Capítulo:21

857 Words
Lo que el tiempo no pudo borrar. Gabriel Montoya permanecía de pie frente al ventanal de su hotel, observando la ciudad iluminada que se extendía bajo sus pies. Habían pasado muchos años desde la última vez que había estado allí, pero la sensación era inquietantemente familiar. Como si el pasado hubiera estado aguardándolo pacientemente, escondido entre edificios y recuerdos. La presentación había sido un éxito. Los números, los aplausos, las felicitaciones… todo había salido según lo planeado. Y aun así, nada de eso lograba ocupar su mente. Había algo más. Alguien más. Valeria. Desde el instante en que sus ojos se encontraron con los de ella, algo profundo se había removido en su interior. No supo explicarlo. No era atracción. No era simple curiosidad. Era una sensación más primitiva, más visceral. Como si una parte de él la reconociera antes de que su razón pudiera reaccionar. Pero no era Valeria lo que ahora lo tenía despierto. Era el nombre que había escuchado en la boca de Sebastián, casi por casualidad, al final de la noche. —¿Ya hablaste con Elena? El nombre lo golpeó como un puñetazo en el pecho. Elena. Gabriel cerró los ojos y el pasado regresó sin pedir permiso. La recordó joven, con el cabello suelto, los ojos llenos de sueños, caminando por los pasillos de la universidad con libros apretados contra el pecho. La recordó riendo, discutiendo con él sobre arquitectura, sobre la vida, sobre lo injusto del mundo. La recordó amándolo sin reservas, sin miedo. Y también recordó el día en que se la arrebataron. —No es una mujer para ti —le había dicho su padre—. No pertenece a nuestro mundo. Él había peleado. Había gritado. Había prometido volver. Pero la vida… la vida había decidido otra cosa. Gabriel apoyó una mano contra el vidrio frío del ventanal. —Nunca dejé de amarte —susurró al vacío. Y ahora estaba allí. En la misma ciudad. Con el mismo nombre resonando otra vez en su vida. ¿Sería ella? ¿Sería posible que, después de tantos años, el destino se atreviera a cruzarlos de nuevo? ⸻ En otro lugar de la ciudad, Elena se movía lentamente por la cocina, como si cada paso pesara más de lo normal. Había decidido preparar croquetas, una receta sencilla, casi mecánica, algo que mantuviera sus manos ocupadas… y su mente distraída. Pero no funcionaba. El nombre no la dejaba en paz. Gabriel Montoya. El aceite chisporroteaba en la sartén, pero ella apenas lo escuchaba. Su mirada estaba perdida, fija en un punto invisible frente a ella. —No puede ser él —murmuró. Había muchos Gabriel Montoya en el mundo. Tenía que ser una coincidencia. Una cruel coincidencia. Y aun así… Elena cerró los ojos. Recordó la manera en que él la miraba. Como si fuera la única mujer en el mundo. Recordó sus manos, su voz, las promesas hechas en voz baja, en noches llenas de planes y sueños que nunca llegaron a cumplirse. Recordó el día en que él se fue al extranjero. —Volveré por ti —le había dicho—. Te lo prometo. Y ella le creyó. Esperó. Esperó hasta que la espera dolió demasiado. Hasta que la vida siguió sin él. El sonido de algo quemándose la sacó de sus pensamientos. Elena reaccionó tarde; una de las croquetas estaba demasiado dorada. La sacó de la sartén con manos temblorosas. —Cálmate —se dijo—. Ya pasó demasiado tiempo. Pero su corazón no entendía de razones. Valeria había mencionado el nombre con tanta naturalidad… como si no supiera que acababa de abrir una herida que nunca cerró del todo. —¿Y si es él? —se preguntó en voz baja—. ¿Y si después de todo este tiempo… volvió? Elena se apoyó en el mesón, llevándose una mano al pecho. No. No podía permitirse esa esperanza. Había construido una vida. Había criado sola a su hija. Había aprendido a sobrevivir sin él. Y aun así… La idea de que Gabriel estuviera tan cerca la hacía sentir vulnerable. Asustada. Viva. ⸻ Gabriel se sentó en el borde de la cama, soltando el nudo de la corbata como si le faltara el aire. Tomó su celular y abrió una vieja fotografía que nunca había tenido el valor de borrar. Elena. Sonriendo. Joven. Eterna. —Si eres tú… —susurró—. Si de verdad eres tú… necesito verte. La imagen de Valeria volvió a su mente. Esa conexión inexplicable. Esa sensación familiar. —Dios… —murmuró—. ¿Y si…? No terminó la frase. El miedo se mezcló con la esperanza. ⸻ Elena apagó la estufa y se sentó a la mesa, sin fuerzas para seguir cocinando. Miró el reloj. Valeria aún no bajaba. —No le diré nada —decidió—. No todavía. Pero en su interior sabía que el silencio tenía los días contados. Porque si el nuevo socio era ese Gabriel… el hombre que amó y aún ama… el pasado no solo había regresado. Había venido a exigir respuestas. Y a reclamar lo que el tiempo nunca logró borrar.
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