Sofía
Los días pasaron rápido en una casa vacía, demasiado grande para una sola persona y a la que adaptarme me estaba costando. No negaba que era hermosa, demasiado amplia y con un gran recibidor, pero no se sentía acogedora. Algo faltaba y era el toque cálido.
Las desnudas paredes del resto de la casa me incitaban a querer llenarlas con pinturas y trabajos míos. Si iba a vivir y pasar gran parte de mi tiempo en ella al menos la haría sentir como si fuera mía también. Así que, el primer día mientras Memphis no estaba, busqué cosas que sirvieran para decorar. En la habitación al final del pasillo, donde creí que era la habitación de invitados, que en realidad era su cuarto de videojuegos. Allí tenía al menos diez cuadros con fotos de momentos importantes de su carrera con el Chelsea, la selección inglesa y su familia.
No perdí tiempo y como pude, sin caerme de las escaleras y sin machucarme un dedo con el martillo armé un pequeño mural en la pared que llevaba al segundo piso y guardé las fotos familiares para la sala.
Bajé al primer piso y seguí la fría loseta blanca a la otra habitación donde se encontraba la cocina, comedor y sala. El lugar ligeramente más amueblado de la casa. En la pared principal había un gran cuadro con la imagen de un león, para nada bonito. Claro que no pude evitar pensar que en cuanto tuviera tiempo quitaría ese horroroso cuadro y lo sustituiría por uno mío. El hermoso comedor largo de madera gris y sillas acolchonadas blancas merecía tener arte de verdad, no una imagen genérica e impresa. Cuando termináramos Memphis sería libre de hacer lo que quisiera con mis cuadros, pero mientras, aquellas paredes eran mi responsabilidad y mi más grande reto.
Al observar la sala el segundo encargo que me hice fue: buscar una alfombra. Si había algo que me encantaba era andar descalza por la casa, pero en ésta sentía que si me quitaba los zapatos me enfermaría a los dos minutos con la fría loseta. Si iba a ver la televisión en la gran pantalla colgada en la pared al menos que esa área no pareciera congelador.
Los grandes ventanales y las puertas corredizas dejaban ver al amplio patio, donde solo había una portería, material deportivo y un césped verde.
La cocina, sala y comedor eran un conjunto que me gustaba, podías ir por comida y no perder la conversación con las personas que estuvieran en alguna de las otras áreas. La cocina era medianamente amplia, con una barra de granito blanco, sobre esta se encontraba el lavabo y la estufa eléctrica, detrás lo único a la vista era el horno, los gabinetes eran puertas negras que simulaban una pared.
Toda la casa era colores monocromáticos, muestra de que a Memphis le costaba salir de lo tradicional.
De lo único que no tenía queja era de la iluminación, tenía las lamparás y focos necesarios para encontrar hasta el alfiler que se te había caído. Una cualidad que me facilitaría hacer proyectos por la noche.
Entré a la alacena con la intención de servirme un cereal e irme a la universidad, en cambio encontré barras proteicas, bebidas energéticas, avena, y de más cosas saludables. No había ningún rastro de azúcar, ni siquiera unas galletas insípidas. Ya habíamos comenzado con el pie izquierdo. Sobrevivir tres días barras proteicas y recalentando las sobras de pollo con arroz que tenía en el refrigerador no era lo más exquisito.
El miércoles por la mañana, antes de irme a la universidad llegó una señora de mediana edad, cabello rojizo y pecas en el rostro. Me tomó por sorpresa, Memphis no había mencionado nada sobre ella y verla abriendo los gabinetes de la cocina con toda confianza me habían alarmado un poco, sin embargo, la señora se dio cuenta y se presentó como Debby la encargada de limpieza.
La señora era demasiado simpática y amable que irradiaba vibras de una madre. Cuando me preguntó si necesitaba algo del supermercado no dude dos segundos y le hice una pequeña lista con toda la comida chatarra que necesitaba. La leyó con detenimiento y soltó una pequeña risa, tanto ella como yo sabíamos que Memphis se volvería loco cuando viera los diferentes sabores de chocolate Cadbury, las galletas y demás golosinas que había pedido. Antes de que Debby pudiera decir algo miré el reloj, marcaba diez y cuarto.
—Maldición —murmuré— Nos vemos después, Debby. ¡Gracias! —grité desde la entrada mientras tomaba mi bolso y abrigo.
Ya iba tarde a mi primera clase.
La universidad quedaba a treinta minutos en metro y aunque en Inglaterra amaba la eficiencia y puntualidad del transporte público, odiaba no poder poner de pretexto “es que el camión no pasaba” cada que llegaba tarde. Era muy raro que alguno de los transportes estuviera retrasado, al menos que fuera día festivo o hiciera demasiado calor y de ser así te recordaban con tiempo cuales líneas estarían retrasadas, en su horario habitual pasaban cada dos o cinco minutos.
El único problema con el metro era que los vagones en algunas líneas y puntos de la ciudad eran demasiado pequeños y en días calurosos no contaban con aire acondicionado. En especial los que se movían en la línea Piccadilly que era la línea que conectaba el aeropuerto con el centro de Londres. Pero nada era perfecto y todo lo bueno debía tener su lado malo. Así que llegar tarde por culpa del transporte público no era pretexto.
Por suerte, logré llegar a mi primera clase antes que el profesor. Claro, con el corazón en la boca después de subir corriendo las dos escaleras eléctricas de la estación y las cuatro cuadras para llegar al campus. Agradecía que no me hubiera dado un paro cardiaco a medio camino. Con poco que hacer y mucho que escuchar, el día transcurrió rápido. Las clases teóricas nunca se comparaban con las clases prácticas. Escuchar la historia del arte era algo que no me aburría, pero tampoco me divertía.
—¿Por qué tan distraída? —preguntó Rita, mi compañera de clase y la única chica con la que había establecido una buena relación.
—Estoy concentrada —respondí, mientras tomaba un poco de pintura blanca con el pincel.
Nos encontrábamos en el taller de pintura, en nuestra última clase del día. El profesor nos puso como actividad hacer un pequeño cuadro, que estuviera relacionado con el tema que él nos había dado: el sistema solar. Era libre, podíamos pintar cualquier cosa, echar a volar nuestra imaginación y nuestra creatividad. El único problema era, que nos había dado una hora para terminar y yo solo había pintado el lienzo de n***o. Desarrollar la actividad me estaba costando más trabajo del esperado, sin embargo, me fui por el lado fácil; la Luna. Al final qué importaba si tenía muchos detalles o pocos, lo importante era cumplir ¿no? En mi defensa no me gustaba trabajar bajo presión y una hora no era tiempo suficiente para mí.
—Escuché un rumor sobre ti… —informó con los ojos pegados sobre el lienzo.
Mis hombros se tensaron y mis manos comenzaron a moverse torpemente, mientras sentía el pánico apoderarse de mí. ¿De qué rumor hablaba? ¿Había salido alguna imagen de Declan y mía de aquella noche? ¿Habían revelado el engaño? Mi mente maquinaba las mil y una opciones de las que Rita me hablaba.
—¿Qué rumor? —pregunté fingiendo demencia.
Traté de sonar lo más tranquila posible y esconder el pánico de mi voz. Debía aprender a dominar mis emociones y a mantener la calma, cualquier gota de sudor me podía poner en una situación difícil. Como había mencionado Memphis, debía aprender a decir poco. Quería a Rita, pero no confiaba en ella o al menos ya no podía hacerlo. Así que saqué aquel lado frío que había usado todos estos años con mi familia, aun cuando requería toda mi concentración, era un nuevo nivel de mentira. Nunca había tenido que esconder un acto tan grave como engañar.
—Vi tu foto en una noticia y al principio creí que era broma, hasta que leí tu nombre —Bajó su pincel y finalmente me observó—. ¿Es cierto que estas saliendo con un futbolista? ¿con Memphis Kane? —cuestionó.
Solté el aire que no sabía estaba conteniendo y me relajé un poco en mi asiento. Era un tema que me ponía un poco nerviosa, pero al menos no era el que me preocupaba. Mi relación con Memphis seguía siendo una mentira, un acuerdo, un negocio, pero no me preocupaba que el salón de clases o la universidad entera se enteraran. No era una mentira que el futbolista y yo estuviéramos saliendo, si salía una foto nuestra en las portadas entonces era verdad.
—Sí, es mi novio —Traté de sonar despreocupada y tranquila, como si ser la novia del delantero superestrella de Inglaterra fuera lo más insignificante del mundo.
El rostro de Rita cambió de aburrimiento a asombro en cuestión de segundos.
—¡Mierda! —exclamó al haber hecho un mal trazo que atravesaba gran parte de su dibujo. Bajó el pincel y extasiada dijo: —¡Dime que es broma! ¿Cómo lo conociste? ¿Es más guapo en persona? ¡Cuéntame todo, Sofía!
Solté una pequeña risa, no quería que nos regañaran por milésima vez por platicar en clase. Nunca había visto a mi compañera tan emocionada. Siempre había sido una chica seria, que hacerla reír o sonreír parecía casi imposible a excepción de ese momento que sus ojos brillaban ilusionados.
No sabía con precisión qué contarle. La realidad era que podía responder a una de sus preguntas, pero no a todas. Conocía muy poco a Memphis, de hecho, ahora que lo pensaba no sabía nada de él. No sabía algo tan simple como su cumpleaños o su nombre completo, sabía el equipo en el que jugaba porque lo mencionó y lo vi en las fotos que colgué en la pared, pero debía investigar más sobre él. Me hice una nota mental de buscar su nombre en el buscador y conocer lo básico del futbolista cuando saliera de clase.
Guardé silencio unos segundos para disimular y evadir la mirada del profesor que ya nos observaba amenazante y volví a hablar cuando me cercioré de que no nos estaba vigilando.
—Lo conocí en la cafetería…—comencé a narrar, pero mi celular vibrando en la bolsa de mi pantalón me interrumpió.
Hablando del rey de Roma.
Me disculpé con la mirada y salí del salón para atender su llamada. No quería hacerlo esperar y que bombardeara mi celular con llamadas y mensajes como la última vez.
—¿Dónde estás? —Su voz mandona sonó del otro lado del teléfono en cuanto atendí— ¿Por qué no estas en casa?
Rodé los ojos irritada, ¿es que este hombre, no sabía lo que era un saludo? Vaya manera tan peculiar de comenzar una conversación.
—En la universidad —contesté como si fuera obvio—, hay quienes debemos estudiar por un mejor futuro…
Estas llamadas fuera de contexto me iban a volver loca.
—Bueno, te quiero aquí lo más pronto posible —exigió en voz baja— Tenemos visita.
Me llevé la mano al puente de la nariz e inhalé y exhalé varías veces para tranquilizarme. ¡Dios mío, dame paciencia! Rogué internamente. ¿En qué momento Memphis me creía adivina? Esta vez podía jurar que no mencionó nada de tener visita antes de irse o haber recibido un mensaje con la información de su parte. Desde la reprimenda por distraída prestaba atención a cada una de sus palabras aun cuando no quería. Así que esta vez estaba más que segura que tenía la razón.
—¿¡Cómo iba a saberlo si no me dijiste nada!? —Exclamé molesta.
—Sí te dije —rebatió defendiéndose.
—No, no lo hiciste —insistí.
—Como sea, te quiero aquí. Ya discutiremos eso después —colgó.
Apreté el celular, molesta.
Memphis era guapo, pero podía llegar a ser una patada en el trasero cuando se lo proponía. Maldiciendo al pobre hombre tomé mi bolso y pedí un taxi que me llevara a casa pronto, si me demoraba un minuto más seguro mandaría a la policía a buscarme.