no era difícil imaginar el porqué de tanta insistencia, la carga de trabajo sería grande.
Había pasado por la cafetería cercana a la empresa, aquella donde te daban notitas con frases para subirte el ánimo y recordarte lo increíble que eres. Mi jefe pidió que su café de la mañana fuese expresamente de esa cafetería, supuse que la visitaba a menudo. En cualquier caso, ir a la cafetería antes del trabajo se había convertido en parte de mi rutina, así como quedarme para mí, las notas de su café.
El primer día le había llevado una muy mona acerca de lo increíble que sería día, simplemente la arrojo al latón de basura sin siquiera leerla. Me sentí decepcionada porque el chico de la cafetería me había dejado escogerla yo misma.
Saludé a la chica de cabello rizo y ojos esmeraldas de recepción antes de subir al elevador. Allí, me encontré con la rubia arrogante que acompañaba a Ethan la noche en que le conocí. Lucía elegante y profesional, aunque yo ya sabía a que atenerme con esta chica. Y no me defraudó, comenzó a mirarme con desdén a través del espejo del elevador.
—¿Nos conocemos? —preguntó.
— No lo creo, señorita.
No iba a decirle que ya la conocía y, esperaba que nunca se enterara de que me había lanzado borracha a los brazos de su novio. No necesitaba un drama en estos momentos, menos aún, perder este empleo, que es todo lo que necesito para llevar a cabo mis planes.
Nos bajamos en la planta número quince y como era de esperar íbamos en la misma dirección.
— ¿Me estás siguiendo? —se detuvo súbitamente delante de mí, haciendo que casi derramara el líquido oscuro en mis manos.
— Para nada, señorita.
Continuó la marcha, entrando al despacho del señor Hudson, mientras yo, iba hacia mi propio puesto para dejar las cosas antes de entrar a la cueva del lobo.
Entré luego de pedir permiso, no quería presenciar un momento incómodo. Mi jefe estaba metido de lleno en el computador mientras la rubia se encontraba sentada frente a él, teniendo una conversación coqueta… con el viento. Él, no le estaba prestando ni pizca de atención.
—Buenos días. Aquí está su café señor Hudson —dije colocándolo sobre el escritorio.
— La Maison du Cafe. ¿Desde cuándo tomas café de esta cafetería Ethan?
— Desde que así lo decidí —exclamó para mi sorpresa.
La chica torció los ojos en desagrado, aunque no dijo nada. ¿Cómo puede tratar a su novia de esa manera? No me había equivocado, Ethan Hudson era un verdadero idiota.
— Mirna esta es Camila, mi nueva asistente. Será mejor que le pases todo el trabajo que has traído, ella se encargará de entregármelo, no hay necesidad de que vengas.
—Pero Ethan, no nos hemos visto en dos semanas, quiero…
—Ya me has escuchado.
—Está bien —concordó con resignación.
Así que, no solo era su novia, sino también su socia. Ni siquiera fue capaz de presentarnos formalmente.
Una hora más tarde, hasta que sonó el intercomunicador de mi oficina y escuché la voz de mi jefe.
— Necesito que se presente en mi despacho, en este instante —ordenó, el hecho de que utilice la palabra «necesito» no lo convierte en una petición.
Puse los ojos en blanco solo de escuchar su tono de voz, hoy parecía estar de mal humor. ¿Ni siquiera pudo dar los buenos días? Fui hasta su despacho, toqué a la puerta, pero no le di tiempo de responder. Se hallaba inclinado sobre la mesa, apoyado sobre la palma de sus manos y la cabeza caída, algo no andaba bien.
— Diga señor Hudson.
— Prepare un nuevo contrato para el señor Cullen, haga una propuesta que no pueda rechazar. Tiene una hora para terminarlo.
— ¡Madre del cielo! ¿Una hora?
— ¿Tiene algún problema con eso? —inquirió con tono gélido.
Me volteó a ver y, me percaté entonces, que lo había dicho en voz alta. Yo y mi boca sin filtro. Pero que puedo hacer, este hombre me está retando, ya sé, quiere despedirme.
— No, señor, no hay ningún problema —intenté mantenerme serena, aunque su mirada no hacía más que ponerme nerviosa.
— ¿Entonces qué espera?
Abrí la boca para decirle que no hay necesidad de ser tan prepotente al dar una orden, pero, la cerré de golpe.
— ¿Puedo preguntar por qué necesitamos un nuevo contrato? —mantuvo su mirada en mí, estudiándome, pero no respondió—. Pregunto para que podamos hacer una buena oferta, basándonos en el problema —añadí.
— El señor Cullen ha decidido cancelar nuestro contrato, ha encontrado un nuevo proveedor con una mejor oferta, incluso está dispuesto a pagar el monto de la cancelación del contrato —bufó.
— ¿Estamos desesperados? —inquirí nuevamente.
— No, pero no podemos darnos el lujo de perder un cliente como el señor Cullen ahora mismo.
— De acuerdo.
Entré a mi oficina, pensando en una estrategia para mejorar el contrato del Señor Cullen, en lugar de crear uno nuevo, lo cual requería más tiempo. Para ello, llamé a uno de nuestros abogados, en una hora no podríamos diseñar un nuevo contrato. Entonces, tras un reencuentro al pasado, se nos ocurrió una idea y consultamos con el jefe para obtener su aprobación.
Solo faltaban diez minutos para las once, así que imprimí y coloqué los documentos dentro de la carpeta.
— ¿Lista? —preguntó el señor Hudson desde la puerta de mi oficina, haciéndome sobresaltar al escuchar su voz.
— Sí señor.
Cuando llegamos al estacionamiento noté un increíble Mercedes-Benz de color n***o mate, lo acaricié con la mano. El n***o es un color que me encanta, y si era mate, aún más. ¿Existe algo más hermoso que esto? Lo dudo.
Estaba ensimismada admirando su belleza cuando sentí que alguien se colocaba detrás de mí susurrándome al oído.
— ¿Te gusta? —las imágenes de aquel sueño aparecieron de repente en mi cabeza, haciendo que un calor intenso recorriera mis mejillas.
¿Será que algún día logro olvidarlo?
— Es muy bonito —le dije, mientras las luces del auto titilaban frente a mí.
Miré a todos lados buscando al dueño, pero él movió su mano delante de mi rostro, sosteniendo las llaves con el logo del auto. Rodeé los ojos, quien más si no él, sería el dueño de semejante auto. Aunque en la empresa la paga era muy buena, solo los altos ejecutivos podrían comprar un auto como ese. Este en particular costaba una fortuna.
Abrió la puerta del copiloto para mí. Al menos podía ser un caballero de vez en cuando.
— ¿Va a conducir usted? ¿Dónde está Ronald?
— Eso pretendo—me dijo con un tono voz neutro mientras lo prendía.
Llegamos a un restaurante de comida francesa, la recepcionista nos atendió muy amablemente, sin quitarle los ojos de encima a Ethan, por supuesto. Nos condujo hacia un salón con una decoración acogedora, allí localizamos a nuestro cliente, sentado en una de las mesas al lado del gran ventanal de cristal.
— Buenos días, señor Cullen —le saludé antes que mi señor jefe, extendiendo mi mano.
— Buenos días, señorita… —saludó finalmente, haciendo una pausa, para recordar mi nombre.
— Lebrón, mi nombre es Camila Lebrón señor, secretaria y asistente personal del señor Hudson —le dije con una sonrisa. Como si me encantara trabajar con él. Aunque, dado que la paga era extremadamente buena, no me podía quejar.
Reprimí el intento de poner los ojos en blanco, ya que ambos me observaban.
— Encantado de conocerla personalmente, señorita Lebrón.
Terminamos con la parte pesada del asunto: los saludos; a mi jefe, particularmente, le encantaría ahorrarlos de vez en cuando. Luego de que el camarero tomó nuestra orden, Ethan rompió el silencio diciendo con una expresión seria en su rostro:
— Vamos al grano señor Cullen, le traemos una nueva propuesta para que continúe siendo nuestro cliente —me miró e hizo un gesto con la cabeza, señal que debía pasarle la carpeta con el nuevo contrato.
— Ya he acordado fecha para la firma del contrato con mi nuevo proveedor. Lo siento, Señor Hudson —dijo el nuestro cliente repentinamente.
Vi cómo el rostro de Ethan se contrajo, con una expresión de total disgusto.
— Cancélelo —exigió él, sin perder la compostura —estoy seguro de que su nuevo proveedor no le va a hacer una oferta tan interesante como la nuestra.
— ¿Tan desesperado está por conservarme, señor Hudson? Me alaga —dijo el otro hombre, sentado frente a mí, abriendo la carpeta en sus manos.
— No sueñe, señor Cullen. Como dicen por ahí, más vale viejo conocido —aseguró mi jefe con una sonrisa falsa, intentando no perder la calma. A pesar de ello, pude notar los músculos de su mandíbula en tensión. Nuestro cliente se estaba poniendo un tanto, difícil.
— La oferta que el señor Edward le ha hecho, al ofrecerle la misma cantidad de productos que nosotros, con un descuento del diez por ciento, es sin dudas una excelente oferta, teniendo en cuenta nuestro antiguo contrato —intervine, captando la atención de ambos señores en la mesa.
Crucé una pierna sobre la otra diplomáticamente y me acomodé en mi lugar.
— En cambio, no es tan buena como la que le estamos ofreciendo en estos momentos, señor Cullen —hice una pausa para verle a los ojos, tuvo la intención de decir algo, pero no se lo permití—. Además, nada le garantiza que sus productos sean de mejor calidad que los nuestros, productos que usted y sus clientes ya conocen.
— ¿Cómo sabe usted toda esa información señorita Lebrón?
— Tengo buenos contactos —me limité a decir—. El asunto importante acá, es que le estamos ofreciendo exclusividad, al ser usted el primero en sacar a la venta nuestro más reciente producto, por favor revise el contrato exhaustivamente —le invité.
— Así lo haré.
— ¿Me permite hacerle una pregunta, señor Cullen? —dije y él asintió— ¿Había compartido información usted sobre nuestro antiguo contrato, con el señor Edward o alguien de su empresa?
— De ninguna manera, señorita —expresó un poco indignado.
— No es que desconfiemos de usted, el señor Hudson sabe que usted no haría tal cosa, solo queremos corroborar.
Luego de haber leído el contrato, y discutidos ciertos puntos clave, el señor Cullen decidió firmar con nosotros la renovación del contrato.
Solté una sonora exhalación al salir del restaurante, esa había sido fácil. Saqué el móvil del bolso para mandarle un mensaje de agradecimiento a Liam. Había escuchado una conversación entre su padre y el señor Edward dónde mencionaba el nombre del nuestro cliente, nos lo había mencionado en la cena un par de noches atrás, no porque estuviese al tanto de los asuntos de la empresa, había surgido espontáneamente durante la plática.
Comencé a sospechar de él en cuanto mi jefe me comentó lo que sucedía y empecé a atar cabos, así que lo llamé esta mañana para confirmar mis sospechas. Efectivamente, el señor Edward le comentaba a su padre que se convertiría en el nuevo proveedor de uno de los clientes más importantes de Hudson Vineyard y que este había ido hasta él por su propia voluntad. Sospechaba que alguien dentro de la empresa estaba filtrando información. Y no quería estar en sus zapatos cuando mi jefe diera con el culpable.
Ethan me tomó del brazo y me condujo hacia un rincón apartado.
— ¿Cómo sabía usted sobre el señor Edward, señorita Lebrón? —cuestionó, observándome fijamente, con esos ojos azul océano que había estado evitando durante dos semanas. «Ya estás perdida» —gritó mi subconsciente.
— Me te… temo que tenemos un informante. En sus ojos. Quiero decir en la empresa —tartamudeé sin apartar la mirada.
— ¿Qué ha dicho?
Puse los ojos en blanco.
— ¿Me acaba de rodar los ojos, señorita? —dijo, haciendo caso omiso de mi metedura de pata.
Dio un paso hacia mí y retrocedí, chocando con una pared. Me tomó de la barbilla, haciendo que recuperara el contacto visual.
—No se atreva a poner los ojos en blanco delante de mí una vez más.
Arrogante.