Lydie salió con Farah a hablar con algunos de los chicos que habían estado ese día; les pidió a cinco de ellos que las esperaran en la blanca casa de Farah, tres preguntaron si Lydie estaría allí, pues no querían tratar con la Rebelde, Farah les dijo que no estaría cerca pero los chicos dudaron y declinaron; los otros dos se sentían muy derrotados, muy tristes para forzar sus mentes al recuerdo de Adel desangrándose en el suelo, así que no podían ni querían hablar al respecto.
Toda la tarde del domingo fue así, muchos aceptaban hablar con Farah, hasta que Lydie aparecía, las personas se quedaban calladas y eso le frustraba. Lydie apretaba los puños cuando notaba el recelo con el que la miraban los demonios del clan al pasar por las calles de la comunidad. Había convivido por años con el rechazo, pero esta vez le dolía porque venía de personas con las que se sentía feliz, venía de las personas que la ayudaron a ser parte de algo que ella siempre había deseado tener.
Ni el hecho de haber nacido del pecado más bajo lograba que la mirarán como lo hacían en aquel momento, trató de mantener su expresión seria pero el desdén con el que la estaban tratando le empezó a causar incomodidad. ¿A eso se refería Larisa cuando dijo que no la dejaría vivir tranquila? Maldijo por lo bajo al volver a recordar esa tarde antes de irse, suficiente tuvo con revivir en su cabeza ese momento mientras seguía en la habitación esperando su juicio.
— Farah, creo que lo ideal sería que yo no estuviera mientras conversas con... Toda persona que me mire con odio, supongo.
Lydie no se sentía derrotada, pero si triste a causa del rechazo. Aún sin estar presente, sabía que podía contar con Farah para dar con más detalles. Lo más mínimo que cualquiera hubiera notado era un paso para avanzar hacia una solución... Aunque no sabía claramente cómo solventar una muerte.
— Yo... — Suspiró. — Está bien, Lyd, haré todo lo posible por dar con más información. Sé que alguien ayudará. Te estaré escribiendo cada cosa que me digan, o lo grabaré para que sea más fácil. ¿Bien?
— Bien. — Dijo Lydie a duras penas.
"¿Por qué Adel?" Se preguntaba Lydie a medida que avanzaba hacia su casa, prefirió irse y comer algo más. "¿Para obtener el libro?"
Si hubiera muerto Farah, la habrían igualmente acusado a ella, ¿cierto? Lydie era la Rebelde tratando de encajar en un ambiente con reglas y leyes, muchos creían que ella nunca se iba a adaptar a la cotidianidad de un clan y menos del Clan Deamonium. Cualquier error se le podría atribuir a ella, ¿por qué no una muerte?
Su mente divagaba, no tenía ganas de entrar a su palacio mental pues no encontraría nada allí en su imaginación, necesitaba hechos reales, algo que, al verlo, le daría las demás respuestas... Al verlo... Al ver...
Ver.
Escondida.
Adel.
Nadie le prestaba atención para ese punto, nadie notaría sí se asomaba a la casa de los Jefes en esa tarde, ¿o sí? Cuando salió de la casa, vio a los hombres de Kir caminar hacia una habitación que tenía la puerta abierta y la poca luz que entraba por una ventana significaba que, tal vez, tendrían a Adel en un espacio cerrado y tranquilo para que su cuerpo cediera a las cenizas. No lo podían tener en un sótano, el olor sería terrible y el poco aire no le permitiría al cuerpo descomponerse rápidamente.
Lydie no lo dudó más, se devolvió caminando con fingida tranquilidad hacia la casa de los Jefes, pero dio la vuelta por detrás de la calle para entrar desde el patio trasero, era más camino por recorrer pero el riesgo lo valía todo para ella en ese instante. El sol estaba empezando a caer, y la luz dorada cubría la casa blanca, con los marcos de la ventana rojos bastante llamativos.
Se asomó por la primera ventana, una cocina bonita y sencilla se abría paso en ese espacio pero no era lo que le interesaba. Lydie corrió con sigilo mirando hacia los lados, llegó a la segunda ventana que estaba casi cerca del frente de la casa... Tenía una cortina, gruesa y gris, que le dejaba ver un poco hacia adentro por una pequeña rendija entre la pared y la cortina. Acercó más su rostro a la ventana, vio algo al fondo de la habitación, era un bulto grande sobre una mesa contra la pared. ¿Adel? Podría ser.
Se iba a arrepentir pero intentarlo era mejor que nada en medio del caos: probó subir la ventana. ¡No tenía seguro! Se apoyó contra el marco para impulsarse y subir con cuidado, la madera crujió un poco pero nadie la notaba.
Sus pasos fueron cuidadosos, miró hacia la puerta y estaba cerrada sin rastros de magia. Puede que ya no la estuvieran vigilando o se habían tomado un descanso. Se acercó al bulto, efectivamente era Adel.
El corazón de Lydie se estrujó, jamás imaginó volver a tener esa sensación. Había perdido algo que ella quería honestamente. Su amigo estaba gris, su piel humana se empezó a recoger como una gran tela quemada y poco a poco se mostraba el cuerpo demoníaco. Su piel Seele era hermosa, aunque ya estaba gris en varias zonas, se lograba apreciar el tono canela con la poca luz que entraba a la habitación.
Quiso acercar sus dedos al rostro de Adel, pero se contuvo. Nada bueno podría pasar si lo tocaba.
Examinó el cuerpo con cuidado, detallando cada surco en su piel. Acercó su rostro un poco hacia el costado derecho, un corte profundo se abría a la altura de su corazón humano. "¿Humanos atacando a Adel?" No, él podía combatir cazadores con sólo una mano. Vio que sus puños estaban un poco hinchados y cortados, "se defendió" pensó Lydie. Dio pelea, pero en su costado izquierdo, continuando hacia la espalda, había una mordedura.
"¿Caníbales? Pero..." volteo hacia la puerta, se escuchaban voces desde afuera discutiendo. Se alejaron, tragó saliva y se inclinó más cerca para detallar la mordedura. Era una mordedura profunda, existía la posibilidad de que le hubiera roto algunas costillas, debajo de la sangre seca se podía apreciar el intento del caníbal de jalar sus carnes, pero sólo había logrado presionarlo. Volvió a ver las manos de Adel, quiso voltearlas pero no encontraba con qué.
Caminó por la habitación, la poca luz le dificultaba divisar con detalle el espacio en el que se encontraba y sintió por un momento que la habitación era realmente grande. Se acercó a la ventana por la que había entrado y levantó con cuidado la cortina, aún entraba luz dorada del sol, miró hacia afuera y no había nadie por allí.
Cuando volteó nuevamente a la habitación, pudo ver mejor a Adel, su cuerpo desnudo inerte sobre la mesa le causó escalofríos. Sintió una ligera punzada en el pecho al ver su rostro, “pero ¿qué podría haber hecho yo para salvarte?” se preguntó con pesimismo, suspiró y siguió buscando en la habitación algún libro con el que pudiera mover las manos de Adel. A pesar de lo pequeño, estaba bien divido el espacio, Adel se encontraba hacia el fondo cerca de la pared derecha. Había un escritorio en la pared contraria, una silla giratoria de cuero marrón y detrás de esta, habían dos estanterías con un cuadro de una pintura un poco oscura; una biblioteca del lado izquierdo, con muchas repisas, al menos las primeras seis estaban llenas de libros de diversos tamaños, las repisas inferiores tenían unos pequeños cofres y adornos muy particulares de cristal, había una copa de plata y una daga con gemas brillantes. La puerta de madera estaba cerrada y la luz del pasillo se veía por la rendija inferior, no había sombras que indicaran que alguien vigilara el cuarto desde afuera.
Se acercó a la biblioteca, y pensó bien qué tomar para mover el cuerpo de su amigo con cuidado. En el escritorio había unos papeles, una libreta abierta y un lapicero sobre ella. Se acercó a la libreta por curiosidad, tomó su celular y desbloqueó la pantalla para iluminar un poco el papel; Lydie trató de no mover la silla ni un ápice, pero quería leer la libreta con más comodidad.
Se inclinó lo suficiente y colocó el celular a una distancia prudente, la pantalla no tenía mucho brillo para evitar que se viera fuera del cuarto la intensidad de la luz. La libreta tenía diversas anotaciones, pero una lista llamó su atención:
Mortarium Kudya Munthu, hechizo de RM. > Noche, 6.
Mortarium Memoriae, hechizo CM. > Noche, 3.
Mortarium Seele, hechizo de CN. > Tarde, 3.
Sal, fuego, ceniza.
- ¿Qué…? – Susurró Lydie, sin creer lo que estaba viendo. Se irguió como pudo, sin notar que estaba temblando.
Volvió rápidamente a la biblioteca, tomó la daga y se acercó al cuerpo, levantó la mano, iluminó un poco con su teléfono y allí estaba algo que no esperaba. El corazón le retumbaba en todo el pecho. Enfocó mejor sus ojos, susurró un ligero hechizo para adaptar sus ojos y ver con mayor claridad sus dedos… “¿Por qué…?” se preguntó Lydie, no lograba concentrarse y sentía que iba a vomitar el corazón en ese mismo momento por la misma rabia que surgía en su interior.
Dejó caer la mano con cuidado, acomodándola tal como la había encontrado. Se acercó a la herida del costado y olfateó: había salivas mezcladas y hechizadas en la mordedura. Sabían que no iban a matar a Adel así de simple con una mordedura, que no sería fácil para ellos y lo previnieron, con trampas. La magia para enfrentar a un enemigo era típico, pero sólo en los demonios débiles o cuando sabían a quién se enfrentaban y no podrían derrotar ni con la mejor estrategia. Los demonios débiles tenían hechizos simples, pero allí había más de un hechizo; no era sólo para aumentar la fuerza en la mordida y crear una gran hemorragia, era para envenenar su cuerpo haciendo así que se desorientara por completo.
Aquello no era un simple ataque, aquello no era culpar a Lydie… ¿Hechizos de cada Mortarium? “No, por un demonio que no harían eso.” Consideró Lydie, mientras se apoyaba contra la ventana, con la daga colgando en una mano y el celular contra el pecho.
Pero, ¿qué podía saber ella realmente de todo eso? No tenía idea, no podía conectar los puntos por una simple suposición. La vida no era tan simple, menos lo sería para ella.
Volvió a escuchar pasos.
- ¡Señorita Umay! – La voz de un hombre la llamaba.
- ¿Sí? – Los pasos se detuvieron. Lydie entendió con eso que la rubia se dirigía a esa habitación.
Colocó la daga en la mejor posición que se le ocurrió, respiró profundo y se apoyó en el marco de la ventana, pasó una pierna, acomodó la cortina con leves jalones pasó la cabeza por debajo de la ventana, estando ya apoyada en la parte de afuera, sacó la otra pierna rápidamente. Volvió a escuchar las voces acercándose al cuarto. Bajó la ventana, sus latidos le hacían vibrar todo el cuerpo.
Se agachó lo mejor que pudo y se pegó contra la pared de la casa, la puerta se abrió y cerró en un segundo.
Lydie no quiso quedarse ni un segundo para arriesgarse más, camino con cuidado pues el cielo empezaba a oscurecer y temía tropezar por los mismos nervios que la dominaban en ese instante.
Quería llamar a Farah cuando la casa de los Jefes desapareció de su visión y caminaba por la misma calle en la que había ido a buscar a su amiga, pero no encontraba en su cabeza una explicación lógica de qué demonios había ido a buscar en casa de los Jefes, menos sabría qué decir acerca de las anotaciones en la libreta. Miró su teléfono, las 7 de la noche. ¿Llamar a su amiga u organizar sus ideas? Necesitaba recostarse en ese momento, ¡y comer! Debía calmarse antes de decir cualquier cosa.
La libreta tenía las cantidades exactas para los hechizos y los ingredientes, tachones y borrones sobre algunas palabras en la hoja que vio. ¿Adel contaba como parte del rito? Lo que ella recordaba para hacer aquel acto monstruoso le hizo sentir mal. “Ceniza”, ¿cenizas de demonio? Sacudió su cabeza rechazando esa idea totalmente. No, no, ¡no harían algo así con él!
Y volvió a ella la misma idea: ¿qué sabía realmente de lo que eran capaces? Ya habían matado a Adel, ya tenían un Mortarium. ¿Qué o quién podría detenerlos?
Crear Criaturas Noctas… No. Eso no podía ser posible.