A veces las cosas simples son las que más trabajo cuestan. Una exposición de arte en el museo de la universidad donde los directivos se encargaban de asignar los espacios de cada alumno, que la iluminación y el lugar estuviera en óptimas condiciones estaba resultando un tremendo caos. Los alumnos corrían de un lado a otro, las puertas se abrían y cerraban cada dos minutos, aún quedaba una hora para dar comienzo con el evento y algunos ya habían tenido algún problema o sufrido alguna tragedia con sus proyectos. Como el caso de uno de mis compañeros, a dos puestos de mi lugar un chica tropezó tirando la escultura de yeso y rompiéndose en mil pedazos. Claro que el lugar se sumergió en un silencio casi perfecto y los murmullos de lastima y pena no tardaron en hacerse presentes. Las emociones

