El estruendo de la batalla reverberó a través de la Fortaleza de las Sombras como el latido del corazón de una bestia colosal.
Isla se quedó en la cama, escuchando, temblando. Los gritos de guerreros entrechocaban con el sonido de magia siendo desatada. Explosiones de energía que hacían que el polvo cayera del techo. El rugido inconfundible de una forma de lobo, múltiple, violento.
Cerró los ojos e intentó bloquear los sonidos.
Pero no podía. Su cuerpo estaba demasiado sintonizado, demasiado sensible después del trauma del vínculo roto. Cada sonido de batalla se sentía como una aguja atravesando sus nervios.
La ruptura del vínculo.
Isla se forzó a enfrentar el tema que había evitado durante las últimas horas. Mientras yacía en la cama, recuperándose, su mente había estado volando en pánico, saltando de una crisis a otra. Pero ahora, en la quietud de su miedo, el dolor de la ruptura emergió en toda su terrible claridad.
Había planeado pasar toda su vida conectada a Aiden. La magia del vínculo de compañero se suponía que era la cosa más hermosa que una loba podía experimentar. Era el sentimiento de estar completa, de ser uno con tu otra mitad, de tener a alguien que literalmente compartía tu alma.
Isla lo había anhelado desde niña.
Y duró treinta segundos.
Fue peor que morir. La muerte era una cosa única, un evento aislado. Pero romper un vínculo de compañero—especialmente uno que había comenzado a tejerse—era un duelo perpetuo. Era estar conectada a alguien y luego tener esa conexión arrancada. Era sentir la ausencia de lo que debería haber sido para siempre.
Isla sintió un dolor en el pecho, una sensación de vacío que no podía ser llenado. Su poder lobo estaba confundido, herido, fuera de sincronía. Normalmente, un lobo podía transformarse en segundos. Pero el trauma del vínculo roto había dañado la conexión entre su forma humana y su forma bestial. Cada vez que intentaba transformarse, o incluso accedía a su poder de lobo, era como si estuviera sangrando internamente.
Una de las razones por las que Valerius la había dejado sola, presumiblemente, era porque Isla era físicamente incapaz de ayudar en una batalla.
Otro golpe ensordecedor sacudió las paredes.
Isla se cubrió la cabeza con las manos.
¿Quién estaba atacando? ¿Y por qué? ¿Habían venido por ella? ¿Sabían que Aiden’s padre la había desterrado? ¿Querían terminar el trabajo?
De repente, escuchó pasos en el pasillo afuera de su puerta.
No eran los pasos poderosos y seguros de Valerius. Eran más ligeros, rápidos, furtivos. Múltiples personas.
Isla congeló.
La puerta se abrió.
Un hombre entró—no era un soldado de Valerius. Llevaba las insignias de… Isla parpadeó, tratando de comprender. Esas marcas. Ese símbolo.
Eran de la Manada Luna Llena.
—¡Ahí está! —gritó el hombre.
Tres guerreros de Luna Llena irrumpieron en la habitación, sus armas desenvainadas, sus ojos de lobo brillando con el color amarillo del combate.
Isla gritó.
—¡Alfa Valerius! ¡¡VALERIUS!!
Uno de los guerreros se lanzó hacia la cama.
Pero antes de que pudiera llegar a Isla, algo cambió en el aire.
La temperatura bajó treinta grados en un segundo. El fuego en la chimenea se volvió de color azul profundo. Cada símbolo grabado en las paredes de la habitación se iluminó en una línea de fuego rojo.
Y luego Valerius estaba allí.
No caminó. No trotó. Simplemente aparición en el marco de la puerta, aunque Isla no tenía idea de cómo se había movido tan rápido. Su pecho desnudo estaba cubierto de sangre—no toda suya, judging por el olor y la ausencia de heridas visibles. Sus cabellos volaban alrededor de su rostro como si estuviera en medio de una tormenta.
Sus ojos rojos brillaban con una furia que no era humana.
—¿QUÉ. ESTÁS. HACIENDO? —rugió Valerius, su voz resonando con capas de poder que hizo que Isla sintiera que sus huesos vibraban.
El guerrero que se lanzaba hacia Isla se congeló, aterrorizado.
Valerius se movió.
Era demasiado rápido para que Isla lo siguiera. Un momento estaba en la puerta, el siguiente estaba pisoteando a través del torso del guerrero con un pie descalzo, con el poder de tales proporciones que el hombre fue atravesado como papel mojado. Su sangre salpicó las paredes.
Los otros dos guerreros intentaron atacar.
Valerius simplemente levantó su mano, y la magia roja explotó de él como una onda de choque. Los dos hombres fueron arrojados hacia atrás violentamente, sus cuerpos destrozados cuando golpearon las paredes de piedra.
El silencio se instaló.
Valerius estaba respirando pesadamente, sus ojos aún ardiendo rojo como carbones en fuego. Miró a los tres cuerpos ahora sin vida, luego miró a Isla.
Su expresión cambió instantáneamente.
La furia se desvaneció, reemplazada por algo que parecía preocupación pura.
—¿Te lastimaron? —preguntó, acercándose a la cama con cuidado, como si acercarse a un animal asustado.
Isla estaba demasiado en shock para hablar. Acababa de ver a tres hombres adultos ser asesinados como insectos en cuestión de segundos. Y Valerius ni siquiera estaba respirando con dificultad.
—Isla. Respóndeme. ¿Te lastimaron? —preguntó nuevamente, más urgente.
—N-No —tartamudeó Isla—. No, yo… están muertos. Los mataste.
—Sí —respondió Valerius simplemente, como si discutiera el clima—. Eran de Luna Llena. Vinieron por ti.
—¿Cómo? ¿Cómo sabían que estaba aquí? —preguntó Isla, asustada.
Valerius se sentó en la cama nuevamente, más cuidadoso esta vez, como si temiera que ella correría. Levantó su mano hacia su rostro, pero se detuvo, probablemente notando que sus dedos estaban cubiertos de sangre.
—Eso es lo que estoy tratando de descubrir —dijo, su voz oscureciendo—. Alguien en mi territorio los ayudó. Un traidor. Porque no hay otra forma de que hubieran penetrado tan profundamente en la Fortaleza sin que lo notara.
Isla sintió un frío recorrer su columna vertebral.
—¿Qué quieren de mí? —preguntó—. ¿Quieren terminar lo que comenzaron?
—Probablemente —respondió Valerius, su tono casual en contraste con sus palabras aterradoras—. Aiden no puede permitirse dejar viva una novia desterrada. Si regresas y presionabas sobre la infidelidad, si demostraras que fue una mentira… los daría a todos. A Henrik, a Sophia, a toda la Manada Luna Llena.
—¿Entonces estoy en prisión aquí? —preguntó Isla, su voz quebrándose—. ¿Atrapada de todos modos?
Valerius la miró, y por un momento, Isla vio algo en esos ojos rojos que le hizo contener el aliento. Fue como si estuviera mirando a través de capas, viendo algo que ella misma no podía ver.
—No estás en prisión —dijo Valerius suavemente—. Estás bajo mi protección. Y bajo mi protección, nadie—nadie—te hará daño.
Se levantó y caminó a la ventana, mirando hacia el túnel subterráneo.
—Debo volver a la batalla. Hay más de ellos arriba, y mis hombres están presionados. Pero esta vez, déjame sellar la puerta con magia. No podrán entrar sin mí.
—¿Y si fallo? —preguntó Isla—. ¿Y si el traidor llega a ti?
Valerius se giró, una sonrisa sangrienta en su rostro.
—Entonces ningún poder en la tierra evitará que reduzca Luna Llena a cenizas —respondió simplemente.
Y luego desapareció, literalmente desapareciendo en una nube de sombra y fuego rojo.
Isla escuchó cómo la puerta se sellaba mágicamente, una sensación de poder tejiendo un hechizo alrededor del marco.
Luego, el caos de la batalla comenzó de nuevo.
Pero esta vez, Isla podía oír la diferencia. Donde antes había sido una lucha equilibrada, ahora era un m******e. Gritos de agonía, rugidos de lobo, explosiones de magia sin límites. Valerius estaba desatando el poder que había contenido antes.
Isla se abrazó a sí misma, temblando.
En el lapso de un día, su vida había pasado de una fantasía de cuento de hadas a una pesadilla apocalíptica. Había sido traicionada, humillada, desterrada, rescatada por un extraño poderoso, y ahora estaba siendo cazada por los mismos hombres que la habían rechazado.
Pero lo más perturbador era que no podía dejar de pensar en Valerius.
La forma en que sus ojos se volvieron tiernos cuando preguntó si estaba lastimada. La forma en que declaró que nadie la haría daño bajo su protección. La forma en que habló de reducir toda una manada a cenizas si fuera necesario.
Era como si algo hubiera despertado en él cuando la vio en la tormenta.
Isla levantó su mano, mirando la marca en su cuello donde debería haber estado la marca de Aiden. En su lugar, solo había piel herida y dolorida.
Pero mientras se tocaba la piel, sintió algo.
Una sensación. Una calidez. Una presencia que no estaba completamente allí, pero casi.
Como si algo intentara conectarse con ella, pero estuviera esperando permiso.
Isla retiró su mano, asustada.
¿Qué estaba pasando? ¿Qué le estaba haciendo Valerius?
Y lo más aterrador de todo: ¿Por qué parte de ella no estaba completamente en contra de ello?
Mientras Isla grappled con sus pensamientos confundidos, en los pasillos de la Fortaleza de las Sombras, Valerius estaba en medio de una carnicería.
Había al menos cincuenta guerreros de Luna Llena dentro de las paredes de su Fortaleza. Todos estaban muertos o moribundos. Sus cuerpos decoraban el piso de mármol del Gran Salón, una evidencia de la ferocidad de un Alfa Real completamente desatado.
Su lugarteniente, el Comandante Kael, se acercó, su uniforme cubierto de sangre.
—Señor, hemos identificado al traidor —informó Kael, su voz firme a pesar de la carnicería alrededor de ellos.
—¿Quién? —preguntó Valerius, su voz aún vibrante con poder contenido.
—El Guardián Secundario Marius. Fue visto ayudando a los atacantes a penetrar la Fortaleza. Parece que Luna Llena tenía oro y promesas de poder para ofrecerle.
Valerius cerró los ojos.
Marius. Había servido en la Fortaleza durante ocho años. Era un soldado competente, respetado.
—¿Dónde está ahora? —preguntó.
—Intentó escapar cuando vio que la batalla se perdería. Lo tenemos en los calabozos inferiores.
Valerius asintió, su mandíbula apretándose.
—Llévalo al Salón de Piedra. Lo interrogaremos en la mañana. Por ahora, quiero que refuerces la guardia alrededor de… —hizo una pausa, deliberadamente no diciendo el nombre.
Pero Kael ya lo había entendido. Sus ojos se ensancharon ligeramente.
—Señor, ¿la mujer? ¿Realmente es…?
—Suficiente —interrumpió Valerius—. Nadie habla de ella. Nadie la ve. Nadie sabe que está aquí. ¿Entiendes?
—Sí, Señor —respondió Kael, pero sus ojos brillaban con preguntas no formuladas.
Valerius se giró para marcharse, pero se detuvo.
—Kael, una cosa más. Si alguien intenta llegar a ella nuevamente… —sus ojos se volvieron completamente rojos, sin iris, sin blanco, solo llamas rojas puras—. Los dejo enteramente a tu discreción. Pero sugiero un nivel de crueldad que incluso yo encontraría bastante impresionante.
—Entendido, Señor —respondió Kael, un escalofrío en su voz.
Valerius lanzó su poder mágico, limpiando la sangre de su cuerpo. La ropa se materializó sobre su piel—pantalones negros, una túnica de batalla de cuero.
Luego, con pasos decididos, caminó de regreso a la habitación donde Isla estaba esperando.
Porque le debía una explicación.
Y porque si no veía que estuviera viva, viva y segura, en los próximos cinco minutos, destruiría algo.
Posiblemente toda la dirección norte.