Amnesia

1558 Words
Lucía Inmersa en un mareo abrumador y desconcierto, su mente era un enigma, sin recordar qué sucedió ni entender por qué se encontraba en la clínica, sin la presencia reconfortante de sus padres o su novio a la vista. Un suspiro de alivio surcó su ser cuando su padre ingresó a la habitación. Su abrazo fue un bálsamo, y el beso en su mejilla transmitió calma y seguridad, disipando momentáneamente la confusión que la envolvía. — Mi princesa volviste — dice entre lágrimas. — Papá, ¿dónde estoy? ¿Qué pasó? No entiendo nada. — Tranquila, princesa, tuviste un accidente, te atropellaron y estuviste unos meses en coma, pero ahora estás bien. — Quiero ver a mi mamá y a Franco. — Ahora vienen, están en la sala de espera. Tras la salida de papá, ingresaron mamá y Franco. Los ojos de mamá, al igual que los de papá, revelaban hinchazón, testigos silenciosos de las preocupaciones acumuladas durante estos meses. La expresión de ambos reflejaba la angustia y el cuidado constante que habían dedicado, sumergiéndose en la incertidumbre de su estado. Mamá la abraza fuerte — Mi amor, ¿cómo te sientes? — Confundida, mamá, me siento como en blanco. ¿Cuánto tiempo estuve acá? — Pocos meses, princesa — le dice Franco abrazándola. — Ay, se me parte la cabeza — se queja. — Voy por el doctor, tú tranquila — dice mamá yéndose. — Fran, amor, debiste preocuparte mucho por mí — le pregunta. De repente, él interrumpe el abrazo y su mirada cambia drásticamente, adquiriendo un matiz extraño y enigmático. Sus ojos, que antes reflejaban afecto, ahora emiten una expresión desconcertante, dejándola intrigada y preguntándose qué pensamientos ocultos se agitan en su mente. — Sí, me preocupé mucho por ti, mi amor. ¿Te sientes bien? Asiente. — Te amo — le besa los labios suavemente y él sigue el beso. En el momento preciso en que se distancian, su madre irrumpe en la habitación, acompañada por un hombre vestido de blanco, presumiblemente el doctor. La atmósfera se carga de una expectación silenciosa mientras el nuevo personaje se integra a la escena, generando una pausa llena de incertidumbre sobre lo que está a punto de suceder. — Lucía, debes descansar. — No quiero estar sedada, doc — le pide. — Entonces, tranquila. Después de revisar sus signos vitales y recetarle un analgésico para el dolor de cabeza, el doctor concluyó su visita y se retiró. Lucía se sumergió en un breve sueño, solo para despertarse con la apertura de la puerta. Un hombre de traje azul y corbata blanca, de ojos verdes y cabello oscuro, ingresó; aparentaba la edad de su padre. A su lado, un joven de cabello castaño y ojos azules, vestido de manera más sencilla con una camisa roja algo desabotonada y jeans azules. Sus ojos revelaban hinchazón, como si hubieran derramado lágrimas recientemente. La perplejidad se reflejó en el rostro de Lucía mientras los observaba. La sensación de desconexión creció al darse cuenta de que parecían desconocidos; le asaltó la sospecha de que podrían haberse equivocado de habitación, ya que hasta ese momento, solo estaba ella presente en ese espacio. El muchacho se le acerca — ¿Cómo te sientes, mi luz? Definitivamente, se equivocó. Lucía se llama Lucía, no Luz, y no los conoce. — ¿Quiénes son ustedes? — Hija, no me asustes — le dice el tipo, tomando sus manos. — Señor, se está confundiendo, mi padre se llama Maximiliano. — Lucía, no me reconoces, mírame — el muchacho acaricia su rostro. Ella se aparta de inmediato. Estas personas ya la están asustando. Tal vez quieran hacerle daño. Comienza a gritar con todas sus fuerzas — ¡Váyanse, no los conozco, váyanse, no me hagan nada! —, por favor, la alteran — dice una enfermera llegando — Está bien, calma Lu— le dice Daniel — Calma, señorita Montero, o tendré que sedarla — Todos están locos, no soy Montero, mi apellido es Mendoza, quiero ver a mi papá. Lágrimas salieron desbordantes de sus ojos, como pequeñas gotas que narraban la angustia y la confusión. En un gesto de desesperación, intentó despojarse del suero que la conectaba con el mundo hospitalario, como si quisiera liberarse de una realidad incomprensible. Sin embargo, la enfermera, con manos diestras, le administró una inyección cuyo contenido desconocido la sumió en un sueño profundo, como las sombras que acogen la conciencia en medio de la incertidumbre. El velo de la inconsciencia cayó sobre ella, llevándola a un estado de reposo donde los sueños y la realidad se entrelazaban en un tejido indescifrable. Daniel no podía creer que Lucía no lo haya reconocido. No pudo olvidarlo después de todo lo que vivieron juntos; él era el amor de su vida. Maldita sea el día en que terminó con ella, si no lo hubiera hecho, ahora estarían felices y nada de esto hubiera ocurrido. Se dirigió a la sala de espera con su padre, donde estaban los demás. En pocos minutos llegó el doctor de Lucía. — Doctor, Lucía no nos reconoció — le informa Alejandro — No puede ser.— Expresa Max— ¿Cómo que no los reconoció? ¿Qué le pasa a mi hija, doctor? — pregunta Maximiliano algo preocupado. — Es lo que voy a averiguar. Tras un intervalo de media hora que pareció una eternidad, el doctor regresa a la sala de espera. La tensión flota en el aire mientras Daniel, con gesto preocupado, observa la expresión en el rostro del médico. La mirada del profesional parece cargar consigo un peso, como si los resultados de los estudios realizados a Lucía fueran portadores de noticias significativas. El silencio se vuelve palpable, y la ansiedad crece mientras todos esperan ansiosos escuchar lo que el médico tiene para compartir sobre la condición de Lucía. — ¿Qué le pasa a Lucía? — pregunta Maximiliano, visiblemente preocupado. — Al parecer, no recuerda los últimos años de su vida. — responde el doctor con seriedad. — Eso no puede ser — comenta Daniel, sorprendido, su mirada reflejando una mezcla de incredulidad y preocupación. — Así es, cree que tiene dieciocho años. — añade el médico, dando a entender la complejidad de la situación con un tono grave. — Doctor, ¿por qué Lucía no recuerda nada? ¿Fue por el golpe?— Pregunta Maximiliano — Maximiliano, estamos analizando el caso, pero parece que no se debe solo al golpe. Hay indicios de que podría estar relacionado con un trauma más profundo en el interior de Lucía. — ¿Un trauma? No puede ser, ella estaba bien antes del accidente.— Expresa Adriana — Entiendo tu preocupación, pero a veces los traumas internos pueden afectar la memoria de manera compleja. Le recomendaría que la lleven cuanto antes a un psicólogo. Hay algo en su pasado que, por alguna razón, ya no quiere recordar. — ¿Psicológico? Pero, ¿no es un problema físico?— Inquiere Adriana, ella no desea que su hija vaya con ese médico. No le parece necesario. — A veces las heridas más profundas no son visibles desde fuera. Un psicólogo puede ayudar a desentrañar lo que está sucediendo en su mente y facilitar el proceso de recuperación. En la mente de Daniel, la incredulidad se mezcla con la tristeza al darse cuenta de que Lucía no recuerda momentos cruciales de su vida juntos: el encuentro con su padre Alejandro, los días en España, y, sobre todo, a él. Sin embargo, la convicción de que debe ser fuerte por Lucía lo impulsa a contener las lágrimas que amenazan con asomarse. Franco, por otro lado, muestra una sonrisa sutil pero notoria, intentando ocultar su satisfacción ante la situación. Daniel percibe su intento de disimulo y comprende que a Franco le conviene que Lucía lo recuerde a él y no a Daniel. La idea de que Lucía pueda pensar que aún son novios es evidente, y esto despierta en Daniel una determinación férrea: no permitirá que Franco se aproveche de la situación y le arrebate a Lucía. — Doctor, mi hija me tiene que recordar — dice Alejandro, con un tono de preocupación en su voz. — Les recomiendo no presionarla; los recuerdos tienen que volver solos. — aconseja el doctor con seriedad. — ¿Y si no lo hace? — pregunta Daniel, expresando su inquietud. — Ya escuchaste, no hay que presionarla — interviene Franco, intentando mantener la calma. — Claro, porque te conviene. — comenta Daniel, señalando la actitud de Franco. — Deja de decir estupideces, yo quiero lo mejor para Lucía. — responde Franco, defendiendo su posición. — Eso ni tú te lo crees. — replica Daniel, desconfiado. — Basta los dos, compórtense. Doctor, ¿qué sigue con mi hija? — interviene Maximiliano, buscando respuestas en medio de la tensión. Desde la perspectiva de Daniel, el alivio se apodera de él al comprender que Lucía está fuera de peligro. Aunque la amnesia se presenta como la única secuela, la gratitud hacia esa pequeña bendición se mezcla con la determinación de apoyarla. En medio de la incertidumbre, la certeza de que todos deben estar allí para ayudar a Lucía a recuperar sus recuerdos y guiarla hacia una vida normal se arraiga como un compromiso compartido. La unidad familiar se convierte en un baluarte necesario para enfrentar los desafíos que se avecinan.
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