Las preguntas que despiertan.
Valeria llegó a casa más tarde de lo habitual.
Dejó las llaves sobre la mesa y encontró a su madre en la cocina, removiendo una olla con la atención puesta en otra parte.
—Llegaste —dijo Elena, sin girarse—. ¿Cómo estuvo el día?
—Movido —respondió Valeria—. Estamos preparando la presentación de los nuevos socios.
Se sentó y la observó unos segundos.
Había algo que llevaba días rondándole la cabeza.
—Mamá… —dijo por fin— ¿puedo preguntarte algo?
Elena se tensó apenas. Casi imperceptible.
—Claro.
—Sobre mi papá.
El cucharón se detuvo.
—¿A qué viene eso ahora? —preguntó, retomando el movimiento como si nada.
—No lo sé —respondió Valeria con honestidad—. Solo… me dieron ganas de saber más. De él. De por qué se fue. De si alguna vez intentó volver.
Elena suspiró.
—Valeria, eso fue hace mucho tiempo.
—Pero es parte de mí —insistió—. Y siento que hay cosas que no sé.
Elena apagó el fuego y se giró por fin.
—Tu padre se fue a estudiar al extranjero —dijo—. Y nunca regresó. Eso es todo lo que necesitas saber.
—¿Nunca volvió a llamar? ¿Nunca preguntó por mí?
Elena desvió la mirada.
—No hablemos de eso hoy —dijo—. Estás cansada.
Valeria entendió el mensaje.
Ese tema seguía siendo una herida abierta.
—Está bien —respondió—. Perdón.
Se levantó y la abrazó.
—Te quiero, mamá.
—Y yo a ti.
Pero mientras subía a su habitación, Valeria supo que esa historia no estaba cerrada.
Solo había sido guardada.
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Más tarde, llamó a Camila.
—Necesito tu opinión —dijo apenas respondió.
—Eso suena a drama o a Sebastián —contestó su amiga—. ¿Cuál es?
Valeria sonrió.
—Las dos cosas.
Le contó todo. La ausencia de Renata. La invitación a cenar. La frase directa: no tengo novia.
—Ajá… —dijo Camila—. Eso no se dice a la ligera.
—Lo sé —respondió Valeria—. Y no sé si debería aceptar.
—¿Quieres?
Valeria dudó.
—Sí.
—Entonces acepta —respondió Camila—. No estás rompiendo nada. Él ya tomó su decisión.
—¿Y si se complica?
—Se va a complicar de todas formas —rió—. Pero esta vez, al menos, no estás haciendo nada mal.
Valeria se recostó en la cama.
—Tengo miedo de ilusionarme.
—Eso ya pasó —dijo Camila—. Lo que tienes ahora es miedo de sentir de verdad.
Valeria cerró los ojos.
—¿Crees que deba ir?
—Creo —respondió Camila— que la vida no te está preguntando si quieres. Te está dando una oportunidad.
Colgaron.
Valeria se quedó mirando el techo, pensando en su padre, en su madre, en Sebastián… en todo lo que parecía empezar a moverse al mismo tiempo.
A veces, las preguntas llegan antes que las respuestas.
Y las invitaciones no siempre son a cenar…
a veces son a cambiarlo todo.