Capítulo 2

3278 Words
LIAM HARRISON. El sonido insoportable de mi móvil hizo que me quejara mientras que una de las dos chicas pelinegras chupaba mi polla. Una de mis manos la tomó del cabello, removiendo el mismo para que no estorbase al chupar y lo apuñé haciendo mi cabeza hacia atrás, disfrutando la mamada de esa puta. Traté de ignorar el celular para seguir con lo mío. La otra pelinegra de piel oscura y cabello ondulado gateó hasta llegar a mí y sostener mi barbilla con sus finas manos, marcando sus largos dedos sobre esta con dureza, segundos después, sus labios sabor a cerezas me besaban con la fiereza de una tigresa. Hice a un lado a la mujer que estaba prendida de mi falo e hice que la que me besaba quedara acostada sobre la cama, dejándome apreciar su piel morena y exquisita. Coloqué mi peso sobre ambos brazos y comencé a deslizar mi lengua desde su cuello hasta sus tetas, las saboreé entre magreos que la hacían gemir y jadear como una loca. Los sonidos guturales de ella fueron ahogados por los labios de la otra pelinegra. Me ponían los tríos, y aún más las mujeres dispuestas a cualquier práctica s****l. Verlas besarse, acariciar sus cuerpos o saborear sus coños era más que extasiante, pero mi momento de placer se fue al carajo cuando el sonido del pomo siendo movido se escuchó desde afuera. Maldije en mi interior, alejándome de ambas mujeres en cuanto la puerta se abrió y me mostró al responsable de interrumpirme en un momento como este. —Fuera— Ordenó mi hermano, apuntando la salida. —¿Por qué, en lugar de correrlas, no te nos unes y te follas a una?— Le recomendé, pero Jaden solo me observó decepcionado. Era lo mismo de siempre, mi hermano desaprobaba todo lo que hacía, se creía mejor que yo en la vida y todo el tiempo pretendía hacer como si no hubiera sido él el que me dio el ejemplo para convertirme en un mujeriego descontrolado. Después de todo, había sido él, quién me dijo que disfrutara de mi juventud... Okay, debía admitir que ya habían pasado cuatro años desde que me lo dijo, pero no me importaba ni quería pretender que lo hacía. Volteé a ver a las dos mujeres que aun esperaban en mi cama, pacientes y sedientas de más, no necesité pronunciar ninguna palabra para que se fueran de una vez por todas. Tomaron su ropa y salieron corriendo de la habitación, dejándome a solas con mi hermano mayor. Saqué un bóxer de mi cajonera y me lo deslicé por mis piernas hasta tapar mi miembro, sin importar estar frente a él. —Deberías ser menos aburrido, Jaden— dije con una sonrisa de sorna. —¿A qué se debe esta visita tan repentina y molesta? —Liam, son las siete de la mañana, demasiado temprano para tener un trío y demasiado tarde para llegar a la empresa... —La noche anterior te dejé muy en claro que no iría a verle la cara a Adrien ¿No te quedó claro?— Contesté molestándome con solo mencionarlo a él. —No me interesa colocarme en la vicepresidencia, prefiero que me chupen la polla esas putas a presentarme a la basura de empresa de ese hombre. —¿Cuándo entenderás que no tuvo la culpa?— Espetó, ciertamente hastiado. —Alejarte de la familia no traerá cosas buenas a tu vida. Padre solo quiere que madures de una vez por todas y salgas de ese maldito circulo vicioso. —Lo que quiera o no quiera él, me lo paso por el orto... —Solo serán un par de horas— Suspiró el pelinegro. —Vamos, no me hagas quedar mal con el consejo. Me troné el cuello y los dedos, no me costaba decirle que sí, que estaba bien, pero mi orgullo era más grande que yo, sin embargo, terminé aceptando. —Bien, iré— Dije al fin. Salimos de aquel cuarto, mientras él se dirigía a la salida, yo tomé mi chaqueta de cuero y la deslicé por mis brazos cubriéndome de las frías mañanas en New York. Una vez fuera del edificio, espere a que mi hermano subiera a su auto para subir al mío y arrancar. Me era más fácil hacerle creer que iría a esa maldita empresa, qué negarme y tener que estar escuchando sus sermones de hermano mayor, pero lo cierto era que, no iba a entrar a ese edificio y tampoco lo iba a seguir. Tenía cosas más importantes que hacer, pero antes, necesitaba ver a Tatiana y aclararle unos puntos que comenzaba a detestar de ella. Mis ojos se encontraron así mismos por el retrovisor seriamente. Yo era la oveja negra de la familia, pero, quizás no como otros tantos. No era un fiasco de persona, no me jodían a mí, no era un fracasado que no podía ni conseguirse un trabajo. Posiblemente, era el tipo de oveja negra que otros quisieran ser. Tenía mi herencia, ganaba una fortuna solo por tener mi apellido y más de cincuenta millones de seguidores en todas mis r************* , era un hombre con muchas influencias en el mundo. Quienes me conocían, pretendían hacerlo de verdad, pero no conocían el fondo del chico estrella, solo conocían lo que yo quería que conocieran. Era de quienes pensaban que, si les demuestras lo que llevas dentro de ti, la gente se aprovechará de ello y te querrá demoler con tus defectos y debilidades, por eso me encargue de no tener ninguna debilidad, ningún pequeño defecto que pudiera darles ventajas contra mí. Perdí de vista el auto de mi hermano, aceleré el auto y di la vuelta para dirigirme a casa de Tatiana. Aun con conseguía comprender la razón del porqué seguía con ella, es decir, no era ese tipo de hombre al que le gustara tener a una sola chica, menos, de los que duraban años con una en específico, solo que Tatiana tenía sus estrategias para engatusarte y no me convenía terminar con ella, pues nuestra relación estaba en el ojo de la farándula y detestaba tanto chismes y rumores sobre mí. Bajé del auto acomodando mi chaqueta y luego me planté frente a la puerta de aquella casa moderna. La estructura era alta, de tres pisos, elegante e impetuosa. Cualquiera que viniera a visitar a Tatiana quedaría de boca abierta, considerando que no fuera parte de la sociedad alta. Sus padres eran unos famosos empresarios, socios de Harrison Industries la empresa a la que tanto le he huido y por la que mi padre y mi hermano dan la vida. Conocí a Tatiana en un evento privado de Adrien, me pareció atractiva e hice uso de mi labia y encanto para llevarla a la cama. Toqué el timbre y esperé a que abrieran, momentos después, la mujer del servicio me abrió la puerta dedicándome una sonrisa enorme. Tenía efecto hasta en las doñas, le guiñé un ojo siguiéndole el rollo y me adentré en el hall de esa casa. —¿Está Tatiana?— Pregunté. —Amm— Dudó en responder, así que alcé una ceja inquisidora para que continuara, pero no hizo falta que me respondiera nada. El sonido de una risa fina y grácil me confirmó que estaba en casa, subí las escaleras, evitando a la mujer que intentaba detenerme, pero el hecho de que lo hiciera solo me provocaba querer subir y descubrir porque su sirvienta trataba de que no lo hiciera. Recorrí el oscuro pasillo que era iluminado solo por luces led en color azul, hasta dar con el lugar del que provenía su risa. Era el gimnasio personal de ella, y mi cara debió ser un asco al ser testigo de lo que pasaba ahí adentro. Por unos segundos me quedé totalmente inmóvil, quizás parecía un idiota quedándome quieto y dejando que siguiera haciendo aquello. Me hubiera importado poco que follara con otro, incluso yo me habría atrevido a hacer un trio, pero aquella persona no era cualquier hombre. Finalmente reaccioné en el instante en que los ojos verdes de Tatiana me captaron y fui capaz de apuñar mis manos dejando correr la ira por mis venas, envenenándome de coraje, de ese sentimiento que me era inevitable ocultar. Me fui contra ambos, aventé a un lado a la rubia sin darme cuenta de que se golpeó contra algunas de las máquinas y embravecido comencé a moler a golpes a ese imbécil. No veía, no analizaba ni sopesaba nada, estaba hecho una furia, lo único que pasaba por mi cabeza era matarlo con mis propias manos. No me sentía celoso ni mucho menos me afectaba que ella me hubiera engañado, en realidad, mi reacción se debía a la persona con la que lo hizo. Lo odiaba demasiado, intentó arruinarme más en el pasado, pero estaba pendejo si creía que permitiría que se repitiera lo mismo de antes. —¡Basta!— Gritó Tatiana, tratando de interponerse entre nosotros. —¡Déjalo en paz, Liam! Lo estas matando... —Eso quiero— Increpé con voz pesada y arrastrada. El moreno, pese a tener los dientes ensangrentados y a estar hecho mierda, sonrió como un loco disfrutando de los golpes, como si con eso fuese a conseguir algo bueno y solo al darme cuenta de que podría hacer en contra mía, alejé mis manos de su cuello y me aparté. —Cobarde— Vociferó queriendo provocarme. —eres un cobarde... lo has sido toda tu miserable vida. —No te equivoques, Ward, llamarle cobarde a alguien que puede arrancarte la cabeza no ha sido lo mejor que has hecho.— No fue un comentario cualquiera, había una amenaza escondida y él lo sabía. —Si por dejarte vivo soy un cobarde, entonces tú, por creer que puedes desafiarme y darte de valiente, eres solo un insulso imbécil sin cojones para atacarme directamente. Eso lo dejó callado, y por mi parte, después de dedicarle una mirada inexpresiva a Tatiana, me retiré azotando la puerta de aquel gimnasio Subí a mi deportivo y salí de ese condominio como alma que lleva el diablo, pasando los semáforos en rojo y evadiendo cualquier parada, lo único que quería en ese momento era aniquilar a alguien con mis propias manos, pero era consciente de que hacerlo estando como estaba me traería consecuencias caras. Golpeé el volante en el instante en que mi móvil comenzó a vibrar en mi bolsillo, no quería contestar ninguna llamada, no quería ver a nadie, estaba fuera de mí y lo único que necesitaba era una botella de borbón y unas cuantas líneas de cocaína. Rechacé la llamada, sin detenerme a ver el nombre, sin embargo, segundo después volvió a replicar sin parar. Casando de escuchar el odioso sonido del celular, contesté la llamada. —¿Qué quieres Matthew? Espero sea tan importante como para no aventar el móvil por la ventana. —Es realmente importante. Hermano, necesito un favor de tu parte— Me dijo, su voz sonaba tensa y preocupada. —Sé que no te gustará, pero es urgente y yo no puedo hacerlo. —¡Suéltalo ya!— Vociferé dándole vuelta al volante y entrando por una calle estrecha. Escuché a Matt suspirar. —Mi padrastro me solicitó traer a su hija al país— Comenzó, al escuchar la palabra calificativa, alcé una ceja, él nunca habla acerca de su padrastro, menos de su otra familia. —y yo ando hasta la coronilla de trabajo. Necesito que me apoyes con eso. Frené al escucharlo. Primero lo de Tatiana luego esto ¿Este era mi día color mierda o qué carajos? Negué emitiendo un sonido, no podía aceptar hacerle ese favor de mierda. —Hazlo por mí, te lo pagaré bien— Intentó convencerme, pero mi cabeza decía una y otra vez que no lo hiciera. —Te dejo barra libre por dos meses si me haces el favor. Matthew sabía que el dinero no era problema para mí, pero también sabía que gustaba beber hasta quedar ahogado, la oferta no me sonaba mal, menos alejarme de esta ciudad por unos días. Salir de New York me serviría para quitarme de encima a mi hermano y a Adrien, sobre todo, también para tener que evitar a la prensa después de que se enteren de lo sucedido entre Tatiana y yo. —Mándame la fotografía y ubicación de la chica— Acepté, retomando el camino a mi departamento. —Conste que lo hago por el alcohol gratis. —Bien, ahora te envío toda la información de ella. No hizo falta despedirme de él, solo colgué y en menos de un minuto ya había recibido la información acerca de la chica a la que buscaría. Lo que no me esperaba era que viviera en Londres, menos que fuera tan tentativa como se miraba en aquella fotografía. Ojos oscuros, piel morena clara, cabello castaño claro. Era diferente a Tatiana sin duda alguna. Y no supe porque carajos dejé salir una sonrisa de mis labios al instante, pero sucedió. Me acomodé en mi coche, luego prendí el aire porque parecía que comenzaba a hacer calor de solo ver su piel. Era cremosa, con un tono irresistible, con un leve bronceado que parecía natural. No tenía la menor idea de cómo le iba a hacer para no caer en la tentación de la lujuria, si de solo ver su foto ya me ponía duro. Layla Eveer. Desde hace ocho meses, pasar por los pasillos de la facultad no había sido tan fácil, bueno, después de que alguien al que creía mejor amigo mandase mi vídeo teniendo sexo con él. No podía esperar menos, cometí otro error, confíe, me dejé llevar por el momento y me cegué, pero aprendí la lección, o por lo menos pretendía hacerlo. Cerré mis ojos un momento, abrazando los libros que llevaba en mis manos y tratando de ignorar a quienes me miraban con morbo y susurraban cosas denigrantes sobre mí. Llorar ya era algo que había dicho que no volvería a hacer, porque en el fondo sabía que era más de lo que las personas veían. Quería ser libre de esa asquerosa vida en la que vivía desde que era una niña, yo solo quería ser feliz de nuevo y en el fondo, creía que podría serlo de nuevo, pero parecía que pedía mucho... Murmullos por aquí, murmullos por allá, la gente solo hablaba de ese video, de lo que conllevaba ser la protagonista del mismo. Así eran las personas en Londres, quizás en el mundo entero, pero sobre todo aquí. Para ellos, debías ser recatada, llevar vestidos o trajes que demostrarán que tipo de persona eres y a que sociedad perteneces. Sí, suena muy a la antigua, pero en Londres, Inglaterra o en cualquier ciudad del país, no podías permitirte andar con ropa que mostrase mucha carne, que despertara la lujuria de los hombres, porque si no, ya eras una puta barata y regalada. O bueno, eso es lo que la gente decía de mí. Yo me sentía culpable, desde lo sucedido lo hacía, porque si hubiera sido más inteligente, no hubiera pasado aquello, solo que él hubiera no existe y no hay vuelta atrás. Avance hasta que finalmente salí de esa área. El aire gélido de la ciudad chocó contra mi rostro, dándome esa tranquilidad que siempre solía darme al salir del infierno llamado Universidad. Salí temprano aquel día, pues uno de mis profesores no había ido y se suponía que nos daría dos materias, pero parecía que su asunto era más importante que preparar a veintiocho alumnos universitarios para ser un buen empresario. Caminé directamente a mi Volkswagen y después de dejar mis cosas en el asiento del copiloto, me subí a este y coloqué el cinturón de seguridad, bajé las ventanas y permití al aire colarse por el auto. Maneje controlando la velocidad y en menos de media hora ya estaba fuera de la cafetería en la que trabajaba. Sí, tenía un trabajo, nadie me pagaba la uni, nadie me alimentaba ni me daba lo que usaba, por cosas del destino, decidí trabajar porque no quería seguir viviendo con el dinero de mi madre, no cuando siempre me hacían ver que era solo una carga y un estorbo, así que aquí estaba, colocando la gorra con el logo de Start Coffe y dibujando aquella expresión de solidaridad para atender a los clientes. Para eso de las tres y media de la tarde, que, por cierto, no aparentaba ser tan tarde por el clima; la campana del local se escuchó indicando que alguien más había entrado. Desde que llegué ha habido muy poco cliente, por lo que me sorprendía el que alguien llegase a estas horas. Mi expresión de aburrimiento me acompañó a fijarme en quien había entrado. Estaba de espaldas, pero llevaba una chaqueta de cuero n***o, pequeñas gotas se resbalaban de este continuamente. Eso me hizo fijarme en el cielo y como siempre, estaba encapotado de nubes grises y caía una fina, pero constante lluvia. El chico se dio la vuelta mostrando su rostro, fue entonces que me atraganté con mi propia saliva y quise esconderme antes de que me viera, solo que fue imposible. La puerta volvió a sonar, dejando ver a una hermosa mujer de cabello rubio platino. Ambos me vieron detalladamente y después lo hicieron entre sí sonriendo con complicidad. Se acercaron al mostrador y él reposó su brazo en este sonriéndome descaradamente. —Layla —Ryan La tensión se podía cortar con un hilo, nos mirábamos fijamente, mientras él lo hacía divertido y descaradamente, yo solo lo veía como si quisiera matarlo ahí mismo. Ryan Rosso era quien me jodió más que Jorel o Kelyan, él era peor que todos los chicos con los que me había topado antes. Fornido, castaño cobrizo, ojos azul zafiro, tremendamente atractivo. Era incluso más guapo que mis otras decepciones amorosas, pero era un Playboy. No se enamoraba, no se ilusionaba, era, al contrario. —Ha sido una sorpresa encontrarte aquí— Comentó con aquel ápice de burla en su voz. —¿No crees que te pagarían mejor en otra parte? Quizás en un prostibulo, no lo sé, yo te pagaría muy bien. Contraje mi rostro en una expresión de asco. Su comentario estaba de más, si había venido solo por eso, para denigrarme y hacerme sentir menos, lo había logrado. Alcé mi mano y le planté mi palma en su rostro arrogante y atractivo. Odié haberme topado con él en el pasado, odié haberlo amado, haberle entregado mi corazón y haber sido tan ilusa para creer que alguien de su calaña me merecía. Una gota de lagrima solitaria corrió por mi mejilla, pero la sequé con brusquedad y salí de ahí para enfrentarlo. —¡Eres un maldito bastardo! Tú y tú puta barata pueden irse a joder a otra parte, porque escúchame muy bien— Recorrí su rostro con la mirada, estaba triste, furiosa y destrozada, sin embargo, mi cabecita y mi corazón ya estaban cansados de vivir constantemente en esa burbuja de sufrimiento y le dejaría en claro que no volverían a verme la cara de idiota. —Tú, Jorel y Kelyan van a arrepentirse de haberme destruido por completo, porque estando así, tan jodida, tan rota y miserable, les cobraré una por una lo que me hicieron. Lo empujé a un lado, el gerente del negocio salió a ver qué sucedía y conocí esa mirada de decepción. Me correría y ya no tendría un trabajo con cual sustentar mis gastos, pero de peores cosas he salido adelante, así que resignada, me quité la gorra y salí de ahí.
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