Franco
Los días han transcurrido rápidamente; hoy, finalmente, le dieron el alta a Lucía. La expectación llena el ambiente mientras tía Adriana y yo nos preparamos para llevarla a casa.
Estoy decidido a que todo vuelva a ser como antes con Lucía. Su regreso a mi vida reavivó el amor entre nosotros, y sería un idiota si no aprovecho esta oportunidad para estar a su lado.
Me propongo enamorarla nuevamente, revivir esos momentos donde éramos la razón de la felicidad del otro. Recordaré cómo ella se sentía tan plena entre mis brazos, en mi cama, y confío en que, al recordar, me amará con la misma intensidad, deseando nunca separarse de mí. Ella es completamente mía; su amor por mí es tan profundo como el mío por ella, por eso me reconoce a mí y no a ese idiota.
Aunque temporalmente se haya confundido, la perdono con la esperanza de que, al recordar, nuestro amor resurja con más fuerza.
Desde que era una niña, Lucía me fascinaba. Disfrutaba tenerla siempre a mi lado, siendo mi mejor amiga. Cuando la volví a ver al regresar de Estados Unidos, caí perdido en su hechizo.
En un principio, me negué a aceptar que me gustaba. La veía como una niña torpe, y sabía que era virgen. Temía la reacción de mis tíos y mi mamá si la lastimaba, y en ese momento, no quería tener una sola novia.
Sin embargo, con el tiempo, me di cuenta de que estaba despertando la atención de otros compañeros en la universidad. No permitiría que nadie más la tuviera por eso le pedí que seamos novios.
Durante un año, aguardé con paciencia el momento de tener a Lucía entre mis brazos. Finalmente, se entregó completamente enamorada, estaba lista para ser mi esposa y construir la familia que siempre anhelamos. Sin embargo, la intervención de los Montero trajo consigo la desgracia, alterando la vida y cambiando a Lucía. A pesar de ello, ahora he logrado recuperarla.
Con cuidado, la sostuve en brazos al sacarla del auto, llevándola desde la entrada hasta la puerta de la casa. Aunque físicamente está en buen estado y puede caminar, se percibe que aún se encuentra débil.
— No es necesario — responde, intentando evitar complicaciones.
— Claro que sí, princesa — añadí con ternura, reconociendo la importancia de su deseo.
La dejé con cuidado en el sofá, tomando asiento a su lado. Tía Adriana, atenta, le sirvió un vaso de agua junto con sus medicinas, las cuales tomó sin protestar.
— Lu, deberías descansar hasta la hora del almuerzo.
— Quiero estar con ustedes, no acostada todo el día.
— No discutas, amor. Podemos subir a tu cuarto y ver unas películas. Sabes que por ti miro esas películas cursis y tontas que tanto amas —bromeé.
Ella rió —no son tontas, como yo miro esos tontos partidos de fútbol.
Recordar nuestras disputas por cosas triviales era reconfortante; definitivamente, todo había vuelto a la normalidad. Lucía recuperó su lugar como mi todo.
— ¿Y mi padre? —pregunta.
— Debe estar viniendo.
No podemos revelarle la verdad sobre el divorcio de sus padres y que él es ahora la pareja de mi madre. Su relación se intensificó con la separación de Max y Adriana, junto con el accidente de Lucía. Mi madre siempre estuvo enamorada de Max, aunque él correspondía ese sentimiento a Adriana. Ella se retiró y se casó con mi padre, pero esa unión terminó de la peor manera.
Mi padre me confió esto hace tiempo, tratando de justificar su infidelidad hacia mamá y su abandono.
Aunque nunca estuve de acuerdo con esa relación, mi madre es una adulta; no puedo imponerle decisiones y me beneficia tener a Lu cerca.
No repetiré sus errores; no dejaré ir a Lucía. Solo yo puedo hacerla feliz; lo intenté antes y casi muere por culpa de Daniel.
Sin embargo, ahora que ha perdido la memoria. Intentaré persuadir a mamá para que termine con esa relación.
Justo cuando estábamos inmersos en la conversación, Miranda llegó, temo que diga algo imprudente y complique aún más las cosas.
— Buenos días, ¿cómo estás, Lu? —besa su mejilla.
— Mal, me tratan como a una inútil —Lucía abraza a Miranda.
— No exageres, Lu. Vayan al cuarto mientras yo hablo unos asuntos con Franco —dice mi tía.
Ellas asienten, y juntas suben las escaleras; Miranda ofrece su apoyo para ayudar a Lucía a subir. Observo con cierta aprehensión, no me agrada que Miranda tenga contacto cercano con Lu. Temor de que diga algo que despierte recuerdos en Lucía me inquieta. No deseo que recupere la memoria hasta que pueda reconquistar su corazón.
— Miranda no le dirá nada, ¿verdad? —le pregunto a Adriana.
— No, todos saben que no le pueden decir nada; el doctor dijo que ella debe recordar sola o podría afectarle.
— No confío en Daniel; ese tipo es capaz de todo para que Lucía lo recuerde.
— Ni yo, por su culpa mi hija casi muere.
— Me gustaría llevarme a Lucía lejos, donde nadie nos conozca, tía —le comento.
— Te apoyaría para alejarla de los Montero; definitivamente, pero Maximiliano nunca lo aceptaría.
— Lo sé, el tío Max no lo permitiría, aunque no tiene que enterarse. Tú eres su madre, y Lucía no está en condiciones de elegir qué es lo mejor para ella. Sería por su propio bien —le comento.
— No lo sé, Franco, lo pensaré.
— Está bien, tía.
El sonido del timbre irrumpe en la conversación, y mi mirada se dirige a la ventana. Ahí está, Daniel, el desagradable. Su osadía al pensar que le permitiré ver a mi novia raya en la locura.
No hay motivo alguno para que mi mujer tenga una conversación con este miserable. No tiene ni la necesidad ni la obligación de dirigirle la palabra. Su presencia es simplemente innecesaria.
— Ese tipo —Adriana rodea los ojos.
— Yo me encargo, tía. Asegúrate de que Lucía no salga.
Caminé decidido hacia la entrada de la casa, giré la perilla, dejando que la puerta se abriera y, al entrar, la cerré con firmeza tras de mí. En ese instante, nos encontramos a solas. Ya no es necesario ocultar la intensidad del odio que siento hacia él; la mirada refleja la hostilidad que atraviesa cada fibra de mi ser.
— ¿Qué quieres aquí?
— No es obvio, imbécil, ver a mi novia.
Reí —No es tu novia, y obvio no la verás.
— No te saldrás con la tuya, Franco.
Le sonreí —no te entiendo, Daniel. Tú dejaste a Lucía; que no te recuerde es lo mejor que te puede pasar. Lárgate a España y haz tu vida como desees, ella ya no te buscará más, es perfecto para ti.
— No sé quiénes se creen tú y Adriana. La sacaron prácticamente a escondidas del hospital; no pueden hacer eso, tenemos derechos.
Él ríe —Lucía no los recuerda, imbécil, y no sabes lo feliz que soy. Nunca debí permitir que Lucía vaya a España, pero corregiré ese error.
— Tú solo quieres aprovecharte de ella, y no te lo permitiré.
— No puedes hacer nada; ella no te recuerda. No existes, su único amor soy yo.
— No por mucho tiempo; ella me recordará.
— Sigue soñando. Ahora vete.
— Por ahora, no es lo último que sabrás de mí. —Luego de decir eso, se va.
Sin duda, este individuo no se dará por vencido. Es imperativo alejar a Lucía de él; no permitiré que me la arrebate de nuevo. La determinación de protegerla se vuelve más fuerte.
Ella es exclusivamente mía, y en este momento, no me importa nada más que tenerla a mi lado.