EL ALTAR DE LAS MENTIRAS
El olor a lirios blancos y rosas rojas saturaba el aire del Gran Salón de Luna Llena. Centenares de velas aromáticas proyectaban sombras danzantes sobre las paredes de piedra antigua, creando un ambiente que en teoría debería ser romántico, sagrado, perfecto. En teoría.
Isla estaba radiante en su vestido de novia tradicional de seda plateada y encaje lunar, la tela fluyendo como agua derretida desde sus hombros desnudos. Flores de lirio entrelazadas en su cabello n***o azabache, corona de plata en la frente. Sus ojos dorados brillaban con la felicidad de una joven que creía, realmente creía, que estaba a punto de vivir el cuento de hadas que todas las lobas esperaban.
La ceremonia de unión era lo más sagrado en el mundo de los licántropos. El vínculo de compañero —mate bond— no era solo un contrato social. Era una conexión mágica ancestral, una conexión que unía dos almas, dos cuerpos, dos destinos para toda la eternidad. El Espíritu de Luna Llena mismo bendecía la unión, tejiendo la magia a través de sangre, hueso y corazón.
Isla había esperado este día desde que tenía diez años.
Aiden Blackthorn, el Alfa de la Manada Luna Llena, estaba radiante a su lado. Rubio, musculoso, con esos ojos azules que la habían cautivado años atrás cuando eran solo adolescentes. Había sido el príncipe de todos los sueños, el hombre que prometió amarla, protegerla, construir un imperio con ella. Su uniforme formal de Alfa —túnica negra adornada con símbolos dorados de poder— resplandecía bajo las velas.
A su lado, el Sacerdote Antiguo, con su capa de púrpura y su bastón de hueso lunar, recitaba la ceremonia en la lengua vieja del Reino Lunar, palabras de poder que habían sido sussurradas en uniones durante milenios.
—Yo ato a estos dos espíritus bajo la bendición de la Luna Madre —cantaba el Sacerdote, su voz resonando en el silencio reverente de cientos de testigos—. Alfa de Luna Llena y Reina Designada, uníos ahora en el vínculo sagrado que ningún poder terrenal puede romper…
Isla sentía las lágrimas de felicidad bajando por sus mejillas. Su mano temblaba dentro de la de Aiden, quien le sonreía con ternura. En el público, su madre lloraba de alegría. El Consejo de Alfas observaba, asintiendo con aprobación. Este era el momento que definiría el resto de su vida.
El Sacerdote extendió sus manos sobre sus cabezas, y Isla sintió la magia lunar activarse. Era cálida, dorada, hermosa. La magia del vínculo comenzaba a tejerse, invisible pero innegablemente real. Podía sentirlo conectándose en su pecho, en su alma, en cada célula de su ser.
Estaba cerca. El vínculo casi estaba completo. Una vez que compartieran sangre, una vez que el lazo se sellara, serían uno para siempre.
Isla levantó la vista hacia Aiden para ese momento perfecto, ese beso que sellaría todo.
Y vio miedo en sus ojos.
No era miedo normal. Era… repugnancia. Asco. Rechazo visceral.
—Espera —dijo Aiden de pronto, su voz cortando la magia como un cuchillo.
El silencio que siguió fue absoluto. El Sacerdote congeló sus manos sobre sus cabezas. Cientos de ojos se clavaron en el Alfa.
—¿Alfa Aiden? —preguntó el Sacerdote, confundido—. El vínculo está casi completo. Solo falta el—
—Lo sé —interrumpió Aiden, apartando su mano de la de Isla como si quemara.
Isla sintió como si su corazón se hubiera detenido. Algo estaba mal. Terriblemente mal.
—Aiden, ¿qué está pasando? —susurró Isla, su voz temblando, intentando entender.
Él ni siquiera la miró. Sus ojos dorados brillaban con… ¿odio?
—Tengo algo que revelar —anunció Aiden, su voz clara y fuerte, dirigida al salón entero—. Ante este Consejo de Alfas y la bendición de la Luna Madre, denuncio este vínculo.
El caos estalló.
Las voces se elevaron en el salón. Algunos Alfas se pusieron de pie. Otros murmuraban con incredulidad. Era completamente inaudito romper un vínculo a esta altura de la ceremonia. No era solo un escándalo social; romper un vínculo incompleto causaba un dolor físico atroz a ambas partes, un dolor que podía dejar marcas eternas en el alma.
—Aiden… —Isla extendió su mano hacia él, asustada—. ¿Qué está sucediendo?
Y entonces, del lado del salón, una mujer se puso de pie.
Sophia Nightwhisper.
Isla la reconoció al instante. Era la Directora de Guardias de Luna Llena, una mujer hermosa con cabello largo color castaño oscuro. Isla había confiado en ella. Habían bromeado juntas, entrenado juntas, compartido secretos. Habían sido amigas, o eso creía Isla.
Sophia avanzó hacia el altar con la cabeza en alto, una expresión de falsa compasión en su rostro.
—Estoy aquí para testificar —declaró Sophia, su voz clara y envenenada— la infidelidad de la novia.
El mundo de Isla se desmoralizó.
—¿Qué? —susurró, sintiéndose como si estuviera en una pesadilla—. Eso no es… Sophia, ¿qué estás haciendo?
Sophia no le respondió. En lugar de eso, se dirigió al Consejo.
—Esta muchacha —señaló a Isla con desprecio— ha estado durmiendo con el Guardián Silvestre del territorio septentrional durante los últimos tres meses. He visto el acta de sus encuentros clandestinos. He visto las marcas de vínculo temporal en su cuello. He hablado con él personalmente.
Isla abrió la boca para protestar, pero estaba paralizada. Era una mentira, una mentira colosal, pero ¿quién lo creería? Los vuelcos de la política de manadas no permitían debate cuando una testigo de tal posición lo afirmaba tan públicamente.
Uno de los Alfas se levantó. Era el Viejo Morgan, Alfa de las Montañas de Piedra, una figura de poder inmenso.
—¿Presentas pruebas, guardiana? —preguntó Morgan, con una voz que temblaba de furia.
—Las presentaré ante el Consejo en privado —respondió Sophia—. Pero por ahora, pido que el vínculo sea roto. Esta manada no puede ser deshonrada por una novia infiel.
—¡Eso es mentira! —gritó Isla finalmente, su voz rompiéndose—. ¡Aiden, dile que es una mentira! ¡Dile que te amo! ¡Dile que esto es falso!
Aiden la miró finalmente. Y en sus ojos, Isla vio la confirmación del engaño más profundo.
Él sabía que era mentira. Y le importaba un maldito demonio.
De hecho, parecía… aliviado.
—Lo siento, Isla —dijo con una voz que no sonaba arrepentida en lo más mínimo—. Pero mi padre y yo hemos llegado a un acuerdo de negocios diferente. Este matrimonio ya no sirve a nuestros intereses políticos.
Isla sintió como si le hubieran clavado un puñal en el pecho. Fue entonces cuando comprendió la verdadera magnitud de la traición. Esto no era un error. No era un conflicto de pasión. Esto era premeditado. Calculado. Brutal.
El Sacerdote levantó su bastón.
—Entonces, por el poder investido en mí por la Luna Madre, rompo este vínculo de compañero, aún incompleto, bajo circunstancias de infidelidad comprobada —declaró solemnemente.
—¡No! —gritó Isla, moviendo hacia Aiden—. ¡Aiden, por favor! ¡Yo no he hecho nada!
Pero antes de que pudiera llegar a él, sintió la magia romperse.
No era como romper un cristal. Era como arrancar un alma en dos.
El vínculo incompleto, que había estado creciendo dentro de ella, que ya había comenzado a tejer sus mágicas cintas alrededor de su corazón, fue desgarrado con una violencia interna que la tiró de rodillas. Isla gritó, un sonido primitivo de anguish puro, mientras la magia lunar que la conectaba a Aiden se quemaba como fuego líquido en sus venas.
Su cuerpo se convulsionaba. La sangre le bajaba por la nariz. Su poder lobo, confundido por la ruptura abrupta, intentaba sacar su forma animal pero no podía completar la transformación, atrapada entre dos estados.
Isla se derrumbó en el suelo de mármol del altar, gritando.
Su madre intentó correr hacia ella desde la audiencia, pero Alfas más cercanos la detuvieron.
—Alguien, ¡ayuden a la señorita! —gritó alguien desde el público, pero la mayoría estaba en silencio, observando con una mezcla de horror y morbosa fascinación.
Isla, con los ojos llorosos, intentó levantarse. Su vestido blanco ya estaba manchado con sangre de su nariz, su boca. Pero lo que fue peor fue ver a Aiden girar y alejarse de ella sin una sola palabra de consuelo, sin una mirada atrás. Simplemente se fue, como si ella no importara.
Y Sophia sonrió.
Una sonrisa fría, victoriosa, malévola.
En ese momento, Isla supo que todo había terminado. No solo su matrimonio. Su vida. Su posición. Su futuro. Todo había sido una mentira cuidadosamente orquestada.
El Consejo se reunió brevemente entre susurros. El Viejo Morgan se dirigió a Isla con una expresión que era a la vez compasiva e implacable.
—Isla Moonwhisper, has sido encontrada culpable de romper las leyes sagradas del vínculo de compañero. Tu castigo es el destierro. Tienes una hora para recoger tus cosas antes de ser expulsada de Luna Llena. Y por tu crimen contra la honra de un Alfa Real, serás desterrada también de todos los territorios de manadas civilizadas. Ningún Alfa ofrecerá cobijo. Ningún lobo te reconocerá como m*****o de una manada.
Isla alzó los ojos.
—Pero no hice nada —susurró—. Sabes que no…
—La evidencia ha sido presentada —respondió Morgan—. El vínculo ha sido roto. La ceremonia, arruinada. No hay nada más que discutir.
Guardias de Luna Llena —algunos de los que ella había entrenado, había creído que eran sus amigos— la levantaron bruscamente de los brazos. Isla estaba demasiado débil por la ruptura mágica del vínculo para resistirse.
Fue entonces cuando comenzó el verdadero horror.
La llevaron a través del Gran Salón mientras cientos de ojos la seguían. Escuchó los susurros, las burlas disimuladas. Vio a su madre desmayarse. Vio a su padre intentando defender su honor, siendo silenciado. Vio a amigas que le daban la espalda, como si su deshonra fuera contagiosa.
La arrojaron fuera del Castillo de Luna Llena.
Era de noche. Una tormenta eléctrica se avecinaba, las nubes grises en el cielo como un presagio apocalíptico. El viento ya soplaba con furia, levantando hojas y polvo.
Los guardias la empujaron hacia el Bosque Prohibido, la región salvaje al norte del territorio de Luna Llena, donde los antiguos hechizos aún hacían que fuera peligroso incluso para los licántropos experimentados.
—Hora de irte, novia rechazada —burlóse uno de los guardias, alguien que Isla no reconocía—. O quizás deberías esperar a que los demonios del bosque te encuentren.
Fue arrojada al barro. Su vestido de novia blanco se rasgó. Sus flores de lirio cayeron al suelo embarrado. Isla intentó levantarse, pero sus piernas no respondían. El dolor del vínculo roto aún atravesaba su cuerpo en olas de sufrimiento.
—¡Por favor! —gritó hacia los guardias—. ¡Esto es un error! ¡Sophia mintió!
Pero los guardias solo cerraron la puerta del castillo detrás de ella.
Y entonces Isla estuvo sola.
La lluvia comenzó a caer, fría y penetrante. El viento ululaba a través de los árboles del Bosque Prohibido, llevando con él olores antiguos y peligrosos. Isla se arrastró hacia uno de los árboles más cercanos, temblando no solo por el frío sino por la agonía del rechazo mágico.
Su poder lobo era caótico dentro de ella. Por lo general, una loba podía mantener una línea clara entre su forma humana y su forma de lobo. Pero cuando un vínculo de compañero era roto violentamente, esa línea se borraba. Isla sentía su forma de lobo rasguñando bajo su piel, intentando salir, intentando transformarse, pero el dolor la mantenía atrapada entre estados.
Lloró. Sollozó hasta que no pudo más.
Había sido humillada frente a cientos de personas. Había sido abandonada por el hombre que supuestamente la amaba. Había sido traicionada por su amiga. Y ahora estaba sola en un bosque peligroso, en tormenta, desterrada de toda civilización lobo.
Mientras el frío se apoderaba de ella y sus fuerzas se desvanecían, Isla se preguntó si moriría aquí. Si su cuerpo sería encontrado en días, semanas. Si alguien lloraría por ella.
Probablemente no.
La lluvia se volvió más pesada. El trueno retumbaba en el cielo. Isla apenas podía mantenerse consciente, acurrucada bajo el árbol, tiritando, sangrando.
Y entonces.
A través de la tormenta, a través del sonido del viento y la lluvia y el trueno, Isla escuchó un sonido diferente.
Patas en el barro. Grandes. Poderosas.
¿Un depredador? ¿Un demonio del Bosque Prohibido?
Isla levantó sus ojos.
Y vio dos puntos de luz roja brillante cortando la oscuridad como flechas de fuego. Dos ojos rojos incandescentes que pertenecían a una forma masiva, oscura, amenazante que emergía de las sombras de los árboles más profundos.
Era una bestia.
Un lobo. Pero no era un lobo normal. Incluso en su forma bestial, Isla podía sentir el poder que irradiaba de él. Poder antiguo. Poder que hacía que el aire alrededor de esa criatura se distorsionara como si estuviera cerca de fuego.
Isla, en su debilidad, en su dolor absoluto, no pudo ni gritar. Solo podía mirar mientras los ojos rojos se acercaban.
Mientras la bestia saltaba del bosque hacia ella.
Mientras todo se volvía n***o.