Cuando va a responderme aparece Robert en la puerta y Sebastián gira y su mirada se fija en el recién llegado.
―Se puede saber cómo es que, en vez de estar segura en casa, mi mujer, termina en el piso adolorida, además de que el personal de seguridad que se supone no debe estar dentro si ella está aquí es el culpable de esto ―gruñe sus palabras y jadea mientras aprieta sus puños y mientras el dolor aumenta mis nervios también, es una situación increíble y no sé cómo pasé de estar en casa organizando mi boda a estar en el piso y viendo como Sebastián pierde los estribos.
―Lo lamento, señor, no sabíamos que la señora estaría despierta a estas horas, me disculpo…
―Sebastián ―llamo entre molesta y dolorida ―puedes dejar de reclamar y ayudarme a llegar al cuarto, no quiero pasar la noche aquí en el piso mientras ustedes discuten ―demando mientras aprieto los puños aguantando la molestia.
―Mierda, cierto, lo siento cariño, te voy ayudar ―dice mientras se acerca nuevamente a mí con cuidado y me toma en sus brazos.
No puedo evitar quejarme del dolor que siento mientras me mueve y maldigo porque realmente es súper incómodo.
―Llama al doctor, Robert, no te quedes solo allí y lo quiero lo antes posible ―ordena mientas subimos las escaleras y el movimiento se me hace incomodo ―Ya, cariño ya estamos cerca de la habitación ―me calma con sus palabras y entonces llegamos a la habitación.
―Con cuidado, Sebas, me duele horrores ―digo al verlo acercase a la cama y comenzar a descender mi cuerpo para recostarlo en el colchón.
―Te voy a dejar boca abajo y te revisaré –indica y yo solo puedo asentir ya que me estoy concentrando en no moverme más de lo ya necesario.
―Bien, voy a chequear ―dice mientras levanta mi pijama que es como un vestido a medio muslos ―Bueno tienes una buena parte enrojecida por lo que deduzco es donde duele.
Comenta mientras con las puntas de sus dedos acaricia, a pesar que no ejerce presión igual siento su toque lo que me hace quejarme bajo por el simple roce, aunque no es tan doloroso.
―Se supone que esto no debería haber pasado, deberías estar segura dentro de estas paredes.
―Tranquilo, cariño, son accidentes las cosas pasan cuando deben pasar.
―No lo tolero, esto me molesta y más ahora que…
―¿Ahora qué…? ―Interrogo viendo que se caya de pronto.
―Ahora que estaremos casados ―completa y se acerca a tomar mi mano y dejar un beso en su dorso.
―No te preocupes, lo cierto es que todo quedo en el piso del estudio, puedes buscar las hojas ―le consulto porque a pesar del malestar no quiero perder la idea de la boda, así también se calma un poco.
―No quiero dejarte sola ―responde mientras se arrodilla a mi lado mirando mi cara.
―No iré a ningún lado.
―Aun tienes ganas de ser graciosa, de verdad eres una persona difícil.
―No soy difícil, cariño, no se puede llorar sobre la leche derramada, así que anda a buscar las cosas mientras llega el doctor y me ayudas a distraerme del dolor.
―Está bien, no tardaré ―sale al trote de la habitación y yo suelto un suspiro aliviando también un poco la tensión en mi cuerpo.
No pasa mucho por supuesto antes que vuelva y traiga en sus manos las hojas que había impreso antes de la caída.
Sonrío porque lo veo jadeante de la carrera y luego acerca uno de los sillones y empieza a ver lo que contienen las hojas.
―Bueno esta parte es de tu trabajo y esta otra es de la boda ―comenta una vez separadas las mismas.
―Bien, allí hay unas que tiene lo pendiente, y en mi computador están los contactos de una organizadora que me ha llamado mucho la atención en cuento su trabajo, puedes ver.
―De verdad quieres ver esto ahora, yo prefiero que esperemos te vea el doctor y luego en unos días ver este tema ―se queja.
―No, haz algo sino me enloquecerás así que ve adelantando ya el dolor se me ha aliviado y en lo que llegue el doctor seguro estaré mejor pronto.
―Que terca eres mujer ―murmura mientras se levanta en búsqueda de mi portátil.
―Cómo se llama.
―Astrid.