Mi celular en la bolsa trasera de mi pantalón comenzó a sonar sacándome de mis preocupaciones.
Número desconocido.
—¿Diga? —respondí insegura.
—¿Con la señorita Sofía Gálvez? —preguntó una chica de voz joven— Hablo del departamento de admisiones de la universidad de artes de Londres.
—Ella habla —informé un poco confundida.
Era la segunda vez que recibía una llamada de la universidad, la primera fue para avisarme que me habían aceptado en su programa de Artes. Por esa razón me parecía extraño que llamaran, no había motivo para hacerlo o eso creía.
—Hablo para informarle que esta atrasada en los pagos de su colegiatura. Le pedimos que se ponga al corriente lo más pronto posible, de lo contrario nos veremos en la obligación de darla de baja temporal o definitiva de la universidad —informó—. Es una pena porque es una excelente y destacada estudiante…
Aquellas palabras me cayeron como balde de agua fría. ¿Me iban a dar de baja? Eso no podía pasar. Estudiar la universidad era mi sueño y no quería que terminara, pero las cosas últimamente se estaban complicando más de lo que esperaba al menos en el tema económico.
El semestre pasado tuve un problema de salud que me mantuvo fuera de clases por más de dos semanas y aunque hice todo lo posible por cumplir con todas mis materias. Sobrepasé el mínimo de derecho a faltas y reprobé un par, lo que me llevó a perder la beca que tenía.
Mi cerebro y mi boca articularon un par de palabras que no recuerdo, antes de terminar la llamada.
Comencé a sentir una presión en el pecho y un dolor de cabeza que me impedía pensar con claridad. No solo tenía que pagar la colegiatura, también eran mis gastos, la renta, los medicamentos y cualquier imprevisto que me saliera.
Sentía como si tuviera una soga al cuello que en cualquier momento me colgaría y asfixiaría. No quería pedir ayuda, mi ego no me lo permitía.
—¿Estás bien? —habló una voz masculina haciendo que me sobresaltara.
Frente al mostrador había un chico joven más o menos de mi edad, alto de cabello castaño oscuro. Vestía un porte relajado, sudadera holgada y pantalones anchos. Un estilo que curiosamente le quedaba bien, a pesar de ser un par de tallas más grande. No era la primera vez que venía.
Asentí y con voz entrecortada respondí:
—Sí. ¿Qué te ofrezco?
—Un cappuccino —informó tranquilo.
—¿Con azúcar? —pregunté evadiendo su mirada.
—No, por favor —No necesitaba verlo para saber que me observaba minuciosamente, curioso— ¿De verdad estás bien? Pareces un poco ¿preocupada?
Me limpié la pequeña lagrima que se me escapó con disimulo.
—Sí, sí, solo un pequeño problema… —expliqué tratando de terminar el tema.
—¿Qué clase de problema? Tal vez puedo ayudarte… —inquirió.
Lo observé detenidamente. El chico era guapo con cabello ligeramente más corto de los lados, nariz aguileña y una amplia sonrisa encantadora enmarcada por una ligera barba que le crecía dispareja.
—Si tú me ayudas a mí —añadió después de unos segundos.
Los ojos casi se me salían alarmada. Solo fueron necesarias un par de palabras para que el chico perdiera el encanto.
—No hago ese tipo de favores —respondí molesta e indignada—. Así que, por favor, retírate.
Le tendí su cappuccino de mala gana deseando que se marchara pronto. No me importaba si se iba sin pagar. No quería seguir hablando con un chico que había venido con la intención de encontrar a alguien que lo ayudara con sus necesidades. Yo también las tenía y no me iba ofreciendo a cualquiera que se me atravesara.
—¡No, no! Nada de eso —exclamó sonrojado rascándose la nuca, nervioso—. Si tienes un minuto te explico.
—¿Por qué debería escucharte? —interrogué cruzándome de brazos.
Insegura me cuestioné si valía la pena escucharlo o no. ¿Qué podía decir que me hiciera cambiar de opinión sobre él? ¿Qué podía ofrecerme que me beneficiara y me ayudara con mi problema? Fuera lo que fuese, no tenía nada que perder y tal vez no fuera tan malo como pensaba.
Solté un bufido y señalé la mesa donde tenía todas mis cosas. Era un lugar apartado del ojo de los demá, un lugar para poder burlarme de él sin que nadie nos estuviera observando en caso de que fuera necesario.
A un lado de mí el chico era más alto de lo que parecía del otro lado del mostrador. Moví mis cosas con cuidado de no dañarlas y nos sentamos uno enfrente del otro. Me recargué en la silla e hice un ademan con la cabeza alentándolo a hablar.
Dejó su café de lado y tomó coraje.
—Pude escuchar un poco de tu conversación por teléfono. Tienes el volumen muy alto en un lugar muy callado… —Lo fulminé con la mirada. Se estaba desviando del tema y lo peor era que aún no comenzaba—. ¡Está bien! ¡Está bien! Iré directo al grano. Me ofrezco a pagarte la universidad y todos tus gastos, si tú me ayudas haciéndote pasar por mi novia este fin de semana y por un par de meses más... Digamos que una novia por contrato.
Explicó tranquilo como si lo que acababa de proponer fuera lo más normal del mundo.
—¿Tu novia? ¿No es mejor contratar una escort? —Alcé una ceja— Lo siento, pero ya te dije que no hago ese tipo de favores…
—No —me interrumpió—. No necesito ese tipo de favores…al menos de que quieras. Pero no —dijo firme—. Solo necesito tu imagen y aparentar ser la “pareja perfecta”.
¿Por qué este desconocido me ofrecería pagar mis deudas y mis estudios a cambio de que fuera su supuesta novia? Quién en su sano juicio pediría ese favor a alguien que no conocía ni su nombre. ¿Era que su familia lo tenía entre la espada y la pared y la única solución era presentarles una novia? ¿Tenía que cobrar una herencia multimillonaria?
Si era así podía sentirme identificada con él, con ese sentimiento de desesperación por encajar y hacer lo que las personas esperaban de ti por aceptación. Todo por dejar de escuchar las quejas y críticas.
La propuesta se sentía tentadora. Me había ablandado el corazón que casi aceptaba sin antes cuestionar e indagar más.
—¿Por qué necesitas una novia falsa, es que no puedes conseguirte una de verdad? y ¿de dónde sacarás el dinero para pagarme? —interrogué curiosa.
El chico parecía una persona decente de una posición económica media. A simple vista no parecía una persona adinerada capaz de pagar mi universidad y los honorarios por lo que me proponía.
—No sabes quién soy ¿verdad? —cuestionó egocéntrico, alzando una ceja.
—¿Debería?
Su rostro cambió de egocentrismo a total desilusión. Era guapo, pero no importaba cuantas veces lo observara, su rostro no me era familiar. Si creía que podía apantallarme presumiendo ser alguien importante estaba muy equivocado, necesitaba más que un simple nombre.
—No, pero si aceptas sí —respondió, serio. Guardé silencio sopesando su propuesta—. Le pediré a mi abogado que haga un contrato en el que ambos estemos de acuerdo, puedes poner las cláusulas que desees. Te prometo que no necesito ese tipo de favores —Me dio una sonrisa tranquilizadora—, solo necesito que salgas conmigo públicamente y me acompañes a los lugares que te pida.
¿Era está la señal que tanto estaba pidiendo? Tal vez. ¿Necesitaba el dinero con urgencia? Sí ¿Tenía otras alternativas? No, al menos no en ese momento. Por donde le buscará, la balanza en ese momento se estaba inclinando a su favor y era una oportunidad de ahora o nunca.
—Entonces, ¿quién eres? —respondí soltando un suspiro, resignada.
Seguir tus sueños es fácil, lo que es difícil es encontrar la motivación, la diciplina y el medio para llevarlos a cabo. Había ocasiones en las que uno debía hacer más de lo que esperaba y yo estaba haciendo lo necesario para salir del problema. Después de todo, fingir ser la novia de un desconocido no parecía ser el peor de los castigos. En realidad, no era el mayor de los sacrificios considerando que el chico era demasiado atractivo.
—Soy Memphis —dijo con gran sonrisa blanca y estirando su mano.
—Sofía —respondí estrechándola y pactando el trato con el diablo.