Durante el último año, Lucía ha permanecido en un profundo estado de coma, sumida en un silencio que ha dejado a sus seres queridos con un peso emocional abrumador. Su habitación en la clínica se ha convertido en un refugio constante para familiares y amigos, quienes, con pesar en sus corazones, la visitan regularmente en la esperanza de algún signo de mejoría.
sin embargo ella no ha logrado despertar es como si estuviera muerta en vida.
— ¿Cuánto más retrasaremos la inauguración de la empresa? — le pregunta Mireya a Daniel.
En el último año, Daniel ha experimentado una pausa en su existencia, como si el reloj hubiera marcado una pausa dolorosa en su vida cotidiana. El ritmo frenético de sus días se ha desvanecido, eclipsado por la preocupación constante que lo atormenta mientras enfrenta la realidad implacable del estado de Lucía.
Su trabajo, que una vez fue el epicentro de sus preocupaciones diarias, ahora yace en un segundo plano, relegado por completo a un rincón de su mente mientras se enfrenta a la encrucijada entre el deber laboral y la angustia personal. Las responsabilidades laborales se han vuelto opacas frente a la magnitud de la lucha por la salud de la persona que ama.
Daniel ha relegado por completo sus responsabilidades en la empresa Montero en su hermana Florencia y Alejandro tampoco tiene cabeza para nada.
La apertura de la empresa, que normalmente sería emocionante, ahora es solo un detalle. Solo importa si puede ayudar a la recuperación de Lucía, la salud de Daniel es lo más importante. Su vida se ha vuelto una difícil elección entre su trabajo y la preocupación constante por Lucía, haciendo que la inauguración de la empresa pierda importancia en comparación con la ansiedad por la salud de su ser querido.
— Hasta que Lucía despierte, si esta empresa existe, es por ella. Mi padre y yo pensamos en la empresa como una forma de tenerla cerca. — Le dijo Daniel a Mireya.
— Daniel, no quiero ser cruel, pero en el mundo de los negocios no hay lugar para los sentimientos. ¿No has pensado que Lucía tal vez nunca despierte? — Pronuncia Mireya. — Además, quiero que comprendas que ella estaba mal de la cabeza, no era una mujer estable, y todo lo que le ocurrió fue por su culpa, no la tuya.
— Sé que lo hará, ella despertará, y no vuelvas a expresarte de ese modo de ella. — dice Daniel.
Cada día, Daniel se aferra a una frase que se repite incansablemente en su mente. Esta oración se convierte en su ancla emocional, un recordatorio constante para no perder las esperanzas. Para él, estas palabras son más que simples letras; son un faro que ilumina su camino en medio de la incertidumbre. Con cada repetición, busca encontrar fuerzas y consuelo, ya que, en la situación con Lu, estas esperanzas son el único tesoro que aún le pertenece.
— Me gustas, eso no es un secreto. Si te dieras una oportunidad conmigo...
— Lo siento, pero no, responde él.
Daniel, en un acto reiterado, vuelve a rechazar a Mireya, pero esta mujer no se caracteriza por rendirse con facilidad. En su mente, fragua la convicción de que tarde o temprano él cederá a sus encantos.
Para Mireya, la persistencia es su aliada, y aunque Daniel haya resistido en el pasado, ella confía en que, con el tiempo, logrará conquistar su atención y afecto. La determinación en sus pensamientos revela una confianza inquebrantable en su capacidad para cambiar el rumbo de la relación.
Además, Mireya cuenta con el respaldo de la madre de Daniel, Lucrecia, quien le ha asegurado que su hijo pronto olvidará por completo a la bastarda y se fijará en ella. .
En la mente de Lucrecia, la posibilidad de que Lucía no despierte se presenta como una ventaja, ya que esto garantizaría que nadie pueda disputar la herencia que está en juego. La maquinaria de manipulación y ambición se pone en marcha.
En ese instante, Maximiliano y Adriana se encontraban inmersos en la última fase de las complejas negociaciones de su divorcio, acompañados por su abogado. El ambiente era tenso, pero tras un arduo proceso, lograron alcanzar un acuerdo mutuo. Ambos, exhaustos emocionalmente, reconocieron que no tenían la energía necesaria para seguir librando batallas legales, sobre todo teniendo en cuenta la complic
— Están oficialmente divorciados — les informa el abogado.
— Gracias por todo lo que hiciste por mí y mi hija — le dice Adriana, expresando su gratitud.
— Gracias a ti por todo lo que vivimos juntos con nuestra hija, por dejarme ser parte de su vida — responde Maximiliano, reflejando nostalgia en sus palabras.
A pesar de que están divorciados, siguen apoyándose mutuamente y siguen siendo amigos.
En la clínica, Daniel espera ansiosamente su turno para hablar con el doctor. Se le ve inmerso en una conversación profunda, buscando comprender cada detalle sobre la condición de Lucía. Esta rutina se ha convertido en una constante diaria, donde antes de ingresar a la habitación de Lucía, Daniel busca ansioso cualquier novedad sobre su estado de salud.
La tensión en sus gestos y su mirada reflejan la carga emocional que lleva consigo en este proceso, revelando la preocupación constante que lo acompaña en este difícil camino.
— No hay novedades; todo está bien físicamente. Ella debería despertar. No entiendo por qué no lo hace — informa el doctor con preocupación.
— Gracias, doctor — le da un cheque —. Por favor, no quiero que le cobre a mis suegros; ellos son muy orgullosos y ahora estamos algo distanciados.
— Claro, joven Montero — asiente el doctor, aceptando la solicitud de Daniel con comprensión.
Después del impacto sufrido por Lucía, el resentimiento de Adriana hacia Daniel ha crecido, mientras que Franco ha orquestado un veneno sutil hacia Maximiliano, generando aversión hacia la presencia de Daniel junto a Lucía.
Daniel, ingenioso, ha logrado encontrarse con ella con la colaboración discreta de Alejandro, quien ostenta derechos como padre de Lucía.
Cubriendo los costos hospitalarios, Daniel mantiene esta ayuda financiera en secreto, consciente de la dificultad que enfrentaría la familia de Lucía para sufragar la clínica de alto costo.
Aunque el patrimonio de los Montero es también de Lucía, sus progenitores, especialmente Adriana, rechazan acceso a la fortuna, alimentando un odio arraigado hacia todo lo vinculado con Alejandro Montero y su familia.
Con mirada cautivada, Daniel contemplaba a Lucía sumida en un sueño tranquilo. Avanzó con delicadeza hacia ella, su proximidad revelando una conexión íntima, y posó un beso suave en su frente, como un gesto de afecto silencioso.
En la cama del hospital, el cabello rubio de Lucía se despliega en cascadas sobre la almohada, creando una escena serena y a la vez melancólica. Sus ojos celestes, generalmente vibrantes, permanecen cerrados, ocultando la chispa que solían tener. La palidez de su piel se destaca, evidenciando una fragilidad que contrasta con la vitalidad que solía irradiar. En este estado de reposo, Lucía parece estar inmersa en un profundo sueño, dejando un aire de misterio sobre el motivo por el cual sus ojos no se abren para recibir la luz que ilumina la habitación.
Daniel se ve sumido en una profunda añoranza por Lucía; cada rincón de su ser parece resonar con la falta de su presencia. La voz de Lucía, sus miradas cautivadoras, los besos compartidos y el cálido contacto de su piel son elementos que persisten en su mente día tras día. En medio de este torrente de pensamientos, se hace evidente que su amor por ella no solo permanece, sino que se intensifica con el tiempo. La culpa no es solo un peso en su corazón, sino un recordatorio constante de la responsabilidad que siente por su estado.
La reflexión sobre si debería haber percibido antes la necesidad de ayuda profesional para Lucía lo atormenta. Se cuestiona si podría haber hecho algo más para brindar el apoyo necesario. Estas preguntas resuenan en su mente, formando una melodía de autocrítica que acompaña su amor inquebrantable por Lucía.
—Aquí estoy, como todos los días. Sabes, todo está listo para la empresa. Solo faltas tú — toma su mano y luego se la besa con ternura —. Mi luz, hoy te cantaré tu canción favorita — promete Daniel, con un gesto cargado de emotividad, mientras la habitación parece llenarse de la melodía nostálgica que solo él puede percibir.
Daniel se sumerge en la tarea de cantarle a Lucía su canción favorita. La habitación del hospital se llena de notas cargadas de emociones, resonando con la melodía que ha compartido con ella tantas veces antes. En estos últimos meses, ha sido un constante narrador, leyéndole obras de teatro y libros, pero hoy es la canción la que ocupa el espacio.
Lucía, en su inmutable quietud, escucha cada palabra, cada nota, a pesar de que su despertar sigue siendo esquivo. La paradoja se manifiesta en la habitación: la música flota en el aire, vibrante y llena de vida, mientras Lucía permanece en un silencio inalterable, atrapada en el enigma de su propio sueño profundo.
— Lu, debo irme antes de que me vea tu madre o tendré problemas. Te amo — murmura Daniel con ternura, depositando un beso suave en sus labios como despedida. Con cuidado se separa y se retira de la habitación, dejando en el aire la promesa silenciosa de que volverá.
Lucía, con gran lentitud, abrió sus ojos, sumida en la confusión al no reconocer su entorno. La sensación de aturdimiento la envolvía. Una enfermera se acercó para revisarla, confirmando que había recobrado la conciencia.
— ¿Dónde estoy? — logra hablar.
— Tranquila, el doctor no tarda en llegar. Permítame revisar sus signos vitales. Su novio se acaba de ir, y usted acaba de despertar. Lo que causa el amor.
— ¿Franco?— le pregunta Lucía a la enfermera mientras ella la revisa.
— Quieta, señorita Montero.
Lucía ríe — Se está equivocando, mi nombre es Lucía Mendoza, no Montero, no conozco ese apellido.