En ese momento, todos los recuerdos de las cosas que sufrí me avasallaron, pero no dolieron, solo me provocaron más rabia, más sed de venganza y ganas de acabar con ellos, en especial con el que inicio la tragedia que se hacía llamar mi vida. Me levanté del sofá, fui a mi recamara y rebusqué en mi guardarropa. Era momento de dejar a la santa, de usar el armamento de la diosa que era y demostrarles a todos que ya no podían conmigo. Saqué el vestido más precioso que miré ahí, provocativo y llamativo. También saqué lencería chula, por si aquella noche sucedía algo más que una simple noche de diversión. —Hoy saldremos, nos divertiremos y disfrutaremos— Dije, podría estar furiosa, quizá en el fondo demasiado triste y desdichada, pero entonces sonreía como si fuera hija de lucifer. Y es que n

