Un secreto...

1817 Words
Capítulo 12. Un secreto que se veía venir. Me acerqué a él, olvidando mi enojo por un momento. La vulnerabilidad de este hombre tan poderoso realmente me desarmaba. Pensé que debía contarle la verdad. - Tania te puso algo muy fuerte en el coñac, Nicolás. Ella quería que pasaras una noche de pasión y recuerdos con ella, te quería en su cama. Debías despertar con ella, no conmigo – Él soltó una carcajada seca, carente de humor. - Ella siempre ha sido ambiciosa Laura, pero nunca se atrevería a drogarme, menos en mi propia casa – me respondió movió la cabeza de un lado a otro. - Esto que he sentido... es diferente. Hay algo en el aire de esta casa que no me gusta. Mi abuelo cree que puede controlarlo todo desde su trono, pero las sombras se están moviendo demasiado rápido para mi gusto – Se acercó a mí, y el calor que emanaba su cuerpo me golpeó como una ola. A pesar de su amnesia temporal, su cuerpo parecía siempre reconocer el mío. Sus manos se alzaron, dudó un segundo antes de tocar mi rostro. Sus dedos estaban fríos, pero su mirada quemaba como el fuego. - Mañana – murmuró, y su aliento rozó mis labios lleno de peligro. - Mañana te presentaré a mi mundo. Y después de eso, Laura, buscaremos las respuestas. Si Tania tuvo algo que ver con este vacío en mi cabeza, pagará un precio que ni los Petrovsky podrán cubrir – - ¿Y si el peligro es más grande que Tania? – le pregunté, sintiendo la tentación de contarle sobre Miguel y Diego. Pero el miedo a que él fuera parte de ese maldito plan me detenía... o pensar que su amnesia fuera solo un truco, eso me selló los labios. - ¿Y si no puedes protegerme de lo que viene? – le dije directamente a la cara. Nicolás se inclinó, uniendo nuestras frentes. Su aliento estaba cada vez más cerca de mí. - Entonces moriré intentándolo – me susurró y bajo sus labios para unirse con los míos. - Porque, aunque mi mente no recuerde los detalles de anoche, mis manos sí lo hacen, esposa mia... tu piel es tan suave que la mia recuerda cada rincón de tu cuerpo. Y ese sentimiento... ese instinto de propiedad no es algo que una droga pueda borrar – Me besó con una desesperación contenida, un beso que sabía a promesa y a despedida al mismo tiempo. Fue breve, pero suficiente para recordarme que, por muy perdida que estuviera, estaba atada a él por algo mucho más fuerte que un papel firmado. - Ahora te dejaré descansar... – susurró antes de dejarme sola. La noche pasó entre sueños agitados y verdades a media. Desperté varias veces convencida de que escuchaba pasos en el pasillo, el roce de la tela de algún uniforme de camarero o el clic de un arma siendo cargada. Pero cada vez que abría los ojos, me daba cuenta de que nada de eso era real... solo disfrutaba viendo la silueta de Nicolás durmiendo en el sofá de la habitación. Mi esposo se había negado a compartir la cama de nuevo hasta que su cabeza se aclarara, un gesto que me dolió pero que respeté. El día de la gala por fin había llegado. El cielo amaneció gris y pesado. La mansión Danger era ahora una colmena de actividad frenética. Don Vladimir llegó al mediodía, y su voz de trueno se escuchó en todo el vestíbulo mientras gritaba exigiendo perfección. Yo me mantuve escondida en mi cuarto, repasando mis frases en ruso mientras las modistas retocaban el vestido de color esmeralda que había elegido Nicolas para mi. - Ochen' priyatno (Mucho gusto). Spasibo (Gracias). Ya schastliva byt' zdes' (Soy feliz de estar aquí) – no puedes olvidarte de nada Gia, me repetía en mi mente junto a todas esas mentiras una y otra vez frente al espejo. A las seis de la tarde, el ritual comenzó. Me bañaron en aceites caros, peinaron mi cabello en un recogido elegante que dejaba mi cuello expuesto, y finalmente, llegó el momento que Tania tanto temía. Nicolás entró en la habitación con una caja de terciopelo n***o. Su abuelo venía detrás de él. Sabía que en esa caja habría alguna joya familiar. Su abuelo venía con él, apoyado en su bastón de plata, observando con ojos de halcón. - Estas joyas han pertenecido a las mujeres Danger por tres generaciones – nos dijo el abuelo con una solemnidad que me puso los pelos de punta. - Mi nuera las usó el día que murió. Nicolás cree que tú eres digna de ellas. Yo... todavía tengo mis dudas. No las manches con tu miedo, muchachita – Nicolás abrió la caja. El brillo de las esmeraldas era casi cegador, pero yo solo pensaba en una cosa... la madre de Nicolas había muerto con ellas puestas. ¿será que mi destino sería igual? La piedra del collar era del tamaño de una nuez. Y al igual que las de los aretes estaban rodeadas por una constelación de diamantes perfectos. El collar era pesado, frío, y cuando Nicolás lo abrochó alrededor de mi cuello, sentí que era un collar de perro de un lujo inimaginable. Un símbolo de que ahora le pertenecía a este linaje de sangre y acero. - Estás lista – me dijo Nicolás, mirándome a través del espejo. Él vestía un esmoquin ne gro hecho a medida que lo hacía ver como un príncipe guerrero. Yo solo asentí, aunque en el fondo sabía que no estaba preparada para eso todavía. Bajamos la gran escalera de mármol justo cuando los primeros invitados empezaban a llegar. El salón principal se había convertido en un sueño de cristal y oro. La orquesta tocaba un vals suave, y el murmullo de la élite rusa ingresando por la puerta principal llenaba el espacio. Tania ya estaba allí, por supuesto. Justo al lado del abuelo Vladimir. Su vestido era de un tono blanco virginal que contrastaba a la perfección con la oscuridad de sus intenciones. Pero al ver el collar en mi cuello, su rostro se descompuso por completo, aunque esperé que el efecto durara un poco más, no fue así. Porque como siempre, supo recuperar su máscara de porcelana. Prekrasno (Hermoso) – la escuche decir cuando pasó a mi lado, pero sus ojos me decían que ese collar sería lo único que quedaría de mí para cuando terminara la noche. La fiesta avanzaba como una coreografía perfecta. Yo sonreía, saludaba y usaba mi silencio como escudo, tal como Madame Nadia me había enseñado. Escuchaba retazos de conversaciones... negocios de petróleo, alianzas políticas, chismes de la alta sociedad. Nadie sospechaba que la "esposa extranjera" del gran Nicolas Danger entendía más de lo que aparentaba y todo gracias a la madame. - El sector norte está despejado – escuché un susurro cerca de una de las columnas. Me tensé. Reconocí la voz de uno de los jefes de seguridad de la mansión hablando por un auricular oculto. - Da, Tania Petrovsky me dio la orden. Las cámaras de la cocina entrarán en modo bucle a las diez – El sudor frío resbaló por mi espalda. Tania no solo había traído a Miguel y Diego para que me detengan, ella había comprado a la propia seguridad de los Danger. ¿o es que también Nicolas está metido en todo esto? Miré el reloj de pared. Eran las nueve y cuarenta y cinco, quince minutos para lo que sea que deba pasar. Nicolas estaba del otro lado del salón, hablando con un grupo de inversionistas, algo sobre petróleo según entendí. Busco al abuelo con la mirada, y lo encontré sentado en unos de los sofás de cuero disfrutando de un coñac. Yo estaba sola, es algo paradójico, pero desde que toda mi familia desapareció asi era como me había sentido, hasta que conocí a Nicolas... pero como era de esperar la alegría no me podía durar para siempre. Si intentaba advertir a Nicolás ahora, Tania intervendría, o peor aún, los asesinos podrían adelantar el ataque antes de que pudiera ponerme a salvo. Caminé hacia la mesa de bebidas, tratando de que mi respiración no me traicionara. Vi a un camarero pasar con una bandeja llena de copas. Tenía el cabello corto y una cicatriz casi invisible muy cerca de la oreja. Mi sangre se congeló. No era Diego, pero lo conocí. Era uno de los empleados que el abogado Miguel envió al Valle para buscar restos de mi familia. Me alejé de la luz, moviéndome hacia el pasillo que conducía a la biblioteca, una zona menos transitada. Necesitaba un arma, algo con qué defenderme. Pero antes de que pudiera llegar a la puerta, una mano enguantada me rodeó la cintura y otra me tapó la boca. - Shhhh... – escuche y senti el aliento tan cerca de mi cuello que me provoco una arcada de asco. Y fue entonces cuando una voz que conocía demasiado bien susurró en mi oído. - Has crecido mucho, Laurita. Y te has vuelto muy cara – era Diego, ese hombre que creí amar cuando era niña... mi amor platónico. El asistente de papá. Me arrastró hacia las sombras del pasillo. La fragancia del perfume de los invitados fue reemplazada por el olor a tabaco y perfume barato de él. ¿Cómo pude pensar que ese hombre valía la pena? Diego me soltó bruscamente y me empujó contra la pared de madera tallada. - ¿Creíste que el frío de Rusia nos detendría? – me dijo Diego, sacando una navaja de su traje que brilló bajo la tenue luz de los apliques de la pared. - Miguel está ansioso por verte pequeña. Pero primero, tengo órdenes de recuperar esas piedras que llevas al cuello. Tania dice que no son para una muerta de hambre como tú – - Tania es una estúpida si cree que saldrá libre de esto – le dije, tratando de ganar tiempo, mi mano buscaba desesperadamente algún objeto pesado sobre la mesa del pasillo que pudiera lanzar sobre él. - Nicolás la matará cuando sepa lo que ha hecho – Diego soltó una carcajada silenciosa. - Nicolás estará demasiado ocupado en la cama de su verdadera mujer cariño. Porque Miguel tiene un "regalito" para él en el estrado durante el brindis. Una copa de éxtasis para el magnate, y un cuchillo para la viuda destrozada. Un final poético, ¿no crees? – - Ustedes están locos – - Tu padre nos volvió así Lau. Si no hubiera sido tan terco, esto habría terminado de otra manera – Cuando mencionó a papá me paralice... ¿Qué tenía que ver papá en todo esto? Me pregunté, pero, aunque no tenía una respuesta, algo si estaba claro... el accidente de papá no fue tal. Y frente a mi tenía a uno de los asesinos.
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