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La Mentira de Dos... o Tres

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Blurb

La imagen profesional de Memphis Kane está al borde. No porque no tuviera talento, sino por los escándalos y problemas en los que se había envuelto. Desesperado por encontrar una solución encuentra a la chica ideal para aparentar y mejorar su imagen ante el público. Sin haber aprendido de sus errores del pasado toma el riesgo, que le puede costar su carrera profesional… y la chica de sus sueños.

Sofía Gálvez está desesperada por encontrar una solución a sus problemas económicos. Y en la necesidad no le queda de otra más que aceptar la propuesta que el egocéntrico futbolista Memphis White le ofrece. En su intento por aparentar ser la novia del futbolista aparece Declan, el mejor amigo de su supuesto novio.

Declan Ressler tiene la vida que siempre soñó a tan corta edad. A sus veintitrés años es el capitán de su equipo y está listo para dar el siguiente paso con su amor de secundaria. Pero la noche de su cumpleaños aparece su mejor amigo de la infancia Memphis con su nueva novia a poner en duda todo su futuro.

El error de una noche desata los celos, los engaños y los problemas que llevan a Memphis, Declan y Sofía a tomar fuertes decisiones que cambiarán el rumbo de sus vidas.

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Capítulo 1: Metida de pata
Memphis El ambiente en la habitación era tenso, tanto que se podía cortar con un cuchillo. Estaba listo para que la bomba detonara y recibir la reprimenda de mi vida. Yannick, mi abogado caminaba de un lado a otro negando con la cabeza sin poder creer lo que acababa de contarle. Del lío en el que yo solo me había metido y del que necesitaba su ayuda para salir libre. Llegó a mi casa media hora después de que lo llamara suplicándole que dejara todo lo que estaba haciendo y me ayudara. Yo era impaciente y no saber que hacer me daba una ansiedad sofocante. Sabía que no había tiempo que perder, que debíamos armar un plan antes de que el problema creciera y las cosas se complicaran. Había muchos contras y dinero de por medio que llegar a un acuerdo antes de que todo se saliera de mis manos y rondara los encabezados de las noticias era la prioridad. Si lograba solucionarlo antes de que eso sucediera, mi imagen no se vería afectada. Se quitó el saco gris y lo tiró sobre el sofá que había tras de él. Se llevó ambas manos al rostro y soltó un pequeño gruñido frustrado, mientras yo lo observaba desde el otro extremo de la sala como niño regañado. Era la primera vez que lo miraba así de molesto. Usualmente era él quien mantenía la calma mientras yo perdía la cabeza. Irónico como los papeles se habían invertido. —Si te hace sentir mejor, ya aprendí mi lección —murmuré, tranquilo con la esperanza de que Yannick se relajara un poco. Fallé. —¡Carajo, Memphis! ¿¡Cómo se te ocurre!? —estalló rojo de coraje. —¡Estaba ebrio! ¡No sabía lo que hacía! —exclamé molesto. Ya había recitado la historia dos veces, había dado mis argumentos y justificaciones. No me había pintado como la victima por completo, porque en parte la culpa seguía siendo mía, pero si me molestaba que de todo lo que le conté me tomara como el tonto en una historia donde yo solo había sido una víctima. Mis últimas vacaciones a Miami habían sido todo, menos agradables. Me involucré con las personas equivocadas y me dejé llevar por la adrenalina del momento, la calentura y la presión social me llevó a hacer cosas de las que me arrepiento y que incluso no recuerdo. —¿Qué pasará si me hacen el antidoping y sale positivo? —pregunté finalmente preocupado. Podía salir de fiesta cada dos días, con una chica diferente cada fin de semana, pero ingerir drogas era algo de lo que intentaba mantenerme alejado. Hacerlo era demasiado estúpido y grave en mi profesión. En el mundo del futbol lo sancionaban con multa monetaria o incluso suspensión permanente. Ademas quedaba la mancha en tu nombre y corrías el riesgo de que los equipos importantes no te contrataran. —¿Aceptaste o bebiste algo desconocido? —Bebí demasiadas cosas, Yannick —Rodé los ojos, molesto de parecer grabadora repitiendo las cosas—. No podía estar revisando cada trago asegurándome que solo tuviera alcohol, pero considerando que no recuerdo la parte en que nos íbamos de la discoteca… Yannick volvió a soltar un bufido, irritado. —Cada que abres la boca, nada bueno sale de ella —En su rostro reflejaba una decepción que no necesitaba decir palabra alguna para hacerme sentir como un tonto—. El problema no es solucionarlo legal y discretamente. Sino que estoy harto de tener que estar corrigiendo tus pendejadas. ¡Madura! No todo es chicas y fiestas. Me retorcí en mi asiento sorprendido de su comportamiento, nunca lo había visto tan molesto. Su regaño no se sentía diferente a los que mi madre me daba cuando tenía siete años y no la obedecía. Sólo que esta vez no tenía siete, sino veintitrés y era consciente de que la había regado. —Lo sé, lo sé —respondí cabizbajo—. No volverá a pasar, lo prometo. Era adulto y debía aceptar cualquier consecuencia que esta trajera. —Esta es la última vez que te ayudo... Estas perdiendo el suelo, Memphis —expresó decepcionado tomando su saco para dejarme intranquilo en una solitaria y enorme casa. Me llevé las manos al rostro y solté un grito frustrado. Estaba abrumado por todos los problemas que me pude haber evitado si hubiera razonado y no me hubiera dejado influenciar por las personas a las que llamaba amigos. Nunca me había sentido tan utilizado como aquella noche. Usualmente o más bien siempre, era yo el que pagaba todo: las vacaciones, fiestas y cenas. Por suerte, aquellas vacaciones a Miami me abrieron los ojos de una manera nada agradable. Nunca creí que quienes consideraba mis amigos buscarían la manera de perjudicarme, aprovecharse (más) y tratar de arruinar mi carrera profesional. Sabía que a la afición, al cuerpo técnico y al entrenador lo único que les importaba era mi rendimiento dentro del campo de juego. Pero si a la otra persona se le ocurría la brillante idea de llevar nuestro asunto a juicio y solicitaban un antidoping. Estaba muerto. Tomé las llaves de mi auto y salí de casa. ¿A dónde? No lo sabía. Lo decidiría en el camino, pero necesitaba salir de aquellas cuatro paredes que me estaban asfixiando. Era mi día de descanso y no podía desperdiciarlo ahogándome en mis penas. Conduje por un largo rato observando el cielo pasar del azul claro a la mezcla de rojos y naranjas que provocaba el atardecer. Era la pequeña maravilla de la vida que podías apreciar en cualquier parte del mundo, fuese en la ciudad, en las montañas o en la playa con sus diferentes presentaciones. Casi nadie se detenía a admirar el cielo por la tarde, era absurdo porque solo tomaba unos minutos. Las cosas buenas no eran eternas. Sin darme cuenta estaba a las afueras de Londres. Giré un par de calles y me detuve frente a la pequeña y acogedora cafetería que se había vuelto mi lugar favorito desde hace un par de semanas. Un lugar que encontré por accidente, en un pueblito tranquilo donde no muchos me conocían y si lo hacían se hacían de la vista gorda. Algo que agradecía porque no estaba de humor para lidiar con los fanáticos. El estrés y la presión me tenían agobiado, el dolor de cabeza había escalado hasta convertirse en migraña. Llevaba varios días sin poder dormir y conciliar el sueño sin ayuda de melatonina, algo inusual en mí porque podía dormir rápido y sin ningún problema. La fatiga y el cansancio que me provocaba el estrés estaba afectando mi juego más que salir de fiesta. También sabía que mi cuerpo no tardaría en cobrarme los estragos de mi mala rutina y lo que menos necesitaba en ese momento, era contraer una lesión. Mi vida de excesos y fiestas debían tomar una pausa o tal vez, pasar a mejor vida. Me adentré en las cálidas instalaciones dispuesto a tomarme un café. Un café que probablemente no debería comprar considerando mis problemas de sueño y ansiedad, pero que importaba, no podía afectarme más ¿o sí? Por lo regular compraba para llevar, pero ese día quería relajarme y desconectar con mi vida y mi casa. Así que me senté en una de las mesas junto al gran ventanal que dejaba ver a la calle y gran parte del atardecer mientras esperaba que me atendieran. El lugar era acogedor, los colores cálidos de las paredes, junto con las pinturas y fotografías que las decoraban. Las sillas de madera oscura con el cojín de terciopelo verde eran altas y cómodas para alguien con piernas largas. Las luces colgantes junto con un par de enredaderas daban la sensación hogareña. Observé mi alrededor buscando al barista o alguien que me atendiera, me parecía extraño que con solo una pareja y un chico trabajando en su computadora en el otro extremo, nadie viniera a tomar la orden. A los segundos la puerta del establecimiento se abrió dando paso a un nuevo cliente, su cabello blanco, la postura encorvada y ese suéter tejido con diferentes colores que era imposible ignorar y no identificar. Conocía a esa persona de toda la vida, pero preferí permanecer en mi asiento y no intervenir. Entonces, en una de las esquinas con una computadora abierta, papeles y colores sobre la mesa, una chica de cabello oscuro sujeto con un broche y piel dorada se paró de su asiento. Vestía el mandil color crema característico de la cafetería y aunque era la única en turno, atendió al señor con gran sonrisa. Intercambiaron un par de palabras mientras elaboraba su pedido y después de unos minutos el señor se marchó. Me paré de mi asiento y en mi camino la chica recibió una llamada. Esperé a que terminara parado frente al mostrador con las manos en los bolsillos de mi sudadera. No me consideraba una persona chismosa, sino de las que le gustaba mantenerse lejos de ellos e ignorar las conversaciones ajenas, pero esa ocasión no pude evitar parar la oreja. —...Me pondré al corriente con el pago de la colegiatura esta semana —dijo antes de colgar y girarse con ojos vidriosos. —¿Estas bien? —pregunté provocando que se sobresaltara. La expresión de su rostro me hizo sentir un poco mal, sentí pena por ella, fuera lo que fuera parecía algo serio. Sopese el momento en mi cabeza, mientras yo me preocupaba por resolver una estupidez, había quienes peleaban con algo más grave. No sabía la historia detrás de aquel fino rostro y ojos oscuros, pero sabía que por un momento debía dejar de quejarme de mi vida de niño mimado. Sabía que debía redimirme, sabía que debía ayudarla así que hice el movimiento más bajo que había hecho para llegar a una chica. Parecía que no había aprendido de mis errores, con ella ponía en riesgo todo, una vez más. O tal vez no, pero al menos me quedaría la satisfacción de que había hecho lo que mi razón me decía, ayudar.

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