Capítulo 2: Un problema y una solución

1906 Words
Sofía Un día más batallando y un día más cerca de donde quería estar. Me sentía cansada, había dormido poco y era el día que más estresada me encontraba. Los proyectos y pendientes de la universidad que parecían nunca terminar se iban acumulando poco a poco como pila de ropa sucia. Tenía una de las mesas de la cafetería donde trabajaba con mis apuntes, cuadernos y colores esparcidos, buscando la manera de comenzar y terminar con los proyectos. El problema no era que tuviera que interrumpir mi dibujo para atender a los clientes, el problema era que no tenía inspiración. Podía trazar mil líneas y aun así seguir sin estar satisfecha. El tiempo se acababa y yo aun no comenzaba. Toda esa frustración me tenía en la pequeña brecha entre mantener la calma y sufrir una crisis existencial. Si hubiera estado en mi habitación probablemente hubiera dejado salir aquel sentimiento, hecho mi rabieta y llorado con el pretexto de desbloquear la creatividad. Y es que en ocasiones era necesaria una lloradita y a darle, pero en esa ocasión no podía darme ese lujo, no cuando estaba a media jornada laboral. Inmersa en mi mundo no me di cuenta cuando la puerta del local se abrió. Ni cuando el señor de cabello blanco y suéter colorido se paró frente al mostrador esperando que lo atendiera. —Sofía, ¿hay servicio? —preguntó, llamando mi atención. Dejé el lápiz sobre la mesa y me acerqué. —Claro que sí, Tony. Para ti siempre hay —respondí ajustándome el mandil— ¿Lo de siempre? Tony era un viudo que acudía frecuentemente a comprar su dosis de cafeína diaria. Era la persona más sabía que había conocido y de la que disfrutaba intercambiar una pequeña y grata conversación. —Por favor —Se acercó a la mesa donde tenía todo mi desastre y movió un par de hojas— ¿Cómo vas con tu proyecto? Solté un bufido, mientras encendía la máquina. —Pudiera ir mejor —informé desanimada— Estoy un poco rígida, ya sabes… No hay mucha inspiración. Dejó las hojas en su lugar y volvió al mostrador con una sonrisa reconfortante. Una sonrisa que ya conocía y que sabía era el inicio de algún sabio consejo. Sus palabras siempre se sentían como el abrazo de un abuelo; reconfortante y cálido. —Tal vez te haría bien salir, despejarte un poco... —sugirió recargándose en el mostrador y observándome mejor— Tal vez conocer a un chico y enamorarte ayude. Negué con la cabeza y solté una pequeña risa. Aquellas palabras solo me confirmaban que se comportaba como un abuelito preocupado porque su nieta no se quedara sola toda la vida. Tony era mi abuelito postizo a la espera de que el día en que tuviera novio llegara pronto y donde yo esperaba todo lo contrario. Que el chico que desequilibrara todo mi mundo se tardara y llegara en un mejor momento. —Tal vez —respondí, vertiendo el café en un vaso desechable—. Pero no creo que enamorarme sea la solución para todo, mucho menos de gran ayuda en este momento. Lo que menos tengo es tiempo, como para dedicarle mis días —y mis noches, pensé— a alguien más. —Los grandes artistas obtuvieron inspiración de alguien más e incluso del amor… todos tienen a su musa. ¿Quién es la tuya? —cuestionó alzando una ceja. ¿Quién era mi musa? Esa era le pregunta que desequilibraba todo y que no tenía respuesta. No había y no creía que hubiera pronto. —No todo es miel sobre hojuelas, Tony. También hay quienes se destacaron por estar solos, por malas experiencias e incluso por un corazón roto —refuté un poco indignada—. Tal vez, yo sea uno de ellos. Tal vez, podía nombrar a mi dolor como mi musa. No le tenía miedo al amor, era un sentimiento hermoso que, sin embargo, no había conocido y que aun así me había roto el corazón. Dejar entrar a alguien a mi vida en ese momento era un suicidio, era echarle sal a una herida que aún no sanaba y que los únicos culpables eran mi familia. —No me gustaría pensar que te inspira el dolor —Su voz sonó un poco preocupada—. Deberías combinar un poco de ambos mundos. El día y la noche son completamente opuestos, sin embargo, hay un punto por la mañana y la tarde en el que se combinan creando el balance perfecto —explicó con alegría—. ¿O por qué crees que a todo mundo le encanta el amanecer o el atardecer? No todo es malo, Sofía, así como no todo es bueno. Tomate un día libre, ve a algún lugar despejado y admira alguno de esos dos espectáculos. Olvídate de todo y enfócate en la tranquilidad, en los sonidos que te rodean y te aseguro que encontraras respuesta a muchas de tus preguntas —aconsejó tranquilo. —Gracias, Tony. Lo tendré en cuenta —respondí con un pequeño nudo en la garganta. Aquellas palabras eran la razón por la que me encantaba platicar con Tony porque siempre encontraba la manera de hacerme sentir mejor, aunque él no se diera cuenta. Tal vez tenía razón o tal vez no, pero estaba de acuerdo en que me estaba enfocando en todo lo malo en mi vida y que ciertamente no me estaba ayudando. No me estaba motivando ni inspirando, sino todo lo contrario, me estaba encerrando en una caja de la que si no salía pronto no podría hacerlo después. —Espero la próxima vez que te vea me cuentes de tu experiencia —Me guiñó un ojo. —Lo haré —Sonreí amable. Tony se retiró del lugar contento y me quedé pensando en sus palabras. Tenía razón, debía salir más, aceptar la invitación a cenar del chico de mi clase de dibujo y enamorarme como había sugerido. El único problema era, que no quería hacerlo, que me aterraba. Venía de una familia adinerada y bien posicionada en el mundo de los negocios, pero a la vez una familia conservadora que esperaba que su única hija siguiera los pasos de todas las mujeres de ésta. Que terminara siendo la esposa de un empresario machista multimillonario, mientras le lavaba la ropa y lo esperaba en casa con la cena lista para después convertirme en el vientre donde podía sembrar sus semillas, ser la encargada de enseñarle a nuestros hijos los mismos valores que él y darles el falso amor de una familia disfuncional, pero que en público era la familia perfecta. Venía de una familia que me había dado la espalda y que nunca me había apoyado; con una madre fría y dura como piedra, un padre ausente en casa e inmerso en los negocios y un hermano envidioso y avaricioso que solo quería ser el centro del universo. No me dejaban brillar como yo quería. Cansada de vivir en un lugar donde todo era gris y yo era arcoíris, donde todo era recto y yo era curva, salí de casa como la villana, la hija que se moriría de hambre pintando y dibujando cuadros, la que no llegaría lejos sin la posición económica de su familia. Y que, bajo las mil intimidaciones y amenazas, apliqué a una de las mejores universidades del país y obtuve la beca que me abrió la oportunidad para seguir mi sueño. Estudiar arte. Dejar el lugar donde crecí, y dejar la ilusión de que mi familia cambiaría no había sido fácil. Fue difícil como todo, romper el vínculo, las ilusiones que yo sola había creado habían sido la peor parte. Pero cuando no tienes esas voces tratándote mal todos los días, criticándote por lo que haces y marchitándote como persona te das cuenta de que en realidad no los necesitas. Para mi madre me había convertido en una rebelde fuera de quicio, haciendo su berrinche aun cuando yo ya tenía veintidós años. Para mi padre era la hija que deshonraría la familia y para mi hermano era la piedra del camino que ya no le estorbaría para heredar todo. Todos ellos tenían un motivo para odiarme, yo tenía mil, pero odiarlos no me aportaba nada y si no me aportaban no tenía caso desgastarme con esos pensamientos. Entender eso me había costado noches de insomnio, llanto, ira y culpa. Culpa por sentir que tal vez la del problema en realidad era yo y no ellos, que tal vez pudiéramos ser felices si hacía lo que me pedían porque al final de cuentas eran mi sangre. Pero el vínculo genético y el cuento de: “es que son tu familia” no es justificante para seguir en un lugar donde no es. La familia no trata de destruirte y mucho menos imponerte una profesión o un pensamiento a la fuerza. Están para apoyarte y alentarte en cualquier decisión, aun así, las cosas no salgan como planeabas. Fue ahí que comprendí que los árboles genealógicos también se podaban. Por más que buscará la manera de que tuviéramos una buena relación en ninguna de las opciones yo era feliz. Cuando tenía doce y comencé a dibujar en la soledad de mi habitación, atenta en el trabajo de los grandes pintores y cada uno de los movimientos artísticos me di cuenta de que lo mío no eran los negocios, ni estar en casa como muñequita de porcelana. Sino demostrar un sentimiento a través de mis obras, de mi arte y de cada una de mis pinturas o dibujos. Estudiar arte o ser artista era una profesión hermosa, muy infravalorada y estereotipada. Las personas se la vivían preguntando: ¿de qué vas a vivir? ¿en qué puedes trabajar? ¿cuánto puedes ganar? Si encontrar trabajo como pintor o editor, no era lo mismo que encontrar trabajo en un despacho, hospital o empresa. Sin embargo, seguía siendo fiel a mi sueño de tener mi galería y enseñar los conocimientos básicos del dibujo, con transmitir la pasión por las bellas artes, enseñar a las personas a admirar las pinturas en los museos, a comprender cada uno de los colores y trazos sobre el lienzo y diferenciar entre un artista y otro, a apreciar los pequeños detalles que nadie miraba. Una pintura no era histórica y mucho menos valiosa por el simple hecho de decir que era bonita, había demasiadas cosas detrás de esa evaluación. Así como detrás de cada artista había un trasfondo, un trasfondo que, como ellos yo también tenía y me había motivado a hacer lo que deseaba. Después de todos los pleitos, gritos y discusiones con mis padres tratando de hacerme entrar en razón, su segundo mejor intento de arruinarme la vida fue cortarme cualquier ingreso y cualquier vía de dinero. Creyendo que con eso me harían suplicarles perdón y arrepentimiento, cuando solo me habían dado un motor para salir de casa y arreglármelas sola. Habían hecho que se me cayera la venda y ver la realidad que me rodeaba. Me mudé a Londres dejando todo atrás y buscando un trabajo que me permitiera estudiar, entré a trabajar a la cafetería y renté una habitación con el poco dinero que tenía. A pesar de que llevaba un ritmo de vida muy apretado, con complicaciones para poder llegar a fin de mes me sentía orgullosa de lo que había logrado. Aunque eso implicara noches de estrés, llanto y poco sueño.
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