13. No todas...

1500 Words
Capítulo 13. No todas las leonas muestran su melena. Miré por encima del hombro de Diego. Al final del pasillo, las luces del salón principal empezaron a parpadear. El brindis estaba por comenzar y las cámaras de la cocina entrarían en modo bucle... ¿será por allí por donde me piensan sacar? Los diez segundos de oscuridad absoluta vendrían pronto, el momento que Tania y estos hombres había pactado, estaba a punto de llegar. - Ya ne zhertva – susurré en ruso, recordando las palabras de Madame Nadia. - ¿Qué dices, perra? – me preguntó Diego, confundido, soltando un poco su agarre. - Digo que... – me incliné hacia adelante, mis dedos cerrándose sobre un pesado abrecartas de bronce que estaba sobre la consola. - Ya l'vitsa (Soy una leona) – murmuré entre dientes. En ese instante, las luces se apagaron. La mansión quedó sumida en una negrura total. El silencio del salón fue roto por un grito lejano y el sonido de un cristal rompiéndose. Diego se lanzó hacia mí, pero yo ya no estaba allí. En el momento que él aflojo su agarre y las luces se apagaron me tiré al suelo, sintiendo el filo de su navaja cortar el aire donde segundos antes estaba mi garganta. En la oscuridad, mis sentidos se agudizaron. Podía oír su respiración agitada, el roce de sus zapatos sobre la alfombra, mientras gateaba intentando huir... solo tenía diez segundos para hacerlo. Pero no pude... sentí una mano agarrar mi cabello y detenerme. Diego me tiró hacia arriba con furia. - ¡Maldita seas! – rugió. - Esta vez no te vas a escapar de mi – Pero antes de que pudiera clavar su arma, un estruendo sacudió la mansión. No fue un disparo. Fue la puerta de la cocina siendo derribada, y el grito de guerra de una voz que conocía a la perfección. -¡LAURA! – era el rugido de Nicolás. - Donde carajos te has metido – Quise gritar, pero Diego no me dejo. En medio de la oscuridad, sentí el acero frío de su navaja rozar mi cuello. Estaba a punto de morir, justo cuando mi salvador me llamaba furioso. Pero no iba a morir como una víctima, ya no. Desde este momento no volvería a ser la misma Laura sumisa de siempre. Clavé el abrecartas en la pierna de Diego con todas mis fuerzas, y mientras él gritaba de dolor, escuché otra voz, una que venía desde algún lugar cercano. Era Miguel, él abogado que me estaba esperando. - ¡Ahora! – gritó él en la oscuridad. Y en ese momento las luces de la mansión volvieron a encenderse... El resplandor repentino de las enormes lámparas de cristal me cegó por un segundo, obligándome a entrecerrar los ojos. El caos que se reveló ante mí parecía una pintura macabra: Diego, el hombre que alguna vez fue mi héroe platónico, estaba de rodillas frente a mí, aullando de dolor mientras se sujetaba la pierna donde mi abrecartas seguía clavado. La sangre manchaba la alfombra persa, un rojo violento que contrastaba con el verde esmeralda de mi vestido. A pocos metros, en la entrada del pasillo que conectaba con la cocina, Miguel estaba de pie. Ya no lucía como el abogado pulcro que conocí; sus ojos inyectados en odio me recorrieron con una furia depredadora. - ¡Muévete, imbécil! – le gritó Miguel a Diego, pero antes de que pudiera dar un paso hacia mí, la figura imponente de Nicolás apareció doblando la esquina. Nicolás no estaba solo. Dos de sus guardias personales lo flanqueaban, pero era él quien daba miedo. Su rostro era una máscara de furia gélida, y en su mano derecha no había una copa, sino la fuerza bruta lista para estallar. - ¡Suéltala! – rugió Nicolás. Su voz vibró en las paredes de madera tallada, silenciando por un momento el murmullo de la música que seguía sonando en el salón principal, ajena al drama que se desarrollaba en las sombras. Miguel, con una rapidez nacida del instinto criminal, comprendió que la situación se había salido de control. Miró a Diego, desangrándose en el suelo, y luego a mí. Sin dudarlo un segundo, le propinó una patada a su propio cómplice para apartarlo de su camino y se lanzó hacia la puerta de servicio. - ¡Atrápenlo! – les ordenó Nicolás, pero Miguel ya se había escabullido por la salida de la cocina, aprovechando el conocimiento de los puntos ciegos que Tania seguramente le había proporcionado. Nicolás no me dio tiempo para reaccionar. Con dos pasos largos estuvo a mi lado, tomándome por los hombros con una brusquedad que delataba su terror. Sus ojos seguían inyectados de sangre, mientras observaba mi cuello... Lo vi sacar un pañuelo blanco de su chaqueta y pasarlo por ahí, al momento de sacarlo pude ver ese hilo rojo que había dejado en él... mi cuello, quise pasar mi mano por él, pero me detuvo. - No lo hagas, no es nada – susurró y me jalo hacia él. Senti como su cuerpo temblaba con el contacto, no podía creer que este hombre estuviera tan preocupado por mí. - Laura... Dios, Laura – susurró mientras me abrazaba. Por primera vez, la máscara de Nicolas Danger se rompió por completo. Me estrechó contra su pecho con tal fuerza que sentí el latir desbocado de su corazón. - Estoy bien, Nicolás... estoy bien – mentí, aunque mis manos no dejaban de temblar. - Las joyas de tu mamá – logré decir luego de unos segundos y llevé mi mano hacia mi cuello. En el suelo, Diego intentaba arrastrarse llevaba el collar en sus manos, pero los guardias de Nicolás cayeron sobre él como buitres. Uno de ellos le torció el brazo hacia la espalda, provocando un crujido seco, mientras le quitaba el collar que me había arrebatado. - Llévenselo al sótano – les ordenó una voz profunda detrás de nosotros. Me giré, todavía apoyada en el pecho de Nicolás, y vi a Don Vladimir. El abuelo estaba allí, impasible, apoyado en su bastón de plata. No parecía sorprendido por la violencia, sino más bien fastidiado por la interrupción de su gala. Sus ojos se clavaron en los míos, analizando mi vestido manchado de sangre y el abrecartas que ahora yacía en el suelo. - Parece que la muchachita tiene garras después de todo – nos comentó el anciano con una frialdad que me erizó la piel. Nicolas lo miró con desconfianza, sus ojos estaban inyectados cuando miró a su abuelo y le dijo. - ¡Han intentado matarla en nuestra propia casa, abuelo! – exclamó Nicolás, girándose hacia él sin soltarme. - ¡La seguridad en está mansión ha fallado! – - La seguridad no falló, Nicolás – le dijo don Vladimir, dando un paso hacia Diego, que estaba gimiendo en el suelo, mientras los guardias de seguridad lo jalaban para cumplir las órdenes del abuelo. - La seguridad fue comprada. Y pronto sabremos por quién – En ese momento, Tania Petrovsky apareció al final del pasillo. Venía caminando con una elegancia fingida, llevándose una mano al pecho en un gesto de falso horror. - ¡Santo cielo! ¿Qué ha pasado acá? Pensé que el apagón fue parte del espectáculo – les preguntó, su voz estaba cargada de una preocupación tan artificial que me dieron ganas de escupirle a los pies., de decir que fue ella... pero no tenía ni una sola prueba. Ahora me arrepiento de no haberme quedado con esa carpeta, pero tenía que ser así... era la único manera de comprobar si Nicolas estaba o no con ella. y al parecer no lo está. Sí puedo confiar en él... - Escuché gritos y... ¡Laura, santo Dios! ¿Estás herida? – Ella se acercó, intentando tocar mi cuello, pero Nicolás la apartó de un manotazo antes de que pudiera llegar a mí. - No te acerques a ella, Tania – sentenció Nicolás. Su mirada era tan letal que incluso ella retrocedió un paso, perdiendo por un instante esa sonrisa de porcelana que había estado mostrando desde que llegó a esta mansión. Luego miró a Diego, ya estaba saliendo por la puerta lateral de la cocina... supongo para ser llevado al sótano que el abuelo mencionó. Lo extraño es que no estaba preocupada... y eso no me cuadró. - Nico, por favor nos conocemos desde niños, yo... solo estoy preocupada por tu esposa. Pero ¿Quién es ese hombre?, no me digas que hubo un intento de agresión... – le preguntó señalando a Diego, quien ya había sido sacado a rastras afuera de la cocina. - Es alguien de mi pasado – le respondí yo, encontrando mi voz, una voz que sonaba más fuerte de lo que me sentía. - Alguien que no debería estar en Rusia. Alguien que al parecer sabía exactamente dónde encontrarme y que yo llevaba las joyas de los Danger – le respondí y señale el collar que el guardia tenía en su poder.
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