El nombre que rompe el silencio.
La música seguía sonando en el salón, elegante, discreta, casi ajena a la tormenta silenciosa que comenzaba a formarse entre ciertas miradas. Valeria intentaba mantenerse concentrada, sonreír cuando era necesario, responder con cortesía a los comentarios de los invitados. Pero su mente no dejaba de regresar a un solo punto.
Miguel de la Fuente.
Él se acercó con una copa en la mano, seguro, cómodo en ese ambiente que siempre había sido su terreno. Se detuvo frente a ella con una sonrisa que conocía demasiado bien.
—No pensé volver a verte así —dijo—. Tan… distinta.
Valeria sostuvo su mirada, firme.
—La vida cambia a las personas —respondió—. A algunos más que a otros.
Miguel sonrió de lado.
—Sigues siendo directa. Me gustó eso de ti.
—Ya no importa lo que te gustaba de mí —contestó ella con frialdad.
Miguel dio un paso más cerca.
—Importa más de lo que crees.
Antes de que Valeria pudiera responder, una voz masculina se interpuso.
—¿Hay algún problema aquí?
Sebastián.
Se colocó a su lado, sin tocarla, pero dejando clara su presencia. Miguel lo observó con calma, midiendo.
—Ninguno —respondió—. Solo estaba saludando a una vieja conocida.
Sebastián sostuvo la mirada.
—Valeria está trabajando. Si necesita algo, puede canalizarlo conmigo.
Miguel arqueó una ceja.
—Veo que ahora tienes guardaespaldas.
Valeria respiró hondo.
—Miguel, por favor —dijo—. No es el momento.
Miguel levantó las manos en señal de rendición.
—Claro. No querría incomodar a nadie… todavía.
Se alejó lentamente.
Valeria sintió un temblor recorrerle el cuerpo. Sebastián la miró de reojo.
—¿Estás bien?
—Sí —respondió ella, aunque no estaba segura—. Gracias.
—No tienes que agradecerme —dijo él—. No permitiré que nadie te falte el respeto.
Ese “nadie” resonó más fuerte de lo que debía.
Mientras tanto, desde el otro lado del salón, Renata observaba la escena con el ceño fruncido. No le había gustado ver a Sebastián tan pendiente de Valeria. Ni la manera en que Miguel parecía disfrutar incomodándola.
Nada estaba saliendo como ella había planeado.
La fiesta continuó, pero para Valeria el tiempo avanzaba pesado. Cuando por fin Sebastián se acercó de nuevo, su expresión era seria.
—Ya es suficiente por hoy —dijo—. Te llevo a casa.
—No quiero causarte problemas…
—No los causas —respondió—. Vámonos.
Miguel los vio marcharse. Sus labios se curvaron en una sonrisa pensativa.
—Esto se va a poner interesante —murmuró.
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El trayecto en el auto fue silencioso. La ciudad pasaba frente a ellos, iluminada, indiferente.
—Lo siento —dijo Valeria finalmente—. No pensé que…
—No tienes que disculparte —la interrumpió Sebastián—. Él es parte del trato, no tú.
Valeria asintió, mirando por la ventana.
—Gracias por defenderme.
Sebastián la miró brevemente.
—Siempre lo haré.
Cuando llegaron, Sebastián bajó del auto y la acompañó hasta la puerta.
—Descansa —le dijo—. Mañana será otro día.
—Buenas noches, Sebastián.
—Buenas noches, Valeria.
Ella entró a la casa con el corazón revuelto.
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Su madre estaba en la sala.
Sentada en silencio, con un vaso de agua entre las manos, como si la hubiera estado esperando desde hacía horas. Valeria se sorprendió.
—Mamá… ¿todo bien?
—Sí —respondió Elena—. Solo… quería saber cómo te fue.
Valeria dejó su bolso y se sentó frente a ella.
—Fue una noche intensa —dijo—. Presentaron a los nuevos socios.
Elena asintió, atenta.
—¿Ah, sí? ¿Y quiénes son?
—Uno es Miguel de la Fuente —dijo Valeria, sin notar el leve gesto de tensión en el rostro de su madre—. El otro…
Hizo una pausa.
—El otro se llama Gabriel Montoya.
El vaso cayó al suelo.
El sonido del cristal rompiéndose fue seco, brutal. El agua se esparció por el piso. Valeria se levantó de inmediato.
—¡Mamá! ¿Te cortaste?
Elena negó con la cabeza, pálida.
—No… no es nada —susurró.
Pero sus manos temblaban.
—¿Te sientes bien? —insistió Valeria.
Elena se sentó lentamente, como si le faltaran fuerzas.
—¿Dijiste… Gabriel Montoya?
—Sí —respondió Valeria, confundida—. ¿Lo conoces?
Elena tragó saliva. Su mirada se perdió en algún punto del pasado.
—Ella hizo silencio, se levantó de la silla. Me voy a Dormir.
Valeria ¿ pero estás bien mamá? .
—sí, solo tengo sueño, estuve despierta mucho rato.
Elena se levantó, evitando mirarla.
—Es tarde, hija. Ve a descansar.
—Mamá…
—Por favor —dijo con firmeza forzada—. Hablaremos otro día.
Valeria la observó en silencio. Sabía que algo importante acababa de abrirse… y que su madre aún no estaba lista para enfrentarlo.
Esa noche, mientras Valeria se acostaba sin poder dormir, un nombre resonaba en su mente con más fuerza que nunca.
Gabriel Montoya.
Sin saberlo, el pasado había vuelto a tocar la puerta.
Y esta vez, no pensaba.