El primer día nunca es inocente
Llegué quince minutos antes.
No por puntualidad, sino por miedo.
El miedo a llegar tarde otra vez, a tropezar con el destino cuando aún no sabía cómo mirarlo a los ojos.
La recepción estaba silenciosa, elegante, ajena a mis pensamientos. Ajusté mi blusa, respiré hondo y repetí mentalmente que solo era un trabajo.
Un buen trabajo.
Nada más.
—Buenos días, Valeria —dijo la recepcionista—. El señor Alvarado la espera.
El señor Montoya.
Caminar hasta su oficina fue como avanzar hacia una escena que ya había ocurrido, pero desde otro ángulo. Cada paso me recordaba el choque, el insulto, la sonrisa peligrosa.
Cuando entré, Sebastián estaba de pie, revisando unos planos enormes extendidos sobre la mesa. No levantó la vista de inmediato.
—Cierre la puerta, por favor.
Obedecí.
—Espero que hoy no venga corriendo —añadió sin mirarme.
—Hoy salí más temprano —respondí—. Aprendo rápido.
Eso hizo que alzara la vista.
Sus ojos se detuvieron en mí con calma, evaluándome. No había rastro del hombre molesto de la acera. Este era otro. Más frío. Más seguro.
—Eso me gusta —dijo—. Necesito eficiencia, discreción y criterio. ¿Cree poder con eso?
—Creo que puedo con más —respondí antes de pensarlo.
Una pausa.
Sonrió apenas.
—Bienvenida, entonces.
⸻
Las horas pasaron entre llamadas, correos, agendas imposibles y nombres que aún no lograba memorizar. Sebastián trabajaba sin descanso. No levantaba la voz. No dudaba. Todo en él era control.
—El café —dijo en un momento—. Sin azúcar.
—Lo recordaré.
—No es necesario. Lo tomaré siempre igual.
Algo en esa frase me incomodó.
Como si no dejara espacio para cambios.
A media mañana, la puerta se abrió sin anunciarse.
Ella entró.
Alta. Impecable. Segura de sí misma.
—Sebastián —dijo con familiaridad—. Llegas tarde a almorzar hoy.
Sus ojos se posaron en mí de inmediato.
—Renata —respondió él—. Ella es Valeria, mi asistente.
Mi asistente.
Renata me observó de arriba abajo, sin disimulo. Su sonrisa era educada, pero tensa.
—Encantada —dijo—. No sabía que estabas contratando tan… rápido.
—Las buenas decisiones no esperan —contestó él.
Algo se quebró en el aire.
—Espero que sepas manejar la presión —me dijo ella, acercándose un poco—. Sebastián es muy exigente.
—Lo sé —respondí—. Yo también lo soy conmigo misma.
Su mirada se endureció apenas un segundo.
—Perfecto.
Besó a Sebastián en la mejilla y salió como si el lugar le perteneciera.
Yo seguí trabajando.
O fingí hacerlo.
—No le hagas caso —dijo él sin levantar la vista—. Renata suele ser… intensa.
—No me molesta.
Mentí.
Al final del día, me quedé ordenando documentos. Sebastián tomó su abrigo.
—Buen trabajo hoy, Valeria.
—Gracias.
Se detuvo en la puerta.
—Y… sobre esta mañana —añadió—. No suelo confiar en personas que llegan tarde e insultan desconocidos.
Mi corazón se aceleró.
—Pero —continuó—, algo en ti me dice que no te rindes fácil.
Me miró de una forma distinta.
No como jefe.
No como desconocido.
—No lo hago —dije.
Asintió.
—Lo veremos.
Cuando se fue, me quedé sola en la oficina.
Con el eco de su voz.
Con la certeza incómoda de que algo había empezado… y no sabía cómo terminaría.
Y sin darme cuenta, ya no pensaba en el trabajo.
Pensaba en él.