Valeria estaba sentada en el sofá del departamento de Sebastián, con una taza de té entre las manos que ya se había enfriado. Él había ido a la cocina a buscar algo para cenar, dejándola sola apenas unos minutos. Entonces, su teléfono vibró. Un mensaje. Número desconocido. El corazón le dio un vuelco antes incluso de abrirlo. Cuando la imagen apareció en la pantalla, el mundo pareció detenerse. Era Sebastián. Y Renata. No estaban simplemente cerca. Demasiado cerca. Ella tenía una mano apoyada en su pecho, él inclinado hacia ella, sus rostros peligrosamente próximos, como si el instante capturado hubiera sido robado justo antes —o justo después— de algo que no debía ocurrir. Valeria sintió cómo el estómago se le cerraba. El aire se volvió pesado. Las manos le empezaron a temblar.

