Capítulo 11. Las joyas de la familia.
Nicolás se puso en pie y caminó hacia mí. Me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo de frente. Sus ojos azules escaneaban mi rostro buscando la grieta en mi mentira.
- No estarás sola, Laura. No dejaré que nadie te toque. Ni con palabras, ni con acciones – hizo una pausa, y su pulgar acarició mi labio inferior.
- No dejaras que nadie me toque... ¿Cómo? – le pregunté con algo de sarcasmo.
- Anoche pudiste ser la victima de tu ex, sino mira lo que pasó entre nosotros otra vez – él frunció el ceño. Al parecer no recordaba nada de lo que había pasado entre nosotros...
- ¿Qué quieres decir? –
- Vamos Nicolas, anoche Tania, tu Tania te drogó con ese coñac – él frunció el ceño mientras me miraba asombrado.
No puedo creer que me este pasando esto.
Nicolas realmente perdió la memoria o es que él también forma parte de ese maldito plan.
- No se de que estás hablando Laura – me dijo y llevó sus manos a la cabeza.
- Estas algo paranoica. Será mejor que te mantengas alejada de ella, Tania no es alguien que se pueda ignorar. Mañana por la noche, el mundo entero sabrá que eres una Danger. Y los Danger no retroceden, ni siquiera para tomar impulso mujer –
Ojalá fuera así de simple, pensé. Pero los Danger no sabían que los monstruos de mi pasado ya estaban en su país, ¿o quizás sí?
El desayuno fue un ejercicio de tortura psicológica. Tania Petrovsky ya estaba sentada a la mesa, luciendo impecable en un conjunto de cachemira color azul. Ella también parecía haber olvidado por completo que anoche terminó inconsciente por su propio sedante.
Me saludó con esa misma sonrisa radiante e hipócrita de siempre, la clase de sonrisa que solo una serpiente le daría a un ratón antes de comérselo.
- ¡Buenos días, querida Laura! – exclamó en español, con ese tono condescendiente que me hacía hervir la sangre.
- Espero que hayas descansado. Te ves un poco ojerosa. Quizás los preparativos para la gala son demasiado para alguien... poco acostumbrada a estos niveles de estrés –
- Estoy perfectamente, Tania – le respondí, sentándome frente a ella.
- De hecho, mi cansancio no es precisamente por la fiesta de mañana no es así mi amor – miré a Nicolas que estaba a punto de sentarse. Él solo asintió, al parecer tampoco recuerda que nuevamente hicimos el amor, si se puede llamar así.
El rostro de Tania se fue transformando, estaba segura de que había pisado el palito, pero de pronto volvió a sonreír.
- Que bueno que se estén llevando tan bien, pero no deben exagerar... las cosas fáciles terminan aburriendo a Nicolas, ¿no es así cariño? –
Él la miró y su rostro se ensombreció, pero no respondió nada. Y eso realmente me frustra.
- De hecho, quería preguntarte ¿Cómo estás tu? Anoche te vi durmiendo en la alfombra antes de subir a mi habitación – esta vez pude notar que el rostro de esa mujer comenzó a ponerse de un tono carmesí... al menos pude ganarle una, pensé.
- No sé de qué estás hablando, yo dormí como una reina... de hecho... – imitó mi forma de hablar en ese momento mientras miraba a Nicolas.
- Me siento más despierta que nunca –
Nicolás se sentó a la cabecera, ignorando la tensión eléctrica que existía entre nosotras. Madame Nadia entró poco después con su habitual rigidez, llevando un maletín lleno de libros con ella.
- Hoy no habrá gramática de salón señor Danger – anunció la anciana, mirando a Nicolás y luego a mí.
- Hoy practicaremos el protocolo de la gala. Laura debe aprender las frases de cortesía básicas para no avergonzar a Don Vladimir mañana por la noche –
- No creo que unas pocas horas sean suficientes para borrar el rastro del lodo, Madame – comentó Tania, pinchando un trozo de fruta con elegancia.
- Quizás sería mejor que ella se quedara en la habitación por una supuesta "indisposición". Asi nos evitaríamos un espectáculo innecesario –
- ¡Tania! – exclamó Nicolas.
- La gala es su presentación ante nuestra sociedad... ella irá – sentenció, su voz cortaba el aire como un látigo.
- Y llevará puestas las joyas de mi madre –
- ¡Nicolas! – exclamó ahora la mujercita. Al parecer no le gustó escuchar que llevaría joyas de mi difunta suegra.
Nicolas no respondió. Y el silencio que siguió fue tan pesado que casi podía oírse el crujir de la nieve afuera. Tania apretó sus cubiertos hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
Yo no lo sabía, pero las joyas de la madre de Nicolás eran el símbolo máximo de aceptación en la familia Danger. Al dármelas a mí, una "desconocida", Nicolás estaba declarando la guerra a las expectativas de todos, incluidas las de su abuelo.
- Como tu desees, Nico – le dijo Tania luego de unos minutos que parecieron eternos, pero los necesitaba para recuperar su compostura, aunque sus ojos destellaban odio puro.
- Sabes lo valiosas que son, solo espero que ella no las pierda... o que alguien no se las arrebate –
Aquella frase fue un dardo directo, porque ella sabía que Miguel y Diego vendrían por mí. Y si en esa visita las joyas desaparecían solo yo sería la única culpable.
Al terminar de desayunar me levante de la mesa sin esperar que lo hiciera Nicolas, estaba molesta con él y con todos en esta mansión.
Pasé el resto del día encerrada con Madame Nadia. Mi cerebro gritaba de agotamiento, pero cada vez que sentía que iba a desfallecer, recordaba la imagen de mi casa en ruinas.
“Ya gotova“ (Estoy lista), me repetía a mí misma en ruso, una y otra vez. Madame Nadia me enseñó cómo saludar a los embajadores, cómo rechazar una copa con elegancia y, lo más importante, cómo escuchar sin parecer que entendía.
- Si ellos creen que eres ignorante, hablarán frente a ti – susurró Madame Nadia mientras me ayudaba a practicar la postura.
- Tu silencio es tu mejor espía, Laura. Debes usarlo el día de mañana – sentenció Madame Nadia, ajustando la posición de mis hombros con una presión firme.
Asentí, sintiendo cómo el peso de las joyas invisibles ya empezaba a agobiarme. La anciana me miró fijamente, y por un segundo, su máscara de hierro se resquebrajó para mostrar algo parecido a la compasión. Ella sabía que yo no estaba solo aprendiendo a decir "encantada de conocerle"; estaba aprendiendo a sobrevivir en un nido de víboras donde el veneno se servía en copas de cristal.
- Mañana – susurré para mí misma.
- “Zavtra” –
Esa simple palabra me sonaba a sentencia.
Mañana por la noche, los hombres que pensé había dejado papá para apoyarme eran los que destruirían mi mundo... ellos estarían tan cerca de mí. Solo a unos metros, protegidos por la oscuridad y la complicidad de Tania Petrovsky.
Y yo tendría que sonreír mientras apretara mis dientes, rezando para que Nicolás recordara lo que pasó anoche, quién soy para él, o al menos, por qué decidió ponerme su apellido...
El resto de la tarde fue un desfile de preparativos que me hacían sentir como una muñeca de porcelana en manos de gigantes. Los criados, bajo las órdenes estrictas de un ama de llaves que apenas me miraba a los ojos, comenzaron a transformar la planta baja de la mansión.
El silencio sepulcral de los días anteriores fue reemplazado por el martilleo de los operarios, el roce de las alfombras nuevas siendo extendidas y el aroma abrumador de miles de flores que llegaban en camiones refrigerados y la verdad no entiendo por qué. Ya que el frio de afuera podría congelar al mismo demonio.
El abuelo no regresaría hasta mañana por la tarde, justo unas horas antes del evento, pero su presencia se sentía en cada rincón. Era como si las paredes mismas se enderezaran ante su inminente llegada.
Nicolás, por su parte, se había encerrado en su despacho después del desayuno. No volvimos a vernos en todo el día, Tania tampoco estuvo cerca de mí... será que estuve demasiado tiempo estudiando, no lo sé.
Pero no hablar con él me estaba estresando. Cada vez que pasaba por delante de su puerta la encontraba cerrada, sintiendo una punzada de dolor en el pecho...
- ¿Cómo podía haber olvidado lo que pasó anoche? – me preguntaba en cada momento.
Mis labios aún estaban sensibles por sus besos, mi cuerpo todavía guardaba el olor de su perfume, las marcas de su deseo, de ese "baile de placer" que nos había dejado tan exhaustos. Y que, para él, solo era un hueco en su memoria, un vacío provocado por el maldito coñac adulterado de Tania.
Cerca de las siete de la noche, el agotamiento me venció.
Madame Nadia me dio permiso para retirarme, no sin antes recordarme que debía repasar mis apuntes antes de dormir, como si eso fuera fácil... estaba agotada, solo quería tirarme en mi cama y dormir. Dormir como lo hacia cuando estaba con mamá, dormir por una vez en esta mansión.
Caminé por los pasillos iluminados por una tenue luz, tratando de evitar las zonas donde algunos de los trabajadores seguían haciendo su trabajo. Al llegar a mi habitación pude ver la puerta entreabierta.
Mi corazón se aceleró.
¿Sería Diego? ¿Miguel? Entré con cautela, con la mano lista para golpear de ser necesario. Pero me detuve en seco. Nicolás estaba allí, de pie frente a la ventana, mirando hacia el bosque nevado.
Llevaba solo los pantalones puestos, la camisa estaba tirada a los pies de la cama. Ese hombre incluso semi desnudo se podía tan veía imponente, pero había una rigidez en su espalda que delataba que algo lo atormentaba.
- ¿Nicolás? – lo llamé, mi voz salió apenas como un susurro.
Él se giró lentamente. Sus ojos azules, usualmente fríos, estaban enrojecidos, como si hubieran sido inyectados en sangre no había salido de su despacho en todo el día, como no podrían estar asi. Lo vi llevarse una mano a la sien y cerrar los ojos con fuerza.
- Tengo fragmentos, Laura – me dijo de pronto.
- ¿Fragmentos? – le pregunté, no tenía idea de que me estaba hablando. Me había prometido no repetir cada cosa que decía, pero ahora eso era necesario.
- Sí. Imágenes que no tienen sentido, bueno sí las tienen, pero no recuerdo que hayan pasado – continúa.
- Te veo a ti, escucho tus gemidos... pero todo está envuelto en una neblina roja. Duele como si mil agujas me atravesaran el cráneo cada vez que lo intento recordar –