Capítulo:23

818 Words
Cuando todo empieza a encajar. La sala de juntas estalló en aplausos. Las pantallas aún mostraban las cifras finales del acuerdo recién cerrado, y el murmullo de satisfacción recorría a los directivos como una corriente eléctrica. El proyecto había sido aprobado sin objeciones, los inversionistas confirmados y la empresa acababa de asegurar el contrato más importante del año. Sebastián Alvarado permanecía de pie en la cabecera de la mesa, con las manos apoyadas con firmeza y una expresión contenida, pero en sus ojos brillaba algo que no intentaba ocultar: triunfo. —Excelente trabajo —dijo finalmente—. Esto nos coloca en una posición privilegiada para los próximos años. Las miradas se dirigieron, casi de inmediato, hacia Valeria. Ella había sido el engranaje silencioso que mantuvo todo en orden: documentos, presentaciones, detalles imposibles que solo ella parecía anticipar. Cuando Sebastián se giró hacia ella, no lo hizo como presidente… sino como hombre orgulloso. —Especialmente tú —añadió—. Nada de esto habría sido posible sin tu precisión. Valeria sintió un calor recorrerle el pecho. —Gracias —respondió, profesional, aunque la emoción se le escapó en la voz. La reunión terminó entre felicitaciones y promesas de brindis futuros. Cuando la sala quedó casi vacía, Sebastián se acercó a ella. —¿Tienes planes esta noche? —preguntó, como quien intenta sonar casual y no lo consigue del todo. Valeria lo miró. —No… ¿por qué? Sebastián sonrió, relajado por primera vez en el día. —Porque quiero invitarte a celebrar. Te lo mereces. Valeria dudó un segundo. —¿Celebrar… cómo? —Cena —respondió—. Solo cena. Ese “solo” cargaba más intención de la que parecía. —Está bien —aceptó ella—. Me encantaría. El restaurante tenía una atmósfera cálida, íntima, lejos del ruido de la ciudad. Sebastián eligió una mesa apartada, donde las luces suaves parecían envolverlos en una burbuja privada. Pidieron vino. Brindaron. —Por el triunfo —dijo él. —Por el trabajo bien hecho —respondió ella. Las primeras palabras fueron ligeras, pero pronto la conversación empezó a girar hacia terrenos más personales. —Nunca te he preguntado —dijo Sebastián—. ¿Cómo es Valeria fuera de la oficina? Ella sonrió, un poco nerviosa. —Mucho menos ordenada —bromeó—. Más soñadora. Más cansada también. Sebastián la observó con atención. —No parece que te permitas cansarte. —No siempre se puede —respondió ella—. Cuando eres responsable de alguien más, aprendes a seguir. —¿Tu mamá? Valeria asintió. —Ella lo es todo para mí. Siempre ha trabajado sin parar. Yo… solo intento aliviarle un poco la carga. Sebastián apoyó el codo en la mesa. —Eso habla mucho de ti. Hubo un silencio cómodo. —¿Y tú? —preguntó Valeria—. ¿Siempre supiste que querías esto? Sebastián sonrió, pero fue una sonrisa distinta. —No —confesó—. Aprendí que debía quererlo. Mi vida siempre estuvo trazada. A veces siento que no tuve opción. —¿Te pesa? —Más de lo que dejo ver —respondió—. Por eso este triunfo es distinto. Porque lo compartí contigo. Porque no me sentí solo. Valeria sostuvo su mirada. Algo se movió entre ellos, silencioso, profundo. —¿Alguna vez te enamoraste de verdad? —preguntó él, sin rodeos. Ella bajó la vista un instante. —Creí hacerlo —dijo—. Pero aprendí que el amor sin cuidado no es amor. Es solo costumbre. Sebastián apretó ligeramente los labios. —Nunca nadie me lo había explicado así. —Porque duele admitirlo —respondió ella. Cuando salieron del restaurante, la noche parecía distinta. Más cercana. Más viva. Y ninguno de los dos sabía que, en otro lugar, el pasado estaba a punto de irrumpir con violencia. ⸻ Gabriel Montoya abrió el expediente con la seguridad de quien cree estar preparado para cualquier verdad. No lo estaba. Leyó con atención los datos médicos. Fechas. Registros. Hasta que algo lo obligó a detenerse. Ella tuvo una hija 8 meses después que dejó el país, no se sabe nada del padre biológico. Gabriel volvió a leerlo. Ocho meses. Sintió que el estómago se le cerraba. —No… —susurró. Las fechas encajaban de una forma brutal. Demasiado exacta. Demasiado clara. Elena había dado a luz poco después de que él se marchara al extranjero. —Dios mío… —murmuró, llevándose una mano al rostro—. ¿Tuviste un hijo? Caminó por la oficina, respirando con dificultad. —¿Es mío? —preguntó al silencio. El expediente no decía el nombre del padre. Solo un vacío legal. Un espacio en blanco que ahora gritaba más que cualquier prueba. Gabriel cerró los ojos. Por primera vez en muchos años, el hombre poderoso, seguro, imparable… sintió miedo. El pasado no solo había regresado. Había venido a reclamarlo todo.
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