Capítulo:25.

1119 Words
La puerta del apartamento se cerró detrás de ellos con un golpe suave, casi imperceptible, pero el silencio que quedó fue ensordecedor. Valeria apenas tuvo tiempo de respirar cuando Sebastián volvió a acercarse. Sus manos encontraron su rostro con una seguridad que la desarmó; sus pulgares recorrieron sus mejillas como si quisiera memorizarla. —¿Estás bien? —preguntó en voz baja, observándola con una intensidad que le erizó la piel. Valeria asintió, aunque el corazón le latía tan fuerte que temía que él pudiera escucharlo. Tenía miedo, sí… pero era un miedo distinto, mezclado con una confianza que jamás había sentido con nadie. Sebastián lo notó. La manera en que ella apretaba los dedos contra su camisa. La respiración irregular. La forma en que sus labios temblaban apenas. —Valeria… —dijo con suavidad—. Mírame. Ella levantó la vista. Sus ojos estaban llenos de emoción, de nervios, de algo más profundo. —¿Es tu primera vez? —preguntó él, sin juicio, sin prisa. Valeria tragó saliva y asintió despacio. Sebastián cerró los ojos un segundo, como si esa confesión lo atravesara por completo. Cuando volvió a mirarla, había algo distinto en su expresión: cuidado, respeto… y un deseo aún más intenso. —No vamos a correr —dijo con voz firme—. Todo va a pasar como tú lo sientas. La besó de nuevo, pero esta vez lento, profundo, explorándola sin prisa. Valeria respondió con torpeza al inicio, pero pronto su cuerpo empezó a reconocer el ritmo, la cercanía, el calor que los envolvía. Las manos de Sebastián recorrieron su espalda con paciencia, como si cada centímetro importara. Valeria se aferró a él, sintiendo cómo el mundo se reducía a ese instante, a ese contacto, a esa sensación nueva que le recorría el cuerpo entero. Cuando la llevó hasta la habitación, lo hizo como si fuera algo precioso. Cada caricia fue un descubrimiento. Cada suspiro, una entrega. Valeria cerró los ojos, dejando atrás los miedos, confiando. Sebastián estuvo atento a cada gesto, a cada reacción, deteniéndose cuando sentía que ella lo necesitaba, avanzando solo cuando su cuerpo se lo pedía. Cuando finalmente se unieron, Valeria sintió una mezcla abrumadora de sensaciones: nervios, emoción, intensidad… y algo parecido a sentirse en casa. Sebastián la sostuvo con firmeza, acompañándola, susurrándole palabras que la tranquilizaban, que la anclaban a él. Nada fue apresurado. Nada fue vacío. Fue íntimo. Real. Profundo. Después, permanecieron abrazados, respirando al mismo ritmo. Valeria apoyó la cabeza en su pecho, escuchando su corazón. —Nunca había sentido algo así —susurró ella. Sebastián besó su cabello. —Ni yo —admitió—. Y eso me asusta… y me importa más de lo que debería. Ella sonrió, cerrando los ojos, sabiendo que esa noche ya había cambiado algo entre ellos para siempre. ⸻ El amanecer se filtró tímidamente entre las cortinas, dibujando líneas doradas sobre la piel de Valeria. Despertó despacio, con esa sensación extraña de felicidad que no sabía que existía: el cuerpo cansado, el corazón lleno, la mente aún flotando en la noche anterior. No estaba sola. Sebastián dormía a su lado, boca arriba, con un brazo extendido como si incluso dormido se negara a dejarla ir. Valeria lo observó en silencio, recorriendo con la mirada cada detalle: la mandíbula marcada, el ceño levemente fruncido, la respiración profunda y tranquila. Sonrió. Anoche había sido real. No un sueño. No una fantasía. Se movió apenas, y ese pequeño gesto fue suficiente para despertarlo. Sebastián abrió los ojos lentamente y, al verla despierta, algo en su expresión cambió. No era deseo inmediato… era algo más hondo, más peligroso. —Buenos días —murmuró, con voz grave, todavía cargada de sueño. Valeria sintió un escalofrío. —Buenos días —respondió, tímida, pero sin apartar la mirada. Sebastián se incorporó apenas sobre un codo, observándola como si la viera por primera vez. Pasó los dedos por su cabello desordenado, bajó lentamente hasta su mejilla. —¿Estás bien? —preguntó—. Anoche… —Estoy más que bien —lo interrumpió ella, con una sonrisa suave—. Estoy… feliz. Ese fue el punto de quiebre. Sebastián no sonrió. La besó. No fue un beso urgente, sino profundo, lento, como si quisiera repetir cada segundo de la noche anterior. Valeria respondió sin miedo esta vez, acercándose más, sintiendo cómo su cuerpo recordaba, cómo pedía. Las manos de Sebastián recorrieron su espalda con confianza, despertando sensaciones que Valeria aún estaba aprendiendo a nombrar. Ella suspiró contra sus labios, y él sonrió apenas, como si ese sonido fuera una victoria. —Anoche pensé que era imposible sentir algo más intenso —susurró él contra su cuello—. Me equivoqué. Valeria cerró los ojos cuando él la besó ahí, despacio, haciéndola estremecer. —Sebastián… —lo llamó, con la voz baja, cargada de emoción. —Mírame —pidió él. Ella lo hizo. Y en esa mirada no hubo duda, ni culpa, ni miedo. Solo deseo y una conexión que los arrastraba sin permiso. Sebastián la atrajo hacia él con firmeza, sin brusquedad, dejando que el ritmo lo marcara ella. Valeria se dejó guiar, confiando plenamente. Cada caricia era más segura, más profunda, más intensa que la anterior. Esta vez no hubo nervios. Solo fuego. El tiempo dejó de existir mientras se buscaban, mientras se perdían el uno en el otro, mientras el placer crecía sin prisa, pero sin pausa. Valeria se aferró a él, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba con una intensidad que jamás imaginó posible. Sebastián la sostuvo, la acompañó, atento a cada gesto, a cada respiración agitada. Cuando finalmente se dejaron caer juntos, lo hicieron riendo suavemente, agotados y satisfechos. Sebastián apoyó la frente en la de ella. —Esto… —dijo, aún sin aliento— no me había pasado nunca. Valeria sonrió, tocando su rostro. —A mí tampoco… y eso que pensé que el amor era otra cosa. Él la besó una vez más, lento, como una promesa. —Quiero que seas mi novia —dijo, sin rodeos, mirándola fijo—. No mañana. No después. Ahora. Valeria sintió que el corazón se le iba a salir del pecho. —Sí —respondió, sin dudar—. Sí quiero. Se abrazaron, permaneciendo así varios minutos, hasta que la realidad empezó a colarse por la ventana. —Cuando regresemos… —dijo ella con suavidad— prefiero que no digamos nada en la oficina todavía. Sebastián asintió, besándole la frente. —Como tú quieras —respondió—. Pero esto… —añadió, apretándola contra él— no lo escondo ni de mí mismo. Valeria cerró los ojos, sabiendo que ese viaje no solo había cambiado su vida… había encendido algo que ya no podría apagarse.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD