Capítulo:14

467 Words
Lo que se firma sin preguntar. Sebastián entró al despacho de su padre sin anunciarse. —Tenemos que hablar. Alejandro levantó la vista del escritorio, tranquilo, como si lo hubiera estado esperando. —Siéntate —dijo—. Imagino que ya te enteraste. Sebastián no se sentó. —¿Qué trato hiciste con el padre de Renata? —preguntó, directo. Alejandro entrelazó los dedos. —Negocios —respondió—. Nada más. —Compró el veinticinco por ciento de las acciones —continuó Sebastián—. Sin decirme una palabra. —Porque no tenía que decírtela —replicó su padre—. En arquitectura, Sebastián, no basta con el talento. Se necesita respaldo. Socios fuertes. Capital seguro. Sebastián apretó la mandíbula. —¿Y desde cuándo los negocios deciden con quién me caso? Alejandro lo miró con severidad. —Renata es parte del acuerdo. Siempre lo ha sido. —Terminamos —dijo Sebastián—. Ya no estamos juntos. Por primera vez, Alejandro mostró algo parecido a la indiferencia. —Ese ya no es mi problema. El silencio cayó pesado. —Las acciones están firmadas —continuó—. El dinero ya está invertido. No hay marcha atrás. Sebastián pasó una mano por el rostro. —Entonces dime algo —dijo—. Si ustedes tienen el cincuenta por ciento… y Renata el veinticinco… ¿quién tiene el otro veinticinco? Alejandro sonrió apenas. —Un viejo amigo. Sebastián frunció el ceño. —¿Amigo de quién? —Mío —respondió—. Hace años que no vive en el país. Pero regresará pronto. Habrá una presentación oficial de los nuevos socios. —¿Cuándo? —En unas semanas. Sebastián asintió despacio, sintiendo una inquietud que no sabía explicar. —Nada de esto te pertenece solo a ti —añadió Alejandro—. La empresa es más grande que tus emociones. Sebastián lo miró con una mezcla de rabia y decepción. —Algún día —dijo— entenderás que no todo se puede controlar con contratos. —Y tú —respondió Alejandro— entenderás que el amor no paga proyectos. Sebastián salió sin despedirse. ⸻ Muy lejos de allí, en otro país, un hombre cerraba una carpeta idéntica a la que Alejandro había firmado semanas atrás. Observó el documento con atención. El nombre de la empresa. El porcentaje exacto. Veinticinco por ciento. Suspiró. —Es hora de volver —murmuró. No sabía que tenía una hija. No sabía que su apellido estaba a punto de cruzarse con el de ella. No sabía que el destino ya había puesto en marcha un engranaje imposible de detener. Pero lo haría. Y cuando lo hiciera, nada volvería a estar en su lugar. Porque a veces, la sangre y el amor se encuentran primero en los negocios… y después reclaman su verdad
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