Capítulo:4

630 Words
Preguntas que no buscan respuestas El restaurante estaba envuelto en una luz tibia, calculada para que todo pareciera más bello de lo que era. Velas discretas, copas finas, música suave. El lugar exacto donde las conversaciones importantes se disfrazan de romanticismo. Renata cruzó las piernas con elegancia mientras observaba a Sebastián. —Hace tiempo que no cenábamos solos —dijo, sonriendo—. Te extrañaba. —He estado ocupado —respondió él, tomando un sorbo de vino. Ella inclinó la cabeza, estudiándolo. —Lo sé. La empresa siempre primero. Hizo una pausa. —Aunque últimamente llegas más tarde que de costumbre. Sebastián no levantó la vista del plato. —Contraté una nueva asistente. Ha requerido ajustes. Renata sonrió apenas. —¿Ah, sí? Movió la copa con suavidad. —¿Cómo se llama? —Valeria. Repitió el nombre en silencio, como si lo probara. —¿Es eficiente? —Mucho. —¿Discreta? —Lo suficiente. Renata apoyó el codo sobre la mesa. —¿Joven? Sebastián alzó la mirada. —Eso no es relevante. —Claro que lo es —respondió ella con dulzura—. Las personas jóvenes suelen confundir admiración con otra cosa. Él se recostó en la silla. —Valeria sabe cuál es su lugar. La frase quedó suspendida entre ambos. Renata sonrió, pero sus ojos no lo hicieron. —Me alegra oírlo —dijo—. No me gustaría que alguien confundiera las cosas. Sebastián tomó su mano sobre la mesa. —No tienes nada de qué preocuparte. Ella apretó sus dedos. —Nunca lo hago… hasta que tengo razones. El silencio volvió, cómodo solo en apariencia. —La invité mañana a una reunión importante —continuó él—. Necesito a alguien que anticipe mis movimientos. —Eso suena… íntimo —comentó Renata, inclinándose hacia adelante. —Es trabajo. —Todo empieza así —susurró ella. Sebastián retiró la mano con cuidado. —Renata, estás exagerando. Ella rió suavemente. —Tal vez. Pero me conoces. Me gusta cuidar lo que es mío. Pidieron postre. Hablaron de proyectos, de viajes, de apariencias. Todo correcto. Todo perfecto. Pero cuando Renata fue al baño, sacó el teléfono y buscó un nombre. Valeria Cruz. Sonrió. El amor, cuando se siente amenazado, deja de ser romántico. Y ella acababa de empezar a defenderlo. La mañana transcurrió sin sobresaltos. Demasiado tranquila para mi gusto. Organizaba la agenda de Sebastián cuando sentí su presencia antes de escucharlo. Siempre era así. No hacía ruido, pero el aire cambiaba cuando entraba. —¿Está lista la presentación? —preguntó. —Sí —respondí—. La ajusté como pidió. Se acercó al escritorio. Demasiado. Pude oler su perfume. Algo sobrio. Seguro. —Veamos —dijo. Incliné la pantalla hacia él. Nuestros hombros se rozaron apenas. Fue mínimo. Inofensivo. Pero no retrocedí. —Buen trabajo —murmuró. No me miró. Y eso fue peor. —Gracias —dije, intentando mantener la voz firme. Se enderezó y caminó hacia la ventana. —Renata vendrá a la oficina esta semana —comentó, como quien habla del clima—. Quiero que estés presente. —¿Por qué? —pregunté sin pensar. Se giró lentamente. —Porque confío en ti. La frase cayó pesada. No era romántica. Pero se sintió íntima. —Entiendo —respondí. —Eso espero. Hubo un silencio incómodo. O tal vez no lo fue tanto. —Valeria —dijo antes de salir—. No todo lo que parece una oportunidad lo es. Lo miré, sorprendida. —¿Eso es un consejo? Me sostuvo la mirada unos segundos. —Es una advertencia. Y se fue. Me quedé sola otra vez. Con el corazón acelerado. Con una pregunta que no me atreví a formular. Porque algunas advertencias no buscan protegerte… sino prepararte para caer.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD