OCHO MESES ANTES
Sus manos recorrían mi cuerpo llevándome a los pensamientos más lujuriosos y sugerentes a los que jamás le di rienda suelta. Un suspiro fue evocado por la profundidad de mis cuerdas vocales al sentir su lengua rozar esa perlita roja que me encantaba estimular cuando me masturbaba yo sola. Un dedo, luego dos, luego tres hicieron que un gemido surgiera de mi boca e intentara levantarme para ver lo que me hacía, pero me mantuvo acostada presionando una de sus manos en mis senos.
Él era muy guapo, muy exquisito y hacía hace un tiempo que le tenía ganas, y cuando me propuso esto no me pude negar a una noche de placer con el chico más sexi de la universidad.
Éramos mejores amigos, teníamos una amistad de casi seis años y siempre había sido así, hasta ese momento en que las cosas cambiaron. Primero comenzó como una propuesta inocente de fotitos con poca ropa, después me confesó que desde hace tres años comenzó a tener una atracción hacia mi persona, no como un enamoramiento, era ese tipo de atracción en la que deseas su cuerpo, sus deseos más profundos, era, en pocas palabras, una atracción s****l. Y, aunque quise negarlo, en el fondo a mí también me atraía de esa forma. Quería besarlo, recorrer su ejercitado cuerpo con mis propias manos y sentir la dureza de la que tanto había escuchado hablar.
Y, honestamente ¿Quién no se sentiría atraída por él?
Se podía decir que era un hombre con toda la extensión de la palabra, se ejercitaba lo suficiente como para tener una complexión fuerte y de lavadero. Tenía aquella mezcla de miel y verde en su mirada que te prometía convertirte en la pecadora más grande del mundo y luego estaba su sonrisa ¡Oh, qué sonrisa tan más perversa y sugestiva! Era, de todas las que antes había visto en otros hombres, la sonrisa más cautivante que una vez vi. Y por último, los rasgos de su rostro eran tan definidos, que podrías ver la cara de un Ken y compararlo con este.
Jorel Leighton era pecados, perversidad, un mar de lujuria y placer... era el sueño de toda chica que haya leído algún libro de erótico.
Y sobre todo, tenía una belleza tan cegadora y engañosa que nunca podrías descubrir qué es lo que trama o quiere de ti en realidad.
Jorel sacó los dedos y los chupó uno a uno, disfrutando mi sabor.
—Sabes deliciosa— Dijo, su mirada estaba entornada en mis labios. Colocó su peso sobre sus antebrazos y, después de un largo rato contemplándome, se enfocó en devorar mis labios como si estuviera ansioso, desesperado por probarlos de vuelta.
Detuvo el beso y pude sentir como una de sus manos atracaba mi seno derecho con una brusquedad intensa y ardiente. Otro gemido surgió de mi boca, esta vez siendo más ruidoso que el otro y llevándome a temer porque se pudiera escuchar hasta la habitación conjunta a esta.
Mi piel ardía ante su tacto, mis ojos se oscurecían cada vez más, volviéndolos tan negros que el café de estos se escondía tras el iris n***o y cuando menos lo esperé, su miembro se introducía embravecido en mi entrada, llenándome completamente de él y de su ferviente pasión.
—¿Te gusta?— Preguntó y yo solo pude asentir sin encontrar ni un pequeño decibel para responderle como se debía. —Vamos, pequeña, encuentra tu voz.
fue más duro y rápido al estocarme, esperando que contestara verbalmente y a cómo pude, gimiendo y balbuceando, le contesté que me encantaba. Era el mejor sexo que había tenido en toda mi existencia, y apenas tenía diecinueve años de edad, pero ya había tenido bastante experiencia sintiendo este tipo de placer.... placeres que me enloquecían.
Jadeaba sintiéndolo en mi interior, sintiendo ese calor que me brindaba en aquellas embestidas tan deliciosas y placenteras. Abracé su espalda estremeciéndome porque sentía que ya me venía, en el momento exacto en que salió de mí y sus dedos me estimularon con la misma rudeza en que me cogía, exploté sin más, gritando como una maldita ninfómana.
Y, entonces, mis fluidos se mezclaron con los de él en mi interior. No me moleste en decirle algo, en primer lugar, yo había querido que fuera sin globito y en segundo, estaba teniendo las contracciones que me hacían semicomvulsionar por el gran orgasmo que me dio su faro.
Jorel sacó su erección de mí sexo y lo pasó por mi clítoris, embarrándolo de nuestros fluidos. sin más, tomé equilibrio y me hinqué sobre la cama, atraje su miembro a mis tetas y comencé a frotarlo, buscando endurecerlo otra vez. Use ambas para estimularlo, bombeándolo de arriba hacia abajo. Él gruñía y gemía mientras lo hacía, de un momento a otro, aun estimulándolo con mis tetas, lamí el glande siendo morbosa y viéndolo a los ojos con un atisbo de sonrisa perversa en esta.
—Sigue, chúpala, así— Gimió, vi cuando tomó su móvil y como lo acomodaba para tomarme una foto mientras se lo chupaba, nunca me imaginé lo que sucedería después, ni siquiera me importaba en ese momento, solo quería disfrutar el momento que los dos teníamos entonces.
Cuando conseguí que se viniera encima de mí, pasé un dedo por el valle de mis senos y lo lamí como una sucia mujer, disfrutándolo tal cual como si fuera el dulce de leche en mis tortitas.
Tragué saliva y me dispuse a levantarme, sin siquiera cubrirme en lo absoluto. Jorel miraba la foto que me había tomado sonriente, luego, cuando estuve cerca, enredé mis brazos sobre su cuello y acaricié su cabello en esa posición, enredándolo sobre mis dedos y halando de él.
—¿Por qué nunca hicimos esto?— pregunté y después, besé sus labios con dulzura.
Debía admitirlo, pese a las dos veces anteriores en que había entregado todo de mí, mi amor y mi alma, seguía siendo la misma chica empedernida, sentimental y, diría yo, que débil.
Había cometido tantos errores en mi vida y sentía que lo que sucedió entre Jorel y yo era uno, uno del que no me arrepentiría más tarde, pero entonces, llegan esos momentos en que las cosas nunca salen como creen que saldrán y terminan jodiendo a quienes solo se dejaron llevar por el momento.
Después de aquella noche, Jorel se desapareció de mi vida. No me hablaba, no me testeaba ni daba signos de vida. Cuando entraba a su contacto, o su Messenger lo miraba conectado, sin embargo, no parecía querer comunicarse conmigo y muchas veces llegué a preguntarme si quizá se debía a lo que hicimos días atrás, pero quería creer que no se trataba de nada malo y que después me hablaría y explicaría sus razones.
Colocando el bolso en mi hombro, me alejé de la mesa en la estaba con algunas chicas de mi facultad y fui directamente hasta un dispensador de bebidas por una, introduje una esterlina y segundos después me incliné para tomarla, pero al hacerlo, sentí el roce de una mano sobre mi trasero y un estremecimiento tomó mi cuerpo completamente.
Me levanté encarando a la persona que se había atrevido a tocarme. Era uno de esos chicos pervertidos que se la pasaban de fiestas en fiestas y pasaban las materias a base de sobornos y amenazas.
—¡Maldito gilipollas!— Expresé ciertamente encolerizada. Azoté mi palma contra su mejilla, lo que provocó que mi mano quedara marcada en su piel clara.
—A parte de puta, brava— Sonrió con sorna tomándose ese lado de la cara. —Vaya, pensé que no tendría que rogarte para meterte la verga como lo hizo Jorel.
En ese momento, mi corazón latió al escuchar sus palabras, dejándome helada, sorprendida e incrédula ¿De qué hablaba? Él no... ¿Por qué me haría algo así?
Entonces, a mi memoria llegó el recuerdo de las miradas morbosas, burlescas, de aquellas miradas juzgadoras que la gente me echaba desde hace una semana y lo entendí todo, lo entendí tarde, pero lo hice y me di cuenta que el mundo está lleno de personas falsas, mentirosas y malas como para hacerle este tipo de cosas a alguien que no te ha hecho ningún daño.
—¿De qué carajos hablas?— Quise saber, aun cuando tenía una idea de lo que me decía.
—¿No lo sabes?— El chico volteó a ver a sus amigos, fue entonces, que me di cuenta de que siempre habían estado ahí, detrás de él, burlándose de mí como si fuera su puerquito —¿Cómo ven? La zorrita no sabe que su video s****l corre por todo internet...
ACTUALIDAD
Los truenos comenzaban a escucharse desde hacía más de una hora, la lluvia comenzó varias atrás y el denso frío acompañaba mi noche del sábado acobijada con una manta de seda demasiado calientita.
—Eres una estúpida— Dije mientras miraba el televisor y mordía mi sándwich. —Te lo dije una y otra vez y tú vas de mensa y te enamoras de él... sí que eres una tonta.
Okay... sé que puede parecer que era una loca total por estar hablando así con el televisor, pero no lo soy, o no lo era... comúnmente solía hacerlo cuando me adentraba mucho en la trama de una película o serie. Era ridículo, hasta yo lo sabía, pero me era imposible contenerme.
—Si le sigues hablando así al televisor tendré que llamar a un loquero.— La voz repentina hizo que alejara mi sándwich al cual le había vuelto a dar una mordida, para después voltear ligeramente la cabeza y captar a la persona que había hablado.
Al principio pensé que realmente me estaba volviendo loca y comenzaba a escuchar voces imaginarias, pero mi susto cesó en cuanto los ojos oscuros y grandes de Call se encontraron con los míos.
Call era un chico súper buena onda, después de que sucedió lo que sucedió hace ocho meses, él fue el único que me apoyó y no me juzgó por mis errores. Eso era lo malo de la gente, que uno mira los errores de los demás, los juzga sin saber y después, cuando son ellos los que los cometen, quieren que lo olvidemos y sigamos como si nada.
Call fue tan buena persona conmigo que, cuando le dije que ya no soportaba vivir en casa de mi madre, me ofreció vivir en un apartamento que había comprado, pero que no utilizaba porque su novia Konny y él se habían mudado juntos a una residencia cerca de la facultad, así que me ofreció este departamento... pero no se equivoquen, no lo acepté como un regalo, aun cuando él me lo daba de tal manera, no podía aprovecharme mucho de su generosidad, por eso le pagaba una renta cada fin de mes.
—¿Qué haces aquí?— Fruncí el ceño no entendiendo su razón de estar aquí.
—Me peleé con Konny, ella está con eso de querer que conozca a sus padres, pero yo no quiero— Sonreí compasiva, los hombres siempre temen a conocer a los padres de sus novias porque seguramente creen que ya los comprometemos a quedarse con nosotras. —¿Puedes creerlo? Solo llevamos medio año juntos...
—Llevan dos y medio, Call— Le corregí queriendo reírme de él. —Creo que deberías ir, ella te quiere y desea que su relación pase a otro nivel, ¿Por qué no hacerlo?
Por un momento me puse a pensar en eso, uno —ya sea hombre o mujer—, siempre tendrá ese deseo cuando su amor es de verdad, cuando no tiene malas intenciones con su pareja, sin embargo, es cierto que muchas veces por el miedo del qué pensarán los padres de nuestra pareja, o por él mismo miedo al compromiso, nos negamos a dar el siguiente paso.
Pero yo no debía preocuparme por eso, no salía con ningún chico, ni siquiera chica, no quería ni anhelaba una relación en mi vida porque siempre te joden hasta dejarte sin nada; sin amor propio, sin vida social, sin una familia...
—Porque me da miedo— Confesó lo que ya presentía.
Call se deshizo de su suéter dejando que en el proceso su camisa se alzara y me permitiera ver su torso marcado. Eran detalles pequeños los que me hacían recordar el suceso que terminó arruinándome como persona y causándome unas lastimosas e insoportables ganas de llorar y sí, era tonto ponerme así solo por ver un torso ejercitado, pero era inevitable.
Me volví hacia el televisor y mordí nuevamente mi sándwich con la intención de llenar ese vacío que sentía cada que lo recordaba. Ya eran ocho meses, ya lloré mucho y aun cuando me decía a mí misma que no debería seguir haciéndolo, seguía y seguía.
Antes de que todo se volviera trizas, yo ya me sentía perdida, desahuciada. Muchas veces quise morirme e intenté acabar con mi existencia porque había tantas cosas en mi pasado que ardían, que me quemaban y me torturaban noche tras noche sintiendo esa conmiseración por mí misma.
El cuerpo de Call recayó sobre el sofá haciendo que se hundiera un poco. Nada aquí era lujo, pero servía muy bien para sobrevivir y era acogedor, me gustaba que pudiera sentirme en casa ahí mismo sin necesidad de tener que ir a ese lugar en el cual todo era lágrimas, dolor, sufrimiento, una intensa oscuridad que me mantenía inmersa en pensamientos negativos.
—¿Todavía duele?— Preguntó él, su mirada al igual que la mía permanecía en la tv.
—Cada segundo que respiro— Contesté, poco a poco mis ojos se cerraron y suspiré dejándome ver acongojada.
—Sanarás. Todos siempre sanamos, una herida no permanece abierta por mucho tiempo, cicatrizan dejando una historia por contar.— Lo escuché mientras lágrimas brotaban de mis ojos, mientras volvía a destrozarme en compañía del único amigo fiel que he tenido en toda mi existencia.
Recuerdos de la infancia me avasallaron, los de la adolescencia, cuando solía ir al parque de Hempstead junto a papá, cuando solía reír a carcajadas con mis primos y mi hermano...
No quería lo que cualquier muchacha de mi edad quisiera tener; yo no quería un novio, mucho dinero y amigos por montón. Yo quería felicidad, porque comprendí que, sin la felicidad, uno jamás podrá vivir en paz.
Estaba harta, agotada y hastiada de seguir viviendo de esa manera, tan triste, tan desdichada. Nunca me había gustado llorar frente a nadie, pero luego estaba Call, ese chico de veintidós años que me brindaba la seguridad que no sentía desde mis diez años. Era de esos chicos con los cuales podías soltarte libremente y sabías que no se burlaría, ni usaría tu estado desdichado para aprovecharse de ti... Call era mejor que Kelyan, o Jorel, o quizá, mejor que el maldito y asqueroso Ryan Rosso.
Y aun por más que me haya demostrado ser leal y un buen amigo, mi doloroso pasado me obligaba a desconfiar de todos, incluso de quién me había tendido su mano para ayudarme con honestidad.
Las lágrimas seguían cayendo una tras otra, me ardían los ojos, mis labios no dejaban de temblar, mientras que mi corazón latía frenéticamente con todos los recuerdos que me golpearon al instante. Preguntas y preguntas pasaban por mi cabeza, queriendo encontrar la razón de porqué me pasaba todo eso a mí, qué era lo que debía pagar o por quién estaba pagando la sentencia que lanzaron sobre mí, como si hubiese cometido algún pecado.
No merecía lo que me hicieron de niña, no merecía que mi padre se fuera, ni que me rompieran en mil pedazos como lo hicieron las personas con las que confíe ciegamente... Pero el problema con la vida es que, no importa quién eres, que haces o como te comportas, la vida es injusta con los que son inocentes, con aquellas personas que pretenden ser alegres y dar alegría a todos. Así es, y así será siempre, porque, como decía mi mamá: "La vida te pone obstáculos para hacerte fuerte y aprender a vivir realmente."
La noche voló más rápido de lo que imaginé, ni siquiera me di cuenta que me había quedado dormida, hasta que al día siguiente desperté con la cabeza recostada en el hombro de mi amigo y con una manta sobre mi cuerpo. Call dormía tranquilamente, pero parecía que esa posición le iba a pesar en cuanto despertara.
Procuré no molestarlo al momento de levantarme, después de hacerlo me dirigí a la cocina para preparar un café cargado, necesitaba cafeína para despertarme y poder llevar el día. Pese a ser domingo, no iba a poder descansar, pues debía entregar unas estadísticas y un informe elaborado sobre cómo crear mi propia empresa y acerca de cuánto gastaría por los materiales que se usarán en la misma.
Mientras bebía el cálido líquido, observé la pantalla de mi móvil. Mi hermano nunca dejaba de decirme que era una vergüenza para la familia y que, aparte de ser una puta barata, no servía para nada. Dolía eso, claro que me dolía, y cuando vi su último mensaje, me dije a mi misma que no volvería a llorar por lo que me hicieron.
El mundo está lleno de personas prejuiciosas, de quienes solo hablan por hablar, sin saber la realidad de lo sucedido y en ese acto, afectan a quienes no tienen la culpa de nada, a sujetos que solo confiaron y por lo mismo, terminaron deshechos, destruidos por la estúpida y asquerosa decisión destructiva de alguien más.
Pensar en ello me apretaba el corazón y odié que, pese a ya ser ocho meses de eso, siguiera sufriendo las consecuencias.
Odiaba a Jorel, odiaba haber estado tan vulnerable como para permitirle a él, meterse entre mis bragas. Si tan solo me hubiesen dicho antes que terminaría hecha pedazos por quien consideraba un mejor amigo, alguien confiable y honesto, jamás hubiera terminado así.... Bueno ¿A quién trataba de engañar? Si me lo hubieran dicho, si alguien se hubiera acercado a decírmelo, no le hubiera creído, porque estaba ciega, confundida por la personalidad engañosa de un mentiroso que no se tentó el corazón a la hora de lastimarme.