La elegancia del desastre
El salón de conferencias estaba casi listo. Pantallas encendidas, técnicos ajustando luces, murmullos bajos. El tipo de ambiente donde un error no pasa desapercibido.
Valeria revisó su bolso por tercera vez.
La memoria USB no estaba.
Sintió el golpe en el pecho antes de permitirle llegar al rostro.
—Sebastián —dijo en voz baja—. La memoria… no la tengo.
Él la miró, serio.
—¿Cómo que no la tienes?
—Estaba aquí —respondió, buscando con más urgencia—. La revisé anoche.
El reloj marcaba diez minutos para la presentación.
Sebastián pasó la mano por su nuca.
—Ese archivo es clave.
—Lo sé.
Valeria levantó la vista y vio a Renata al fondo del salón, observándolos con una calma inquietante. Sostenía su bolso con demasiada seguridad.
El corazón de Valeria latió con fuerza.
—¿La dejaste sola en algún momento? —preguntó Sebastián.
Valeria recordó el lobby del hotel. El café. El bolso abierto sobre la silla.
—Sí.
Sebastián cerró los ojos un instante.
—Tenemos cinco minutos.
La presión empezó a sentirse en el aire.
Renata se acercó.
—¿Todo bien? —preguntó—. Los veo tensos.
—Estamos solucionando algo —respondió Sebastián sin mirarla.
Renata sonrió.
—Qué pena. Justo hoy, con tanta gente importante.
Valeria respiró hondo.
—No pasa nada —dijo con calma—. Tengo una copia.
Sebastián la miró, sorprendido.
—¿Estás segura?
Ella abrió otro compartimento del bolso y sacó una segunda memoria.
—Siempre hago respaldo.
Renata parpadeó. Solo una vez.
Pero Valeria lo vio.
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La presentación fue impecable.
Valeria manejó los tiempos, respondió preguntas, anticipó dudas. Sebastián la observaba con una mezcla de orgullo y algo más difícil de nombrar.
Los aplausos no fueron efusivos, pero sí respetuosos. De esos que valen.
Al terminar, uno de los inversionistas se acercó.
—Excelente exposición —dijo—. Se nota el trabajo detrás.
—Gracias —respondió Valeria.
Sebastián apoyó una mano breve en su espalda.
Un gesto mínimo.
Pero suficiente.
Renata los observaba desde lejos, con el rostro rígido.
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Más tarde, en el pasillo, Sebastián habló.
—Lo que hiciste hoy fue… —buscó la palabra—. Profesional.
—Era mi responsabilidad.
—No todos piensan en un plan B.
Se acercó un poco más.
—Me salvaste.
Valeria sostuvo su mirada.
—Para eso estoy.
Renata apareció detrás de ellos.
—Felicitaciones —dijo—. Fue una presentación perfecta.
Valeria sonrió.
—Gracias.
Renata inclinó la cabeza.
—La previsión es una virtud… cuando no se convierte en desconfianza.
Valeria la miró sin bajar la guardia.
—Prefiero estar preparada —respondió—. Siempre.
Renata sostuvo la mirada un segundo más de lo debido. Luego se fue.
Sebastián exhaló lentamente.
—No debió pasar.
—Pero pasó —dijo Valeria.
—Y lo manejaste mejor que nadie.
El silencio se alargó.
—Vamos —añadió él—. Necesitamos aire.
Valeria asintió.
No sabía que había ganado una batalla.
Solo que alguien acababa de perder el control.
Y que el amor, cuando se siente amenazado, deja de fingir.