Al llegar al departamento, Daniel dejó las llaves sobre la mesa sin encender las luces. El atardecer entraba por el ventanal del living y proyectaba sombras largas sobre el piso de madera.
Se sentó frente a la computadora portátil. Si las transferencias iban a Uruguay, lo primero era verificar quién estaba del otro lado. Abrió el navegador y escribió el nombre del titular de la cuenta que había visto en la pantalla de Franco. Lo escribió una vez en el buscador.
No apareció casi nada.
Un par de coincidencias irrelevantes: perfiles en r************* abandonados, un registro comercial sin actividad reciente, una referencia mínima en una base de datos empresarial.
Demasiado poco. Eso ya era una señal.
Cuando alguien recibe transferencias constantes durante años y no tiene presencia económica visible, normalmente significa una de dos cosas: es un intermediario financiero, o alguien está ocultando su verdadera actividad.
Daniel abrió otra pestaña y buscó en registros mercantiles internacionales. Después de varios minutos encontró algo más interesante. El nombre aparecía asociado a una sociedad limitada registrada en Montevideo.
La empresa tenía un nombre neutro, casi genérico. Algo que podría pertenecer a cualquier estudio contable o consultora financiera. Pero lo que llamó la atención de Daniel no fue el nombre. Fue la fecha de creación. Había sido constituida poco después del cambio de las transferencias al exterior.
Se recostó en la silla.
Eso significaba que el traslado del dinero a Uruguay no había sido improvisado. Alguien había creado una estructura legal para recibirlo. Y lo había hecho justo después de que las transferencias dejaran de hacerse dentro del país.
Daniel tomó el teléfono y volvió a mirar las fotos que había sacado a los documentos del expediente antiguo.
Fechas. Conceptos contables. Movimientos repetidos.
Cuanto más los miraba, más evidente parecía el patrón. Durante los primeros tres años los pagos eran locales. Luego la cuenta cambió.
Pensó en Adele.
Si ella estaba investigando la misma empresa, tarde o temprano iba a encontrarse con las mismas empresas de transporte.
Respiró hondo. Decidió cerrar la computadora.
Con la cabeza así no iba a resolver nada.
Apagó la luz del living, pero incluso en la oscuridad la palabra seguía ahí, flotando en su mente.
Montevideo.
A la mañana siguiente, el mensaje llegó temprano.
Daniel estaba terminando el segundo café de la mañana cuando el celular vibró sobre la mesa de la cocina. Era un mensaje del grupo del gimnasio.
- ¿Podés cubrir las clases de las tres y de las seis? Martín se enfermó.
Daniel apoyó la taza y se quedó mirando la pantalla unos segundos.
No tenía muchas ganas. La noche anterior se había acostado tarde revisando documentos y comparando fechas que parecían no querer coincidir nunca del todo. Pero tampoco tenía una excusa real para negarse, desde que empezó en la firma estaba muy ausente y no había terminado de confirmar sus nuevos horarios.
Escribió una respuesta breve.
- Sí, voy.
Dejó el celular sobre la mesa y miró la libreta abierta frente a él. La dirección seguía escrita ahí. Montevideo.
Debajo había anotado el nombre de la sociedad que había encontrado registrada en Uruguay. Una empresa sin actividad visible, sin empleados declarados y sin rastro público de operaciones.
Pero con transferencias constantes desde hacía años.
Daniel pasó el dedo por la hoja como si el gesto pudiera ordenar las ideas.
Las primeras transferencias eran locales. Después habían cambiado. Uruguay. Justo el mismo año en que Irmina murió. Y habían comenzado poco tiempo después de la muerte de Armando. Demasiadas coincidencias.
Cerró la libreta. Necesitaba moverse, despejar su mente antes de trabajar en el gimnasio. Salió a correr.
El gimnasio estaba casi vacío cuando llegó. A esa hora de la tarde todavía no había empezado el flujo habitual de gente que salía del trabajo. Solo algunos alumnos calentaban en silencio mientras la música sonaba baja desde los parlantes del fondo.
Daniel dejó la mochila en el banco de madera y saludó con un gesto a la recepcionista.
—Martín cayó con fiebre —dijo ella—. Gracias por venir.
Daniel se encogió de hombros.
—No hay problema.
Se cambió rápido y entró a la sala de escalada.
El muro ocupaba casi toda la pared principal del gimnasio. Presas de colores distribuidas en recorridos que se cruzaban unos con otros formando trayectorias imposibles para quien no supiera leerlas.
Daniel siempre había pensado que escalar era una forma de ordenar la cabeza. Cada movimiento obligaba a concentrarse en el siguiente punto de apoyo. Nada más.
Durante un rato funcionó.
Mientras explicaba el recorrido a los alumnos y corregía posturas, las preguntas sobre transferencias, empresas fantasma y símbolos triangulares quedaron en segundo plano.
Hasta que uno de los chicos mencionó algo sin importancia.
—¿Este año vamos a hacer viaje de escalada o no?
Daniel estaba ajustando una cuerda cuando levantó la mirada.
—Sí, hay que organizarlo.
—El año pasado fue Bariloche —dijo otra alumna—. Podríamos cambiar.
—O Chile —agregó alguien desde el fondo.
Daniel sonrió apenas.
—Primero veamos fechas —dijo—. Después decidimos destino.
Pero la idea ya se había instalado en su cabeza.
Mientras uno de los alumnos comenzaba a subir por la pared, Daniel caminó hacia el banco donde había dejado el celular.
Lo desbloqueó.
La dirección en Montevideo volvió a aparecer en su mente con una claridad incómoda.
Montevideo no tenía montañas.
Pero sí tenía acantilados y zonas de escalada cerca de la costa.
Y, sobre todo, estaba lo suficientemente cerca como para organizar un viaje corto.
Volvió a la pared y ayudó a asegurar la cuerda.
—Podríamos hacer algo distinto este año —dijo, como si lo pensara en voz alta.
—¿Cómo qué? —preguntó uno de los chicos.
Daniel miró hacia arriba, siguiendo el recorrido de las presas.
—Uruguay.
Hubo un pequeño silencio.
—¿Uruguay? —repitió alguien.
—Sí —dijo Daniel—. Hay zonas de escalada cerca de la costa. No es tan lejos, es barato y podríamos hacerlo en un fin de semana largo.
Los alumnos intercambiaron miradas.
—No suena mal —dijo la chica que había propuesto cambiar de destino.
—¿Cuándo?
Daniel pensó rápido.
Dos semanas le darían tiempo suficiente para revisar un poco más de información antes de viajar.
—En dos semanas —respondió—. Si conseguimos transporte.
La idea empezó a circular entre comentarios y preguntas prácticas.
Costo. Alojamiento. Equipo. Daniel escuchaba mientras anotaba mentalmente los detalles.
En apariencia estaba organizando un simple viaje de escalada.
Pero en su cabeza el mapa era otro.
Montevideo. La dirección de la empresa. El registro mercantil. Las transferencias.
Cuando la clase terminó, varios alumnos se quedaron hablando del viaje.
Daniel recogió las cuerdas y las guardó en el armario metálico.
—Si es en dos semanas tenemos que confirmar rápido —dijo uno de los chicos.
—Mañana lo organizo bien, yo me encargo —respondió Daniel.
Cerró el armario y apoyó la espalda contra la pared un momento. Dos semanas.
No parecía mucho tiempo. Pero podía ser suficiente.
Más tarde, cuando el gimnasio empezó a llenarse, Daniel se sentó en una mesa del fondo con el celular y repaso mentalmente varias cosas.
La dirección. Montevideo. Viaje de 2 semanas. Revisar sociedad. Buscar relación con Armando.
Si Armando había llegado a investigar las mismas empresas antes de morir, era posible que también hubiera seguido el rastro del dinero. Tal vez incluso… ¿había descubierto algo en Uruguay?
Algo que alguien no quería que se supiera.
Se dió cuenta de que estuvo divagando y mirando la pantalla del celular un buen rato. Entonces, prosiguió a contactar con empresas de turismo con las que habitualmente trabajaba para organizar la escalada.
Cuando levantó la vista, el gimnasio estaba lleno de gente.
Risas. Cuerdas tensándose. Música más fuerte. Todo parecía absolutamente normal. Pero la sensación incómoda seguía ahí. Como si al mover una pieza hubiera activado algo que todavía no podía ver.
Mientras se dirigía hacia la salida, su celular vibró.
Era una notificación del correo. Un mensaje automático del sistema de la empresa. Daniel frunció el ceño. Lo abrió mientras caminaba. El asunto era breve: Acceso a archivo registrado. Nada más.
El cuerpo del mensaje indicaba que uno de los documentos que había revisado la noche anterior había quedado marcado en el sistema de auditoría interna.
Daniel se detuvo un segundo en la vereda. No era necesariamente un problema. Ese tipo de registros existían para controlar accesos. Pero también significaba algo más. Alguien que revisara los registros podía ver qué archivos había consultado.
Guardó el celular en el bolsillo.
La noche estaba fresca y la calle iluminada por faroles amarillos. Daniel empezó a caminar hacia el estacionamiento.
El viaje a Uruguay ahora tenía una excusa perfecta. Un grupo de escalada. Un fin de semana largo. Un destino nuevo.
Pero mientras avanzaba entre los autos estacionados no podía evitar pensar en otra cosa.
Si el rastro del dinero llevaba hasta Montevideo… entonces lo que Armando había descubierto tal vez seguía esperando ahí.
Y si alguien había estado vigilando esos archivos durante años… era posible que ese alguien acabara de notar que alguien más había empezado a hacer preguntas.