Capítulo:12

570 Words
El lunes no perdona El lunes llegó demasiado rápido. Valeria entró a la empresa con el mismo paso firme de siempre, pero por dentro todo estaba revuelto. Se recordó que ese lugar era su trabajo, que Sebastián era su jefe y que lo ocurrido el sábado debía quedarse fuera de esas paredes. Respiró hondo antes de sentarse en su escritorio. —Buenos días —saludó, profesional. —Buenos días —respondieron. Todo parecía normal. Demasiado normal. Sebastián llegó minutos después. Traje impecable, expresión controlada. Apenas cruzó el lobby, su mirada la buscó sin querer. Valeria lo sintió antes de verlo. No se saludaron. Él entró a su oficina y cerró la puerta. Valeria bajó la vista al monitor, obligándose a concentrarse. Sus manos estaban frías. Pasó una hora. Luego otra. Hasta que el intercomunicador sonó. —Valeria —dijo su voz—. ¿Puedes pasar, por favor? El corazón le dio un vuelco. Entró. Sebastián estaba de pie junto a la ventana. No se giró de inmediato. —Siéntate —dijo. Ella obedeció. —Quiero que sepas —comenzó— que lo del sábado no va a interferir con tu trabajo. Valeria lo miró con calma. —Yo tampoco lo permitiría. Sus miradas se sostuvieron un segundo de más. —Necesito que prepares la agenda de la semana —continuó él, volviendo al tono profesional—. Y confirmes la reunión del jueves. —Claro. Se levantó para irse. —Valeria —la detuvo. Ella se giró. —Gracias… por haber sido honesta. —No sé ser otra cosa. Salió. Desde su escritorio, Valeria intentó volver a la normalidad. Pero cada vez que Sebastián salía de su oficina, el aire cambiaba. Cerca del mediodía, sintió una presencia distinta. Alzó la vista. Renata. No necesitó presentación. La reconoció al instante. Su porte, su mirada firme, esa manera de ocupar el espacio como si le perteneciera. Valeria se puso de pie, por respeto. —Buenos días, Valeria —dijo Renata, con una sonrisa controlada—. Veo que el lunes llegó cargado. —Buenos días —respondió Valeria—. ¿Necesita algo? Renata la observó con detenimiento. —Nada en particular —dijo—. Solo pasaba a saludar… después de lo del fin de semana. La frase cayó con intención. —Sebastián no está ahora mismo —aclaró Valeria, manteniendo la calma. —Lo sé —respondió Renata—. Pero no vine solo por él. Se acercó un poco más. —Supongo que no fue fácil —añadió—. Pasar la noche fuera por trabajo… solos. Valeria sostuvo su mirada. —Fue una situación imprevista —dijo—. Y estrictamente profesional. Renata sonrió apenas. —Claro —respondió—. Profesional. En ese momento, la puerta del despacho se abrió. —Renata —dijo Sebastián, sorprendido—. No sabía que vendrías hoy. Ella se acercó y tomó su brazo con naturalidad, marcando territorio. —Quería verte —dijo—. Y asegurarme de que todo sigue en orden. Sebastián tensó la mandíbula. —Todo está en orden. Valeria ya se había sentado, concentrada en la pantalla, como si no existieran. Renata la observó una última vez antes de entrar a la oficina con Sebastián. Y entonces lo supo con certeza: El lunes no había sido casual. Ni su visita tampoco. Porque cuando el amor se siente amenazado, el control suele llegar antes que la verdad.
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