Capítulo:28

1132 Words
La mansión Alvarado estaba iluminada como en las grandes ocasiones. Las arañas de cristal proyectaban destellos cálidos sobre la mesa principal, cuidadosamente dispuesta para una cena que no era solo un compromiso social, sino un ritual entre viejos amigos. AlejandroAlvarado observaba el salón con satisfacción. Aquella noche cerraba un ciclo y abría otro. Gabriel Montoya llegó puntual. Vestía con la elegancia sobria que siempre lo había caracterizado, pero en sus ojos había algo distinto: una inquietud que no existía antes del desayuno con Elena. Saber que tenía una hija cambiaba la forma en que miraba el mundo… y esa noche debía disimularlo. —Hermano —dijo Alejandro al verlo entrar, abriendo los brazos. —Alejandro —respondió Gabriel, devolviéndole el abrazo—. Cuántos años… y qué poco ha cambiado esta casa. —Aquí el tiempo se respeta —bromeó Alejandro—. Pasa, estás en tu hogar. No era una frase vacía. Gabriel había crecido entrando y saliendo de esa mansión. No compartían sangre, pero sí una historia larga: sus padres habían sido socios inseparables y decidieron usar el mismo apellido como sello empresarial, creando una dinastía basada en la lealtad y el trabajo. —Sebastián ya debe venir en camino —comentó Alejandro mientras avanzaban hacia el salón—. Para él siempre has sido más que un amigo mío. Gabriel sonrió con nostalgia. —Lo vi crecer. Como si lo hubieran invocado, Sebastián cruzó la puerta principal en ese momento. Se detuvo apenas un segundo al ver a Gabriel, y luego sonrió con una mezcla de respeto y afecto genuino. —Tío Gabriel —dijo sin pensarlo, usando el apelativo de toda la vida. Gabriel abrió los brazos. —Mírate nada más —respondió, abrazándolo—. El niño que corría por estos pasillos ahora dirige la empresa. —Gracias a ti y a mi padre —contestó Sebastián—. Siempre fuiste parte de esto. Se separaron y se miraron con atención. Sebastián notó algo distinto en Gabriel, una gravedad nueva, pero no preguntó. Había aprendido desde pequeño que Gabriel hablaba cuando estaba listo. La cena transcurrió entre recuerdos del pasado, risas sinceras y conversaciones estratégicas. Alejandro hablaba con orgullo del crecimiento de la constructora; Gabriel aportaba ideas visionarias; Sebastián escuchaba y tomaba notas mentales, consciente de la responsabilidad que llevaba sobre los hombros. Gabriel sostuvo la copa, pero su mente viajó lejos. Y ahora también es una sangre, pensó. —Brindo por lo que hemos construido… y por lo que aún no sabemos que existe —dijo finalmente. Sebastián lo miró con curiosidad. —Siempre tan enigmático, tío —comentó sonriendo. Gabriel le devolvió la sonrisa, con un nudo en el pecho. Mientras tanto, en una casa de clase media, Elena caminaba inquieta por la cocina. El recuerdo del desayuno, la confesión y la mirada de Gabriel al despedirse la mantenían en vilo. —Todo va a cambiar —susurró—. Y no sé si estoy lista. En su habitación, Valeria estaba despierta. El beso de despedida de Sebastián aún le quemaba los labios. Se dejó caer sobre la cama con una sonrisa suave, sin imaginar que el hombre que había visto en la fiesta como socio poderoso acababa de cenar con el hombre que amaba… y que era su padre. De vuelta en la mansión, la cena llegaba a su fin. —Me alegra que hayas vuelto para quedarte —dijo Alejandro. Gabriel asintió. —Esta vez no pienso huir de nada. Sebastián lo observó con atención, sintiendo una inquietud inexplicable. Algo se movía bajo la superficie de su mundo perfecto. Y aún no sabía que ese algo tenía nombre… y llevaba la sangre de la mujer que amaba Eran las seis de la tarde cuando Valeria cerró la puerta de su casa con cuidado. El ruido de la ciudad quedaba atrás y el silencio conocido la recibió como un abrazo. Dejó la maleta junto a la pared y se quitó los zapatos despacio. —¿Valeria? —preguntó Elena desde la cocina. —Sí, mami, ya llegué. Elena apareció con el delantal puesto, secándose las manos. La miró de arriba abajo, como siempre, buscando señales invisibles. —Gracias a Dios. ¿Cómo te fue el viaje? —Bien… intenso —respondió Valeria, sonriendo cansada—. Todo salió bien en el trabajo. Elena la abrazó sin hacer más preguntas. —Ve a descansar. Después hablamos. Valeria asintió. Tomó su maleta y se fue a su habitación. A esa misma hora, en la mansión Alvarado las luces del comedor estaban encendidas y la mesa dispuesta con precisión impecable. Alejandro Montoya ocupaba la cabecera, erguido, seguro. A su derecha, Sebastián ajustaba distraídamente los gemelos de su camisa. —Esta cena es importante —dijo Alejandro—. Gabriel no es solo un socio, es familia. Sebastián asintió, aunque su mente estaba en otro lugar. Valeria. En su cuarto, Valeria dejó caer la maleta y se sentó en la cama. El silencio era distinto al del hotel: más real, más suyo. Se cambió de ropa, se dio una ducha rápida y volvió a la cama con el cabello aún húmedo. Cerró los ojos. Sebastián apareció en su mente sin permiso. El viaje. Las miradas. El beso de despedida antes de bajarse del auto. Tomó el celular. —Sebastián, tranquilo —decía Gabriel Montoya en la mansión, con una copa de vino en la mano—. Los negocios van mejor de lo que esperaba. Sebastián sonrió con cortesía. —Me alegra escucharlo. Pero había algo en Gabriel… una calma observadora que no le gustaba del todo. ⸻ —¿Hola? —respondió Camila al otro lado del teléfono. —Soy yo —dijo Valeria en voz baja—. Ya llegué. —¿Y? —preguntó Camila sin rodeos. Valeria sonrió mirando el techo. —Necesito verte. ¿Almorzamos mañana? —Eso suena a historia larga. —Larguísima —admitió—. Te lo contaré todo. —Descansa —dijo Camila—. Mañana me debes cada detalle. Valeria colgó y dejó el celular sobre la mesa de noche. ⸻ —Gabriel —dijo Alejandro levantando su copa—, esta casa siempre será la tuya. Gabriel sostuvo la copa, pero su mente se fue lejos. A una joven de mirada limpia que había visto días atrás en la empresa. Valeria Cruz. No dijo nada. Solo bebió. ⸻ En su habitación, Valeria se acomodó entre las sábanas. Eran apenas las siete, pero el cuerpo no le pedía más que descanso. Antes de dormirse, pensó en lo extraña que podía ser la vida. Mientras ella volvía a su mundo sencillo… Sebastián estaba sentado en una mesa que no le pertenecía del todo. Cerró los ojos. Mañana hablaría. Mañana pondría en palabras lo que esa noche solo podía sentirse.
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