Adele volvió temprano de almorzar para prepararse para la entrevista con el Sr. Gubermert, al salir del ascensor todo estaba en silencio, como casi siempre. Un silencio caro, pensó Adele mientras revisaba por tercera vez la carpeta que tenía frente a ella. Los ventanales daban a la avenida principal y desde esa altura la ciudad parecía ordenada, casi tranquila. Nada que ver con el caos que se movía unos pisos más abajo.
Gubermert es invitado a pasar y se dispone a sentarse al otro lado del escritorio, la observa hojeando unos documentos con la calma de quien sabe que cada número ya fue revisado antes de que lleguen a sus manos.
Adele lo saluda educadamente con la mano y le entrega la carpeta con sus inversiones.
—Entonces —dijo finalmente luego de hojear la carpeta—, ¿las inversiones en la sociedad de infraestructura siguen protegidas bajo la misma estructura?
Adele asintió.
—Sí. La sociedad matriz sigue siendo la misma y la participación minoritaria que adquirió el mes pasado quedó registrada correctamente. También revisé los instrumentos financieros asociados. No hay observaciones.
El hombre cerró la carpeta con un gesto satisfecho.
—Perfecto.
Adele anotó un par de observaciones en su agenda. Mientras escribía, su mente estaba en otro lugar.
Pensaba en el expediente de Armando. En la empresa de transporte. En las notas. Pero disimuló bastante bien porque su cliente no percibía ninguna distracción en sus explicaciones.
—Siempre me impresiona su eficiencia, doctora —dijo Gubermert.
Adele levantó la vista con una sonrisa profesional.
—Solo hago mi trabajo.
El hombre se acomodó en la silla.
—A veces el mejor negocio es el que no llama la atención - dijo el Sr Gubermert mientras firmaba los documentos ya revisados.
La frase quedó flotando en el aire un instante.
Adele cerró la carpeta en poder al corroborar que estuviera todo firmado.
—Tiene razón.
Pero al salir del despacho para acompañar a la salida a su cliente, mientras caminaba hacia el ascensor, la frase seguía resonando en su cabeza.
No llamar la atención.
Como las empresas que aparecían una y otra vez en los registros que había estado revisando.
Empresas que nacían, quebraban y volvían a aparecer con otro nombre.
Era hora de realizar una entrevista al conductor para comprobar si llevaría a alguna respuesta o a más laberintos mentales.
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El edificio de detención preventiva tenía el olor agrio de los lugares donde el tiempo se estanca. Un guardia la acompañó por un pasillo largo de paredes grises hasta una sala pequeña separada por un vidrio.
El conductor ya estaba sentado cuando ella entró.
Parecía más cansado que la última vez. Más delgado también. Tenía las manos entrelazadas sobre la mesa.
—Buenos días —dijo Adele.
El hombre levantó la vista.
—No pensé que iba a volver.
Adele dejó su carpeta sobre la mesa.
—Usted pidió que lo representara.
El conductor hizo un gesto ambiguo.
—Sí… pero eso no significa que tenga algo nuevo para decir.
Adele lo observó unos segundos. —Creo que sí.
El hombre frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque eligió que yo lo representara —respondió Adele—. Y eso suele significar que espera algo a cambio.
Silencio.
El conductor miró el vidrio, como si comprobara que nadie estuviera escuchando.
—Yo solo manejaba —dijo al fin.
—Eso ya lo dijo —respondió Adele con calma—. Pero también sé que eligió hacerlo para una empresa específica. Y que llevaba rutas específicas.
El hombre bajó la mirada.
—Transportaba lo que me pedían.
—¿Sin preguntar?
El conductor dudó. — Sin preguntar demasiado.
Adele abrió su cuaderno.
—¿Cuándo empezó a sospechar?
El hombre tardó unos segundos en responder.
—Hace años.
Levantó la vista.
—Un compañero tuvo un accidente. Nada grave… un choque chico. Pero el camión se abrió.
—¿La carga quedó expuesta?
El hombre asintió.
—Si. Y las cajas no coincidían con los papeles.
Adele no dijo nada.
—A los pocos días apareció un policía —continuó el conductor—. Empezó a hacer preguntas.
—Armando.
El hombre asintió otra vez. — Sí. Ese.
Por un momento pareció recordar algo.
—No era como los otros.
—¿Cómo?
—No vino a buscar una coima. Ni a hacerse el importante.
Se inclinó hacia adelante.
—Vino a entender.
Adele sintió un leve escalofrío.
—¿Qué preguntaba?
—Rutas. Cargas. Empresas.
El hombre se quedó en silencio.
—Un día escuché a uno de los gerentes hablar por teléfono.
—¿Qué dijo?
El conductor dudó antes de repetirlo: — Dijo que ese policía… estaba preguntando por cosas que no debía.
Adele dejó de escribir.
—¿Quién lo dijo?
—No sé el nombre —respondió el hombre—. Pero siempre hablaban de él como “el contador”.
Adele anotó la frase.
—¿Qué pasó después?
—Nada.
El conductor se recostó en la silla.
—Al poco tiempo dijeron que el policía se había suicidado.
Adele lo miró fijamente.
El hombre sostuvo su mirada — Pero ese tipo no se suicidó.
Silencio.
—¿Por qué cree eso?
El conductor suspiró — Porque antes de que muriera… empezaron a vigilarlo.
Adele sintió que el aire en la habitación se volvía más pesado.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque a mí también me empezaron a seguir.
Adele cerró el cuaderno.
—¿Quién?
El conductor negó con la cabeza.
—No lo sé.
Luego agregó algo más, casi en voz baja.
—Pero todos los camiones que movían la carga… tenían un símbolo pequeño en la documentación.
—¿Qué símbolo?
El hombre dibujó algo en el vidrio con el dedo: Un triángulo abierto en un costado.
—Nunca supe qué significaba —dijo.
Adele lo memorizó.
El conductor se levantó cuando el guardia anunció que el tiempo había terminado.
Antes de irse, volvió a mirarla.
—Si está preguntando por Armando… alguien va a saberlo.
De regreso en la oficina, Adele encendió su computadora.
Entró en el sistema interno de la firma y buscó el archivo del expediente antiguo.
Los registros aparecieron en la pantalla: Nombres. Fechas. Movimientos. Armando. Ernesto. Gennaro.
Las llamadas se concentraban en los días previos a la muerte del policía.
Adele sintió un nudo en el estómago. Estaban investigando juntos. Pero algo más llamó su atención.
En la esquina inferior del sistema aparecía un detalle que no recordaba haber visto antes: Última consulta del archivo: hace dos días.
Adele frunció el ceño. No había sido ella. Tampoco Kevin. Revisó el usuario registrado.
Solo aparecía un código interno, el sistema no muestra quién.
Alguien más estaba mirando ese caso.
¿Daniel? ¿Franco? ¿alguien de la empresa? ¿La red que mató a Armando.
Eso la inquieta. Significa que alguien más está mirando el caso ahora.
Al volver a su oficina, Adele le solicita a Sara organizar una reunión con Kevin pero en la sala de conferencias más chica.
Kevin revisa la información que Adele encontró. La sala de conferencias pequeña estaba vacía cuando llegaron.
Adele le pasó los documentos.
Él los revisó con atención.
—Esto es interesante.
—¿Qué ves?
Kevin señaló un par de nombres.
—Estas empresas aparecen y desaparecen cada pocos años.
—Lo sé.
—Pero mira esto.
Marcó una lista.
—Son siempre los mismos socios.
Adele lo observó — Cambian la razón social.
Kevin asintió — Declaran quiebra, cierran, y al poco tiempo abren otra.
—¿Para qué?
Kevin se recostó en la silla.
—Para mover cosas sin dejar rastro.
—¿Dinero?
—Dinero… mercadería… documentos. Esto no lo hace cualquier contador.
Adele pensó en el accidente del camión en la época en que Armando era detective, en el conductor de ahora.
Kevin levantó la vista.
— Tienen balances que están perfectamente ordenados, demasiado perfectos. Eso explica porque no es fácil rastrearlos, pero tienen que tener contactos para que se aseguren de que no llamen la atención o directamente no miren ¿Estás segura de que quieres meterte en esto?
—Solo quiero entender qué pasó con este conductor, si es inocente o culpable
Kevin la miró unos segundos más.
Sabía que no era toda la verdad.
Y tenía razón, porque Adele no sólo quería saber la implicación del conductor. También quería resolver uno de los misterios más grandes: Armando.
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En su oficina, Gennaro miraba la ciudad desde la ventana cuando su teléfono vibró.
El mensaje era breve: Adele revisó el expediente.
Gennaro cerró los ojos un instante y agachó su cabeza. Sabía que ese momento iba a llegar.
La mesa de los domingos estaba llena de platos y conversaciones cruzadas.
Adele y Daniel estaban jugando en la hamaca colgada del árbol en el fondo del patio.
En la mesa, Gennaro y su socio hablaban en voz baja.
- Armando cree que encontró algo —dice su socio, el padre de Adele
- ¿Qué?
- Aparentemente hay una red de empresas fantasmas ligadas al transporte que Ernesto quiere que contratemos.
Gennaro negó con la cabeza pero dirigió su mirada a la punta de la mesa donde Ernesto y la hermana de Irmina hablaban con la Nonna.
- Eso es demasiado grande.
Irmina apareció con una bandeja.
- ¿Otra vez hablando de trabajo?
Los hombres sonrieron.
- Siempre… digo Nunca - respondió Gennaro queriendo sonar gracioso para sacar seriedad a la conversación
Pero días después todo cambió.
Armando murió. Al tiempo Irmina enfermó. Y llegó la advertencia…
Gennaro abrió los ojos.
Si Adele estaba investigando… si Daniel estaba revisando archivos… si las advertencias habían vuelto a aparecer…
Entonces el pasado no estaba enterrado.
Y si eso era cierto… la red que había matado a Armando seguía ahí.