Capítulo 03

2049 Words
Solía ver películas dramáticas, dónde me entretenía viendo la manera en que la protagonista terminaba caminando por las calles sin rumbo fijo, solo con los ojos llorosos, los labios temblando y, por si fuera poco, siendo empapada por nubes grises y abundantes de agua. Nunca me ví así a mí, ni creí que el clima pudiera relacionarse demasiado con el estado de ánimo de una persona, pero, justo estaba yo ahí, vagando por las calles londinenses bajo la lluvia, ocultando tus lágrimas con cada gota que caía a cántaros por mi cara. Por más que quería dejar de llorar y enfrentar mi vida con la cara en alto, el mundo se empeñaba en pisotearme más y más. No tenía nada en la vida, mi padre se fue, mi madre se decepcionó de mí, el mejor amigo que tenía solo me quería follar y difundir como una prostituta. No tenía amigas, solo Konny y quizás otra por ahí, pero no eran ese tipo de amigas de las cuales te podías fiar, yo no podía confiar en nadie después de todo lo que he vivido. Estaba en ese punto exacto de mi vida en el que las cosas dolían de una manera extraordinariamente terrible, sentía una opresión en el pecho que no me dejaba tranquilizarme, era como si me estuviera muriendo, como si estuviera asfixiándome. No tenía nada claro en mi mente, sentía escalofríos y cuando el aire comenzó a faltarme, me recargué en una pared húmeda y me fui deslizando hasta quedar ahí, abrazada a mis piernas y sin entender que era lo que me sucedía. La gente pasaba, pero no escuchaba, no podía verla bien, seguía sintiéndome de esa manera, y lo peor de todo es que no podía pedir ayuda, mi habla se esfumó al instante. El cuerpo comenzó a hormiguearme, como también a temblar, y no podía sentir mis manos, estaban entumecidas. Cuando menos me di cuenta, la silueta de una persona se acercó a mí y se acuclilló, retirando el cabello que se pegaba a mi rostro, pese a que lo había hecho, yo no lo detallaba, era imposible cuando mis ojos estaban húmedos y nublados. —Vamos, reacciona— Decía, su voz era un eco en mis tímpanos, —Te llevaré a tu casa ¿Vale? Yo asentí y el chico solo me cargó en brazos llevándome a sabe dónde. Olvide que mi auto estaba en Start Coffe, olvide incluso mi nombre. Liam Harrison. La lluvia en Londres caía a cántaros, cuando solía llover en New York a mí me gustaba caminar libremente y empaparme con la lluvia, por lo que después de establecerme en el pequeño departamento de aquel precario edificio, salí a caminar. Duré medio día en llegar, el suficiente tiempo para darme cuenta que salir de New York era lo mejor que podía hacer para aclarar mi mente y liberar el estrés que me causo los sucesos vividos hace un par de días. La lluvia me empapó al instante y mi cuerpo se comenzó a relajar como si estuviera en la playa y no en una calle inglesa. Caminé sin rumbo fijo, reconociendo cada local y calle por la que pasaba, pero entonces, cuando llegué a una que conectaba con otra avenida, teniendo en conjunto un callejón, escuché el gemido lastimero proveniente de este. Al principio me imaginé que podría ser algún niño perdido o, igualmente, una alucinación, después de todo era imposible que fuera esto último, a veces los efectos del LSD no se iban completamente. No solía ofrecer mi mano a nadie, menos si no me iba a beneficiar en nada. Así que intenté dejar pasarlo desapercibido, pero momentos después, cuando decidía seguir con mi andar, su llanto se intensificó haciendo que algunos civiles voltearan a ver en esa dirección. Suspiré profundo, esta situación no me gustaba en lo absoluto, pero de alguna u otra forma me pareció justo. Me acerqué cuidando de no asustar a la persona que se encontraba ahí. Era mujer, su cabello caía empapado sobre su rostro mientras que se abrazaba así misma de las piernas y parecía perdida, ahogada y en una precaria situación. No supe que hacer, realmente ¿Me acercaba? ¿Le hablaba? Dudaba que me contestará, estaba muy ensimismada en su cabeza hasta para captar mi presencia. Parecía estar en un estado inestable, a mi mente llegó el recuerdo de una niña estando igual que ella, sentada en el suelo, con su cabeza sobre el hueco que dejaba entre sus piernas y pecho, con sus brazos rodeando sus rodillas y sollozando en silencio, como si no tuviera el mínimo aliento para pronunciar una sola sílaba. Me extrañó aquella imagen, sacudí mi cabeza y, entonces, cuando volví a verla a ella, sus ojos me miraban, pero aún así no me veía de verdad. Fue precisamente en ese instante en que pude observarla con detenimiento, su cabello era chocolate, sus ojos oscuros como el café, tenía pómulos resaltados y labios medianos, rosaditos y parecían suaves. Por último, todo en ella gritaba inocencia, fragilidad, pero al mismo tiempo, fuerza. No me podía creer a quien veía frente a mis ojos. Nunca la imagine así, más bien, creí que sería del tipo de chica empoderada y coqueta, pero comprendí que una foto no cuenta nada en realidad y que conocerla en persona era distinto a solo escuchar un par de cosas sobre ella de otra persona. Era ella... Era Layla Eveer. Esperaba encontrarla en el edificio dónde me estaba quedando, no de esta manera, sin embargo, el destino es tan extraño que no sabes cuándo, cómo y dónde te encontrarás con tal persona. Me acuclille y aparté el cabello que se le pegaba al rostro, entonces la miré con suma atención. Era muy hermosa, fácil cautivaria con esos ojos a cualquier hombre. Me aclaré la garganta volviendo a sacudir mi cabeza un poco. —Vamos, reacciona— Pedí, sin la menor idea de que hacer en ese momento. —Te llevaré a tu casa ¿Vale? Es válido preguntarse ¿Cómo cojones sabes dónde vive? Y es fácil responder a esa pregunta. Matt, mi mejor amigo, me dio lo que necesitaba para encontrarla, entre esos datos, la dirección de dónde se encontraba viviendo. Ella asintió a mis palabras anteriores, no lo hizo de manera firme, fue un asentimiento de cabeza tan imperceptible como para ser visto a cierta distancia. La tomé en brazos, y otra vez, no sabía que hacía o porqué lo hacía, pero lo estaba haciendo de manera tan natural que ni siquiera me podía seguir cuestionando por aquello. Pedí un live, coloqué con cuidado a la chica sobre el asiento tracero y me subí a su lado. Llegamos al edificio y tuve que sacarla en mis brazos, pues la pobre chica no podía ni sostenerse con un solo pie. Entré a la recepción y pedí una copia del apartamento de ella, sin embargo, el hombre no pareció confiar en mí. —No puedo hacer eso, va contra las reglas.— Dijo, mirando de reojo detrás de mí. Me di media vuelta solo para darme cuenta de que un par de guardias se acercaban disimuladamente hacia nosotros. —¿Cuál es el problema, señor?— Inquirió uno, yo me restregue el rostro sin poder con la situación. Me volví al chico que atendía la recepción y le apunté en dirección de sofá que estaba al fondo de esta. —¿Ves a esa chica? Es mi novia y no está en condiciones para levantarse y exigir que le des la puta llave— Increpé ya molesto, cansado, hartó de esto. —Cuide su vocabulario.... —Yo habló con un cojón si se me da la regalada gana.— El guardia frunció el ceño e hizo el intento de acercarse. —No tengo el humor para soportar sus caras, por su bien, guardia, le conviene alejarse y por el bien de este edificio, a ti te conviene darme esa llave de una vez por todas. Y así lo hizo, me entregó la llave, preso de los nervios, por otra parte, el guardia, se alejó con su compañero y yo me dispuse a ir por Layla. Me cagué en un huevo cuando la ví inconsciente en el sofá, volví a cargarla tragándome la molestia que comenzaba a causarme aquello y me movilicé a su piso. No podía parar de preguntarme porqué lo hacía, no me apetecía aparentar ser un héroe, ni ser un príncipe azul para la princesa presa en una torre, tampoco quería aparentar algo que no era y no sería jamás. Aquello débilitaba mi imagen, le daba el valor a otros para creer que sería piadoso, cuando la realidad era que yo no me tentaba el corazón para ni por nadie. Prefería mantener mi coraza fuerte e impenetrable, para que la gente no creyera que era un ángel piadoso y compadecido por los demás. Me gustaba que me temieran y por el mismo miedo me respetarán y sobre todo, lo prefería así porque amedentrarme por otros les daría el poder de ver en la profundidad de mi alma hasta descubrir la oscuridad que envolvía mi pasado. Odiaría que la gente lo descubriera, lo odiaré mucho. Hacía apenas tres años de aquello y aún lo tenía muy presente. Apenas acababa de titularme en negocios internacionales y de igual manera había cumplido veintitrés años y seguía siendo el mismo hijo de puta que era desde mi adolescencia. Como ahora, antes tampoco me importaba romper cráneos y joder a las chicas que se enamoraban de mí, esa vez perdí mi cordura y todo el autocontrol que pudiera haber tenido.... Ese día quedó grabado en mi memoria como un bucle que se volvió uno de mis tantos tormentos, y hasta hoy en día sigue muy presente en mis recuerdos. Sacudí la cabeza resguardando esos recuerdos en lo inhóspito de mi mente. De pensar en ello me había olvidado de que aún seguía frente a la puerta de su apartamento, así que me las arregle para abrir la puerta y entrar. Estando en la sala de estar, dejé a Layla sobre uno de los sofás que estaban situados en medio de la sala, le acomodé una almohada en su nuca para que estuviera cómoda. Me quedé en su apartamento, esperando que despertara y detallando este para encontrar una pista de que tipo de chica era la hermanastra de Matt. No había muchos cuadros, solo un par que parecían haber sido comprados al azar. Había una chimenea bajo la TV, era eléctrica y por la misma, un par de recuadros estaban incorporados a cada lado. Pasé un dedo por el mueble, en definitiva, no era una mujer con mucho tiempo libre para limpiar, incluso el polvo. Giré en mi entorno captando el comedor, había un plantó con cereal y leche rancia, hice una mueca de asco al pasar por ahí. Confiado, recorrí el pasillo que llevaba a las habitaciones, habían tres puertas, una era el baño y las otras dos eran los cuartos. Entré preso de la curiosidad en la habitación de al fondo, entonces, me di cuenta de que era ordenada para limpiar su recamara, pero no el departamento completo. No había bragas en el suelo ni sostenes, pero en la mesita de noche, junto a un ordenador, se hallaba un recuadro boca abajo y un desastre de hojas regadas por la misma mesita, como si lo hubiera hecho ella misma. Alcé el recuadro y observé la foto que estaba enmarcada. Me quedé detallando a la niña que se veía ahí, parecía llena de vida... Abrazaba a una niña, está estaba de espalda permitiendo que el rostro alegre de ella se viese de frente. Mi cabeza palpitó un poco, y extrañado por eso, solté la fotografía, pero no dejé de verla con mucha curiosidad. Ahí se veía con mucha alegría, con un brillo de añoranzas y sueños, de ingenuidad e inocencia, pero, sin embargo, la mujer que había conocido en ese callejón no era la misma niña que veía ahí, era como si algo hubiera roto todo con lo que ella soñaba, como si estuviera apunto de caer de un despeñadero. Y podía verlo con claridad, no por el hecho de haberla visto llorando, sino por el vacío que su mirada trasmitía.... Por el mismo vacío que yo tenía.
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