Capítulo:1
Me enamoré sin darme cuenta del precio.
Al principio el amor no pidió nada, solo prometió quedarse.
Yo no sabía que algunas promesas no atan por fuerza,
sino por ternura.
Llegué tarde.
No un poco tarde. Tarde de esas que hacen sudar las manos y olvidar el nombre propio. El reloj marcaba las nueve y doce cuando crucé la calle corriendo, con el currículum doblado dentro del bolso y la dignidad apenas sosteniéndose en mis zapatos.
Fue entonces cuando choqué con él.
Literalmente.
—Fíjate por dónde caminas —dijo, seco, sin siquiera mirarme bien.
No me detuve. No podía.
Seguí avanzando mientras respondía por encima del hombro:
—Fíjate tú, que voy tarde.
—Eso no quita que seas una maleducada —añadió, ahora sí con tono molesto.
Me giré. El error fue girarme.
—¿Maleducada yo? —dije, respirando agitada—. ¿Y tú qué eres? ¿El policía del buen comportamiento?
Él alzó una ceja, incrédulo.
—Al menos sé pedir disculpas.
Solté una risa corta, nerviosa.
—Pues felicidades. Pídete una medalla… y quítate del camino.
—Grosera —murmuró.
—Arrogante —le devolví.
Y me fui.
Sin pedir perdón.
Sin mirar atrás.
Convencida de que jamás volvería a ver ese rostro serio, esos ojos oscuros y esa expresión de superioridad tan irritante.
⸻
El edificio era imponente. Cristales, silencio, gente elegante caminando como si nadie llegara nunca tarde. Respiré hondo antes de anunciarme en recepción.
—Entrevista para el puesto de asistente ejecutiva —dije, intentando parecer alguien que tenía su vida bajo control.
La entrevistadora fue amable. Demasiado. Me hizo preguntas, sonrió, revisó mi currículum y, para mi sorpresa, dijo:
—El puesto es tuyo. El CEO busca a alguien con carácter, rapidez y criterio propio.
Parpadeé.
—¿Así de rápido?
—Así de rápido. Él te espera en una hora.
Una hora.
Mi estómago se cerró.
⸻
Cuando entré a la oficina del CEO, lo primero que vi fue la espalda de un hombre junto a la ventana. Traje impecable. Postura segura. El mismo aire de autoridad que ya había aprendido a detestar esa mañana.
Se giró.
Y el mundo decidió burlarse de mí.
Era él.
El mismo hombre.
El del choque.
El del “maleducada”.
El del “grosera”.
Me miró en silencio durante unos segundos eternos. Luego sonrió. No una sonrisa amable. No.
Una sonrisa peligrosa.
—Vaya —dijo, cruzando los brazos—. Así que tú eres mi nueva asistente.
Tragué saliva.
—Parece que sí… señor.
Sus ojos brillaron con algo que no supe nombrar.
—Llegas tarde, insultas desconocidos… —hizo una pausa—. Interesante comienzo.
Respiré hondo, decidida a no retroceder.
—Y usted juzga rápido y ocupa demasiado espacio en la acera.
Su sonrisa se ensanchó.
—Esto va a ser… muy entretenido.
Y sin saberlo aún, acababa de caer en la trampa más dulce de todas.