Angus contó que después de ese incidente, llevaba a Myrtle en su silla de ruedas a los jardines; tenían un lugar escondido detrás de unos rosales y bajo un árbol. Ella le sacaba la polla y le hacía una mamada de noventa y tantos años; aún conservaba su boca suave y cálida y un agarre firme mientras le bombeaba para ordeñar su semen. A ambos les encantaba, pero ella extrañaba a su asistente. En uno de sus viajes, ella le habló de su familia; sus hijos recibían las ganancias de las otras propiedades que ella había vendido. En su opinión, su familia había malgastado las ganancias. El dinero fácil les había perjudicado. Había considerado vender la granja y distribuir las ganancias entre diversas organizaciones benéficas que apoyaba. Después de hablar con un anciano de la casa, este le sugirió

